martes, 19 de agosto de 2025

EL FILÓSOFO QUE NO PUDO SOPORTAR EL DOLOR DE UN ANIMAL





 EL FILÓSOFO QUE NO PUDO SOPORTAR EL DOLOR DE UN ANIMAL

Turín, invierno de 1889.
Las calles húmedas respiraban un silencio casi religioso. Era 3 de enero. Una mañana cualquiera para los demás, pero no para él.
Friedrich Nietzsche caminaba solo, como de costumbre, con los ojos profundos perdidos en el mundo. Vestía su abrigo largo, sombrero calado y la frente marcada por demasiadas noches sin dormir. Observaba el mundo como quien lo ha desenmascarado todo: la moral, la religión, el amor, la esperanza. Había desnudado el alma humana en sus libros… pero aún no sabía lo que estaba a punto de romperlo para siempre.
En la Piazza Carlo Alberto, un coche de caballos trataba de avanzar en medio del caos. El cochero, enfadado, gritaba. El animal no se movía. Estaba exhausto, temblando, con los ojos vidriosos de miedo. Y entonces vino el látigo. Una, dos, tres veces. Cruel. Mecánico. Vacío.
Y fue entonces cuando Nietzsche corrió. Como si cada golpe también lo atravesara a él. Como si algo dentro suyo, algo muy antiguo, algo no escrito en ningún libro, se despertara.
Se lanzó sobre el caballo. Lo abrazó. Le envolvió el cuello con sus brazos y comenzó a llorar. Lloraba como un niño, como un hombre que ha comprendido que la voluntad no puede con todo, que hay sufrimientos que no deberían existir. Le susurró algo al oído, nadie sabe qué. Y luego, simplemente… cayó.
Colapsó.
Desde ese instante, el filósofo dejó de estar entre nosotros, aunque su cuerpo siguiera vivo.
Fue llevado a casa. Escribió cartas extrañas, firmadas como “El Crucificado” o “Dionisio”. Hablaba con dioses, reyes y enemigos que ya no existían. Días después, ingresó en una clínica psiquiátrica. Nunca volvió a escribir. Nunca volvió a dar una conferencia. Nunca volvió a hablar con claridad. Su mente —esa que desafiaba a todo y a todos— se había rendido frente al dolor de un animal indefenso.
Pasó sus últimos años recluido, primero con su madre, luego con su hermana. En un cuarto silencioso, mirando por la ventana sin decir palabra, como si el mundo fuera demasiado ruidoso, demasiado roto. Vivía, sí. Pero no estaba.
El hombre que escribió sobre la voluntad, sobre el superhombre, sobre matar a Dios, fue vencido por un gesto de compasión.
Un abrazo a un caballo.
Y así, sin saberlo, dejó su última lección:
que a veces, el alma más fuerte no es la que grita más alto, sino la que no soporta ver sufrir a otro ser.
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