Para reflexionar…🤔
Es extraño, pero real: a veces lo que más nos aterra no es la ausencia, sino la llegada. No es el vacío… sino el cumplimiento. Cuando la vida empieza a acercarte aquello que tantas veces suplicaste —amor, abundancia, claridad, oportunidad— algo dentro de ti se contrae, como si el alma retrocediera justo en el momento del avance.
Y no es porque no lo quieras. Es porque tu historia no sabe todavía cómo moverse sin sus viejas muletas.
Recibir amor real significa desarmarte. Implica soltar las estrategias que usaste para sobrevivir al rechazo, a la traición, a la soledad. Aceptar amor verdadero te obliga a bajar la guardia, a dejar que alguien te vea completo y no solo en la versión controlada que tú mismo aprendiste a mostrar. Ese nivel de exposición interna da vértigo, aunque sea exactamente lo que siempre anhelaste.
Recibir abundancia también tiene un precio invisible: la renuncia a la identidad que construiste desde la carencia. Es fácil desear prosperidad, pero es mucho más difícil dejar de pensar, decidir y actuar como alguien que siempre está a punto de perderlo todo. La abundancia no solo te cambia las circunstancias… te obliga a cambiarte a ti.
Y recibir claridad duele más de lo que parece. Porque ver con nitidez significa reconocer que muchas veces elegiste desde heridas, desde miedos, desde versiones de ti que hoy ya no representan lo que eres. La claridad ilumina… pero también quema todo aquello que ya no puede sostenerse en la sombra.
Por eso, cuando lo que pediste comienza a manifestarse, tu sistema interno se altera. Entra en pánico. No sabe habitar una realidad donde ya no eres esa versión rota, defensiva o limitada que te mantuvo a salvo durante años. Recibir lo que deseas implica una muerte simbólica: la caída de la identidad que construiste para protegerte.
La resistencia, entonces, no es falta de deseo. Es duelo. Duelo por la personalidad que está a punto de quedar atrás. Duelo por la historia que ya no encaja con lo que estás a punto de vivir. No estás huyendo del regalo… estás despidiéndote de la versión de ti que no sabía recibirlo.
Y cuando entiendes eso, algo cambia: en lugar de castigarte por resistirte, te acompañas en la transición. Te das permiso de temblar mientras avanzas. Y poco a poco descubres que sí, da miedo recibir lo que pediste…
pero da más miedo seguir viviendo como si no lo merecieras.
(Autor: desconocido)

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