Detrás de los cuentos más entrañables siempre hay huellas de vidas muy reales.
Margaret era dulce, cariñosa, y solía llamar a J. M. Barrie —amigo de su padre— “fwendy”, su forma infantil de decir friendly. Esa palabra inventada por una niña de seis años, que murió demasiado pronto en 1894, se transformó en el nombre inmortal de uno de los personajes más queridos de la literatura.
Barrie, herido por la pérdida, convirtió a Margaret en la eterna Wendy Darling. De esa manera, la pequeña nunca murió del todo: siguió viviendo en la imaginación de generaciones de lectores.
Pocos años después, también su padre fue alcanzado por la tragedia. William Ernest Henley ya había sufrido en su propia piel la dureza de la vida: la amputación de una pierna, una salud precaria, la cercanía constante de la muerte. De ese dolor nació uno de los poemas más célebres de la lengua inglesa: Invictus.
Un grito de resistencia que dice:
“Soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.”
La historia de Margaret y su padre es un recordatorio de que los clásicos no nacen de la nada. Detrás de cada palabra que nos emociona hay un corazón que amó, que sufrió, que dejó su huella.
Barrie perdió a su pequeña amiga, Henley perdió a su hija, pero ambos, sin saberlo, la hicieron eterna: en Wendy Darling… y en el eco de un poema que aún inspira a resistir.
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