martes, 12 de agosto de 2025

Santa Radegunda de Poitiers 13 AGOSTO




 Santa Radegunda de Poitiers 13 AGOSTO

Religioso Gobernante
En Poitiers, de Aquitania, santa Radegunda, reina de los francos. Cuando todavía vivía su esposo, el rey Clotario, recibió el velo sagrado de religiosa, y en el monasterio de la Santa Cruz de Poitiers, que ella había mandado construir, sirvió a Cristo bajo la Regla de san Cesáreo de Arlés.
Celebración 13 de agosto
orría el siglo xv cuando el duque Juan de Berry, hermano del rey Carlos V de Francia, solicitó un fragmento del cuerpo de Santa Radegunda para colocarlo en su capilla de Bourges. Obtenida la autorización, abrieron la tumba y he aquí la sorpresa: el cuerpo estaba incorrupto. Ante tal prodigio, el noble no se atrevía a destruir lo que el tiempo había respetado.
En los dedos del cadáver, no obstante, había dos alianzas. ¿Por qué no llevarse una? Los anillos, quizá ennegrecidos por el paso de los años, estaban cargados de simbolismo, pues en ellos se podría resumir toda la vida de aquella virtuosa reina de Francia.
El reino de Turingia bajo el dominio franco
Verano del 531. Los gritos de desesperación eran amortiguados por el estruendo de las paredes que se derrumbaban consumidas por el fuego. El aire irrespirable, intoxicado por el humo, oscurecía aquel día infeliz. En un rincón, una joven princesa, abrazada a su hermano, contemplaba la ruina de su castillo y la muerte de la servidumbre.
Los francos habían invadido Turingia. Sin embargo, deseaban no sólo conquistarla, sino también satisfacer su sed de venganza, alimentada por motivos políticos que durante décadas habían enemistado a ambos pueblos. Así pues, con abrumadora saña, los guerreros comandados por Teodorico y Clotario, hijos y sucesores de Clodoveo, sembraron la destrucción y la desgracia por donde pasaban.
Terminada la conquista, Teodorico intentó asesinar a su propio hermano, con el fin de ser el único que reinara sobre los vencidos. Clotario, no obstante, descubrió el enredo y le exigió una explicación. Desconcertado, Teodorico trató de abstraerse de su furia, ofreciéndole la totalidad del botín, el cual incluía a los cautivos. Entre ellos se encontraban una desafortunada princesita turingia, llamada Radegunda, y su hermano.
No era la primera vez que el dolor acariciaba el alma de esta niña que no pasaba de la primera década de vida. Su padre, Bertario, rey de Turingia, había sido asesinado por su propio hermano, Hermanfredo, bajo cuyo cuidado tuvo que crecer. Ahora, una vez más, se abría ante ella un camino de incertidumbre.
La joven princesa no sospechaba que la mano misteriosa de Dios dirigía todos estos acontecimientos con miras a la misión que un día cumpliría.
Cautiverio en tierra extranjera
Despojada de todo, huérfana y reducida a la esclavitud, Radegunda dejaba atrás su tierra, rumbo a las penurias del cautiverio. ¿Qué le depararía el futuro?
El rey franco Clotario, admirado con la belleza de la joven princesa y celoso de la estabilidad de su reino, concibió enseguida un inteligente proyecto en relación con la inocente prisionera: ¿por qué no prepararla para ser su esposa? Con esto, tendría asegurados sus derechos sobre Turingia y estaría de acuerdo con la Iglesia Católica.
Sin embargo, deseando que su casamiento tuviera la bendición de Dios y que los hijos que nacieran de éste fueran legítimos, era forzoso esperar que Ingonda, con la que se había unido oficialmente en matrimonio religioso, muriera. Radegunda tan sólo tenía 10 años. Mientras tanto, sería instruida y preparada para reinar algún día.
Educación en Athies
La princesa, junto con su hermano, fue enviada a Athies, ciudad que se encontraba distante de la capital Soissons. Allí la futura reina recibiría una primorosa educación, se beneficiaría de la tranquilidad bucólica del lugar y estaría lejos de las intrigas que imperaban en la corte.
En este período, Santa Clotilde jugó un gran papel en la formación dada a Radegunda. Esposa de Clodoveo, conocía la amplia influencia que una princesa inteligente y sagaz puede ejercer sobre la mentalidad de un rey. Ella misma había sido educada e instruida por San Avito con el propósito de llevar a Clodoveo al seno de la Iglesia.
¿No podría ocurrir lo mismo ahora? Clotario se apartaba de los principios evangélicos y les daba un pésimo ejemplo a sus pueblos, pero ¿la influencia de Radegunda no podría cambiar esta situación?
Encomendada al obispo de Saint-Quintín, San Medardo, cuyo celo por la causa de Cristo e intachables costumbres eran de todos conocidos, la misión de hacer de la joven una princesa virtuosa, de rica formación católica, estaba más que garantizada.
Iluminada por las enseñanzas evangélicas
Desde el inicio, las enseñanzas evangélicas se arraigaron profundamente en su alma. «Era la primera vez que esta niña, cuya experiencia de la vida se había limitado a sufrir una serie de catástrofes —todas atribuibles a la crueldad, a la ambición, a las pasiones humanas desenfrenadas—, escuchaba otro lenguaje y veía ofrecérsele otro camino que el seguido por los suyos de siglo en siglo».1
A lo largo de aproximadamente seis años, se nutrió de las fuentes cristalinas de la sana doctrina, convirtiéndose en una joven culta, instruida en los clásicos y conocedora de los más ilustres Padres de la Iglesia.
Los heroicos sacrificios de los santos mártires inflamaban de celo y amor su corazón, y la pureza de las santas vírgenes le servía de ejemplo de íntegra y total dedicación a Jesucristo. Pronto recibiría el Bautismo.
No pasó mucho tiempo para que floreciera en su espíritu un imperioso movimiento de la gracia, propio de las almas que se deslumbran con las maravillas del amor divino después de largos años de ignorancia: la consagración total a Dios. Radegunda «esperaba, cuando tuviera la edad suficiente, ocupar su lugar bajo los ojos del Buen Pastor en un rebaño de vírgenes cristianas»

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