Cicerón, el gran orador romano, no solo dominaba las palabras: dominaba la lucidez.
Vivió en tiempos donde las intrigas políticas, las traiciones y las ambiciones desmedidas
eran la moneda corriente en Roma.
mientras ellos mismos se hundían en vicios, corrupción y arrogancia.
Y de allí nació una de sus reflexiones más poderosas:
el verdadero necio es aquel que ve todo lo malo en los demás,
pero nunca tiene el valor de mirarse en el espejo.
Porque juzgar es fácil.
Es cómodo.
Exige poco esfuerzo señalar con el dedo.
Pero conocerse a uno mismo, reconocer las propias sombras,
y trabajar en ellas…
esa es la tarea del sabio.
Cicerón entendía que una sociedad justa no podía sostenerse sobre egos ciegos,
sino sobre individuos que se exigieran primero a sí mismos.
La corrección empieza dentro.
El progreso no nace de condenar al otro,
sino de elevarnos nosotros.

La próxima vez que tu mirada se dirija a las faltas ajenas,
pregúntate primero:
¿qué hay en mí que debo mejorar?
Esa pregunta, aunque duela, es la que te libera del autoengaño
y te acerca a la grandeza.
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