

Nuestro cuerpo es una obra maestra… pero con límites. El hígado, por ejemplo, tiene la increíble capacidad de regenerarse incluso después de perder hasta el 70% de su masa.
Corta una parte… y vuelve a crecer.
Daño tras daño… y sigue reparándose.
Pero el corazón, ese motor que late más de 100.000 veces al día, no tiene esa suerte.

Porque las células musculares del corazón —llamadas cardiomiocitos— apenas se dividen después del nacimiento. Están diseñadas para funcionar sin parar, no para regenerarse.
Y cuando sufren daño —como en un infarto— lo que deja el cuerpo es cicatriz, no músculo nuevo.

Y esto plantea una gran pregunta:

La ciencia aún investiga. Pero algunas teorías apuntan a que permitir que las células del corazón se dividan podría generar errores peligrosos… incluso letales. Así que el cuerpo “prefiere” dejarlas estables, aunque eso signifique que no se reparen.


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