viernes, 22 de agosto de 2025

El 22 de agosto del año 1700 murió en Ciudad de México Carlos de Sigüenza y Góngora,




 El 22 de agosto del año 1700 murió en Ciudad de México Carlos de Sigüenza y Góngora, intelectual, polímata, historiador y escritor novohispano, que desempeñó numerosos cargos académicos y gubernamentales en la Nueva España. También fue cosmógrafo y profesor de matemáticas. Dirigió las excavaciones en Teotihuacán en 1675, las primeras excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en México durante el período virreinal y publicó el primer periódico del virreinato de Nueva España, el Mercurio Volante.

Hijo del madrileño Carlos de Sigüenza y de la sevillana Dionisia Suárez de Figueroa y Góngora, era sobrino del famoso poeta Luis de Góngora y Argote. Su padre había sido preceptor del hijo de Felipe IV, el príncipe Baltasar Carlos, y en 1640 se había trasladado a la Nueva España, donde se integró en la burocracia virreinal para el resto de su vida. Sigüenza comenzó sus estudios en Tepotzotlán con los padres jesuitas, cursando estudios de Teología, Humanidades y Ciencias. En 1662 hizo los votos simples para profesar como sacerdote, pero en 1668 fue expulsado del Colegio por transgredir la rigurosa disciplina jesuita. Regresó entonces a la Ciudad de México para ingresar en la Real y Pontificia Universidad, donde estudió Matemáticas, Derecho Canónico, Historia y Lenguas Indígenas, destacando en todas las materias y muy especialmente en las Matemáticas.

Fue reconocido en su propio tiempo por su curiosidad científica y sus amplios conocimientos en todos los campos del saber. Su gran erudición le granjeó el respeto y la admiración de muchas personalidades de su tiempo y de las autoridades virreinales, que acudían con frecuencia a solicitar sus opiniones y consejos.

Entre las personas que frecuentaron su compañía destacan el virrey Gaspar Silva y Mendoza, conde de Galve, que le comisionó para la realización de estudios geográficos y defensivos y financió la publicación de muchas de sus obras, el arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas, del que fue limosnero, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, descendiente de los antiguos reyes prehispánicos de Tezcoco, que le proporcionó diversos códices y documentos antiguos, y la poetisa sor Juana Inés de la Cruz.

Conocida su reputación en toda Europa, fue requerido por Luis XIV de Francia para formar parte de su cortejo de sabios, invitación que Sigüenza declinó. Aceptó, sin embargo, el nombramiento de cosmógrafo real que le otorgó su rey, Carlos II de España, cargo que en aquella época incluía trabajos de astronomía, ingeniería, geodesia, agricultura, cartografía y geografía. En virtud de dicho cargo, trazó diversos mapas, entre ellos el que se tiene por el primer mapa general de México, realizado en 1675.

A finales de 1681, la aparición de un cometa provocó gran temor entre los habitantes de Ciudad de México, que lo consideraron presagio de desgracias. Sigüenza escribió el libro Manifiesto filosófico contra los Cometas, en que trataba de calmar el temor supersticioso que provocaba en la gente este fenómeno cósmico. Al separar la superstición de los hechos observables, Sigüenza estaba de hecho separando la astrología de la astronomía, como las concebimos actualmente. El jesuita Eusebio Francisco Kino criticó fuertemente este texto desde un punto de vista aristotélico-tomista. Sigüenza respondió publicando su famosa Libra astronómica y filosófica, en la que invalidaba la tradición aristotélica en la que se basaban las concepciones astronómicas europeas y negaba la validez de la astrología por considerarla carente de evidencia física y de certidumbre matemática.

Llegó a formar una de las mejores bibliotecas de México, así como un rico gabinete de historia natural y aparatos científicos. Gran estudioso de las culturas del México prehispánico, recopiló numerosos documentos y llegó a poseer la mejor colección de códices prehispánicos y manuscritos en castellano y azteca que existía a finales del siglo XVII, así como una de las mejores colecciones de mapas. A esta biblioteca sumó varias obras de historia antigua mexicana escritas por él mismo, entre ellas, una historia de la cultura de los chichimecas en la que empleó sus conocimientos astronómicos para fechar los principales acontecimientos históricos de estos indios de acuerdo con el calendario cristiano. A pesar de los esfuerzos de Sigüenza y Góngora para preservar su biblioteca, ésta comenzó a dispersarse tras su muerte, hasta llegar a perderse muchas de sus obras.

La pasión de Sigüenza por los libros llegó a tales extremos que, en el motín que estalló en la capital mexicana el 8 de junio de 1692 culminado con el incendio del Palacio Nacional y el Ayuntamiento, se lanzó entre las llamas, junto con unos cuantos amigos, a rescatar cuanto fuera posible de los fondos documentales de la ciudad, consiguiendo salvar los libros de los Cabildos y otros muchos documentos del rico archivo que quedó consumido por el incendio.

Como cosmógrafo real de la Nueva España trazó mapas hidrológicos del Valle de México. Fue enviado por el virrey como acompañante del almirante Andrés de Pez en un viaje de exploración al norte del golfo de México y en especial a la península de Florida, donde trazó mapas de la bahía de Pensacola y de la desembocadura del río Misisipi.

En sus últimos años dedicó mucho tiempo a coleccionar material para una historia del México antiguo. En su deseo de equiparar lo mexicano con lo español, vuelve constantemente los ojos al pasado indígena para encontrar en él la singularidad de los criollos. Sus grandes conocimientos sobre la historia antigua de México le hicieron convertirse en el principal representante intelectual del sentimiento que comenzaba a desarrollarse en aquel momento en México por medio de un complejo proceso de sustitución de los símbolos culturales europeos por otros propios, fundamentados en el pasado prehispánico, que habrían de conformar una nueva identidad, la criolla, distinta ya de la española y también de la indígena.

Al morir donó su valiosa biblioteca y sus instrumentos científicos al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús (en cuya capilla fue enterrado, dado que fue admitido en la orden poco antes de morir). Asimismo, ordenó que su cuerpo fuera entregado a la medicina, para que se estudiara lo que le provocó la muerte.

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