jueves, 21 de agosto de 2025

En los pueblos rurales de Cerdeña existió, hasta hace apenas unas décadas, una figura tan misteriosa como temida: la s’accabadora.




 En los pueblos rurales de Cerdeña existió, hasta hace apenas unas décadas, una figura tan misteriosa como temida: la s’accabadora.

Era siempre una mujer, vestida de negro y con el rostro cubierto, llamada en secreto por los familiares de un enfermo terminal. No era médica, pero cumplía una función reconocida por la comunidad: poner fin al sufrimiento de quien ya no tenía esperanza.
Llegaba de noche. La puerta se abría, y el moribundo, desde su lecho de agonía, comprendía al verla que su dolor estaba a punto de terminar. A veces utilizaba una almohada, otras veces el “su mazzolu”, un pequeño bastón de olivo silvestre, con el que daba un golpe certero en la frente. Después, se marchaba en silencio, de puntillas, como si hubiera cumplido una misión sagrada.
Los familiares, lejos de condenarla, le ofrecían gratitud: pan, vino, aceite, productos de la tierra. Para ellos, no era un crimen, sino un acto de compasión. En un mundo sin médicos cercanos, donde el sufrimiento podía prolongarse durante semanas, la accabadora era la que ponía un final digno a la vida.
Su existencia estaba tan integrada en la cultura sarda que se decía que muchas veces la misma mujer podía ser partera y accabadora: vestida de blanco traía la vida, vestida de negro la despedía.
Los últimos casos documentados ocurrieron en 1929 y en 1952, pero su recuerdo aún vive en la memoria oral de muchos pueblos. Para los sardos, la muerte nunca fue un tabú, sino simplemente la conclusión natural del ciclo de la vida.
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