¿Imaginas poder transformarte en una esfera blindada que ni siquiera un león logra penetrar con sus fauces?
Lo sorprendente es que esas escamas no se parecen en nada a las de los reptiles: están hechas de queratina, el mismo material de nuestras uñas y cabello, pero dispuestas en capas superpuestas que funcionan como un escudo flexible y tremendamente resistente.
Cuando un depredador se acerca, el pangolín ejecuta una maniobra impecable: se enrolla por completo, oculta su vientre —la única parte vulnerable— y muestra al mundo únicamente sus escamas afiladas.
Esa coraza representa cerca del 20% de su peso corporal. Es como si una persona cargara a diario un chaleco protector que pesara una quinta parte de su propio cuerpo… y aun así le permitiera correr, excavar y sobrevivir.
Incluso su nombre guarda la esencia de su estrategia: “pangolín” proviene del malayo pengguling, que significa “el que se enrolla”. Una definición simple, pero profundamente poética para un animal que convirtió su vulnerabilidad en fortaleza.
El pangolín nos recuerda que, a veces, la defensa más poderosa no es atacar, sino hacerse inaccesible a quienes buscan dañarnos.
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