jueves, 7 de agosto de 2025

NUMANCIA

 


El 6 de agosto del año 133 a. C. los ejércitos romanos de Publio Escipión Emiliano arrasaron la ciudad celtíbera de Numancia, símbolo de resistencia al poder romano, tras haber sido sitiada y asediada durante algo más de nueve meses. Sus habitantes la han defendido con valentía, y muchos prefieren suicidarse el día anterior a su entrega antes que caer bajo la dominación romana. Tras su victoria, Escipión impondrá el supremo castigo de la destrucción y reducción a cenizas de la ciudad, además de prohibir su reconstrucción para que quede como ciudad maldita. En palabras de Tito Livio:

«Numancia, aunque inferior en riquezas a Cartago, Capua y Corinto, respecto a valor y distinción fue igual a todas y, fue la mayor gloria de Hispania. Esta ciudad, sin murallas ni fortificaciones y situada en una prominencia en las inmediaciones de un río, con una guarnición de 4000 celtíberos sostuvo ella sola el ataque de un ejército de 40 000 hombres durante 11 años, y no solo eso sino que también logró rechazarlos fuertemente en diversas ocasiones y les hizo formar vergonzosos tratados. Finalmente, puesto que se trataba de una ciudad que no podía ser conquistada, se vieron obligados a llamar al general, Escipión, que había destruido Cartago».

En tanto que la resistencia numantina seguía sumando victorias para su causa, el Senado romano veía en ella un duro contrincante al que había que terminar por someter, costase lo que costase, como en el pasado fue con Cartago. En el 134 a. C., el Senado encomendó la tarea de rendir la ciudad a Publio Cornelio Escipión Emiliano, vencedor de Cartago en la tercera guerra púnica del 146 a. C. El nieto adoptivo de Escipión el Africano viajó hasta Hispania Citerior, donde consigue armar un ejército de 20 000 hombres, más 40 000 auxiliares entre los que se contaba caballería númida y un gran número de aliados locales, en total unos 60 000 soldados, entre los que figuraban doce elefantes (que actuaban como torres móviles) que trajo Yugurta, contra apenas 2500 numantinos sitiados.

Escipión comenzó por someter al ejército allí desplegado a un durísimo entrenamiento. Dice Apiano que desterró a todos los mercaderes, rameras, adivinos y agoreros, a quienes los soldados consternados en tantos infortunios daban demasiado crédito. Expulsó a los criados, vendió carros, equipajes y acémilas, conservando solo lo necesario. Buscó conseguir tener moralizado y bien formado a su ejército, sumiso y hecho al trabajo y a la fatiga. Conseguido este objetivo, trasladó su campo cerca de Numancia, cuidando de no dividir sus fuerzas, como hicieron otros, ni de batirse sin antes explorar.

Cuando Escipión Emiliano se presentó ante las murallas de Numancia, lo hizo con la idea ya concebida de tomarla por bloqueo y no por asalto, lo que había sido un craso error demostrado en las fallidas incursiones de los ejércitos consulares previos. Se decidió asestar un ataque por bloqueo, para lo cual se ordenó la construcción de siete campamentos, construyendo primero fosos, empalizadas y terraplenes para proteger a sus soldados, además de levantar un muro de 9 kilómetros, de ocho pies de ancho y diez de alto, con torres a un plethron (30,85 metros) de distancia unas de otras, que rodeaban la ciudad y que estaba vigilado por siete campamentos. Las torres contaban con catapultas, ballestas y otras máquinas; aprovisionó las almenas de piedras y dardos, y en el muro se instalaron arqueros y honderos. También utilizó un sistema de señales, muy desarrollado para la época, que permitía trasladar tropas a cualquier lugar que pudiera estar en peligro.

Aunque desgastados por el paso de los años, aún hoy es posible distinguir restos de aquellos campamentos romanos. Con estos datos históricos y haciendo aplicación de ellos en un concienzudo estudio topográfico del terreno que rodea el cerro de Numancia, el profesor de historia Adolf Schulten, de la Universidad de Erlangen, Alemania, logró descubrir en cinco años los restos de dichas fortificaciones y los siete campamentos o fuertes de Apiano, presentándolos al Instituto Arqueológico de Berlín (1880). La primera conclusión que sacó de sus descubrimientos es que los campamentos de Escipión no fueron obras de barro y madera como los construidos por César ante Alesia en la Galia, sino construcciones de piedra como las del tiempo del Imperio.

Tras quince meses de asedio, atacada por la peste y hambruna, la ciudad se rindió finalmente en el verano del 133 a.C. Sus habitantes, sin embargo, prefirieron el suicidio a entregarse, incendiando la ciudad y las casas para que no cayeran en manos de los romanos. Cuando el ejército de Escipión Emiliano decidió entrar en la ciudad encontró pocos supervivientes, los cuales fueron llevados a Roma como botín de guerra y vendidos como esclavos. Numancia sería reconstruida en época de Augusto, con trazado romano pero con repobladores celtíberos.

Con el final de la guerra y la pacificación en la región, Escipión Emiliano regresó a Roma rodeado de honores y un gran botín. Su victoria le valió el apodo de Numantino.

La actitud de los numantinos impresionó tanto a Roma que los propios escritores romanos ensalzaron su resistencia, como Plinio o Floro, convirtiéndola en un mito, que se unió a los de otras ciudades y pueblos de la península que lucharon hasta el final, como Calagurris, Estepa o las ciudades cántabras, entre otras. Esta lucha ha dejado huella en la lengua española, que acoge el adjetivo "numantino" con el significado: "Que resiste con tenacidad hasta el límite, a menudo en condiciones precarias", según la Real Academia Española.


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