miércoles, 30 de julio de 2025

Durante siglos fue descrita como una mujer fatal.




 Durante siglos fue descrita como una mujer fatal.

Envenenadora. Incestuosa. Fría.
Un demonio con rostro angelical.
Pero… ¿y si todo eso fue una mentira conveniente?
Lucrecia Borgia no eligió su destino.
Nació en 1480, hija del cardenal Rodrigo Borgia —futuro Papa Alejandro VI— y de su amante.
Desde niña fue moneda de cambio en los juegos de poder de una de las familias más temidas del Renacimiento.
A los 13 años, fue entregada en matrimonio a Giovanni Sforza.
Pero cuando esa alianza dejó de ser útil, los Borgia lo quisieron fuera del camino.
Intentaron matarlo. Luego lo humillaron, forzando una anulación basada en su “impotencia”.
Él respondió con acusaciones de incesto entre Lucrecia, su padre y su hermano César.
La leyenda negra acababa de nacer.
En 1498, Lucrecia fue casada por segunda vez.
Su nuevo esposo, Alfonso de Aragón, era apuesto… y esta vez, ella se enamoró.
Tuvieron un hijo. Pero César Borgia no quería amor, sino estrategia.
Y cuando Alfonso estorbó, lo mandó asesinar.
Lucrecia cayó en una desesperación profunda.
Lloró, pero no pudo cambiar nada.
Volvió a ser una pieza en el ajedrez del poder.
En 1502, la casaron con Alfonso d’Este, heredero de Ferrara.
A pesar de las habladurías, conquistó con el tiempo el respeto de su pueblo.
Apoyó las artes, la cultura, fue madre de siete hijos, y mantuvo una corte vibrante.
Uno de sus hijos, Hipólito d’Este, sería cardenal y construiría la célebre Villa d’Este en Tivoli.
En sus últimos años, marcada por el dolor, se volcó a la religión.
Se convirtió en terciaria franciscana, vivió con humildad… y murió joven, a los 39 años, tras un parto.
Sus últimas palabras fueron: “Yo soy de Dios para siempre”.
Y quizás lo fueron.
Porque, con el tiempo, incluso sus enemigos dijeron de ella:
“Si vivió como pecadora, murió como santa.”

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