Entre la Nochebuena y el día de Navidad del año 1734 se produjo el incendio del Real Alcázar de Madrid, que lo destruyó por completo. Solo hubo una víctima mortal del incendio, una mujer. El devastador daño se lo llevó la gran colección de arte que los reyes habían atesorado. Aunque se pudieron salvar las joyas más emblemáticas de la Corona, como la perla Peregrina y el diamante El Estanque y 1038 obras de arte, más de 500 lienzos desaparecieron en el incendio, junto con numerosos documentos pertenecientes al Archivo de las Indias, bulas pontificias y otros papeles de Estado, además de innumerables estatuas y esculturas de madera, mármol, bronce, etc., y toda la colección de música sacra de la Capilla Real. También se perdieron por completo las llamadas «colecciones americanas».
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Entre la Nochebuena y el día de Navidad del año 1734 se produjo el incendio del Real Alcázar de Madrid
El Real Alcázar, además de ser la residencia oficial de la Familia Real española, siendo en aquel entonces rey Felipe V, albergaba una gran colección de obras de arte, incluyendo unos 2000 cuadros de pintores destacados, piezas de orfebrería de ornamentos religiosos y piedras preciosas, además de muchas reliquias procedentes de tiempos de Felipe II., así como obras de los más grandes como Tiziano, Rubens, Velánzquez, Tintoretto, Ribera, Durero, Leonardo y Brueghel. Aunque la pérdida de grandes obras de arte fue enorme, también es cierto que se lograron salvar de las llamas célebres obras que son iconos reconocibles del arte universal, como por ejemplo Las tres Gracias de Rubens, Adán y Eva de Durero, Carlos V a caballo en Mühlberg de Tiziano o las meninas de Velázquez.
A los cuatro años del incendio, empezaron en el solar del antiguo alcázar las obras para la construcción del actual Palacio Real de Madrid. Por otra parte, es conocido que a Felipe V, nacido en el Palacio de Versalles, no le gustaba el Alcázar, y el hecho de que la familia real, que normalmente celebraba los maitines de Nochebuena en la Capilla Real del Alcázar, se encontrase fuera al tiempo de declararse el incendio, ligado con el traslado previo de algunas obras de arte al Palacio del Buen Retiro —que se convirtió en la residencia oficial del monarca hasta terminarse las obras de construcción del nuevo palacio—, dejaron algunas dudas respecto a las causas del siniestro.
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LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS: LA OBRA PERDIDA DE VELÁZQUEZ QUE HA RESUCITADO LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS: LA OBRA PERDIDA DE VELÁZQUEZ QUE HA RESUCITADO LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Las obras pictóricas perdidas para siempre en el incendio que arrasó el Alcázar de Madrid harían llorar a cualquier amante de la pintura: Ribera, Tiziano, El Greco, Giordano, Rafael, Rubens, Leonardo, Tintoretto y, sobre todo, La expulsión de los moriscos (1627) de Velázquez. Sus meninas se salvaron porque la arrojaron por una ventana pero “La expulsión” no, del que solo se conservan bocetos y estaba considerada una de sus obras más valiosas.
Casi 300 años después, el artista Fernando Sánchez Castillo utilizó la inteligencia artificial generativa para reinventar el Velázquez perdido. Pero la IA sin información es inerte. Exige, primero, palabras. Sin embargo, afortunadamente, poco antes de su destrucción, el historiador y artista Antonio Palomino describió el lienzo:
“Vemos al rey Felipe III armado, y con su bastón en la mano señalando a una tropa de hombres, mujeres y niños llorosos, encabezados por unos soldados, ya lo lejos unos coches, y un trozo de marina, con unas embarcaciones, para transportarlos. A la mano derecha del Rey está España, representada en una majestuosa matrona, sentada al pie de un edificio, en su mano derecha tiene un escudo y unos dardos, en su mano izquierda unas espigas de trigo, armadas al estilo romano, y a sus pies hay una inscripción [en latín]”.
Palabras, pero hacía falta otro golpe de fortuna. Algo parecido a una imagen real con la que “alimentar” la inteligencia artificial. Hubo suerte. En 1988, el experto en arte español William B. Jordan, mientras hojeaba el catálogo de la casa de subastas Philips de Londres, encontró una ilustración en blanco y negro de un cuadro que estaba identificado únicamente como Retrato de caballero, de busto, con cuello alto. Tanto el Museo de Arte Kimbell (Fort Worth) como el Prado, una vez restaurado, no tuvieron dudas: se trataba de un boceto de Velázquez para esta obra perdida.
Y así es como Sánchez Castillo recurrió al texto de Palomino, al boceto al óleo que Velázquez pensaba utilizar como punto de partida para el lienzo, a la inteligencia artificial y a la ayuda de Paula García, de 25 años, que prepara, en la Universidad Complutense de Madrid, su tesis sobre la IA aplicada a la escultura contemporánea. Mezclando así tiempo y tecnología. Dedicado más de cien horas a obtener la imagen que ilustra este artículo. El 80% del resultado corresponde a creación artística y el 20% a IA. Nos encontramos al inicio de una nueva era en la que la IA puede ayudarnos a rescatar trozos perdidos de nuestro pasado.
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El belén, también llamado nacimiento, o el portal
El belén, también llamado nacimiento, o el portal hace referencia a los diversos tipos y modelos tradicionales de representación plástica del nacimiento de Jesucristo.
Todos coinciden en reconocer el auténtico origen del belén en la recreación de la escena de la Natividad, que en la Navidad de 1223 realizara Francisco de Asís en Greccio (Italia), quien a su regreso de un viaje de peregrinación a Tierra Santa realizó un pesebre con paja y colocando junto a él un buey y una mula, celebró allí la Misa del Gallo, junto a los fieles que acudieron al toque de las campanas, evocando así la llegada de los pastores para adorar al Niño. La representación de Francisco de Asís tuvo un gran impacto. Una innovación importante introducida por el santo son las figuras del asno y el buey, que no aparecen en el relato sobre el nacimiento de Jesús de los evangelios, que hacen una descripción muy escueta del episodio, pero que simbolizan la creación entera reconociendo a Jesús, basándose en la profecía de Isaías de que "el buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo".
De la representación teatral y con personas reales se pasó muy pronto la realización de las figuras con diferentes materiales. En poco tiempo la tradición empezó a popularizarse, y en las ciudades italianas, durante los siglos XIV y XV, En España se introdujo esta tradición en el siglo XV a través de los franciscanos, arraigando primero en la Corona de Aragón y luego en Castilla, como método para enseñar la fe, usando figuras iniciales de trapo y madera. Alcanzando su máximo esplendor en el siglo XVIII con Carlos III.
Las iglesias se decoraban con belenes durante las celebraciones navideñas. Durante el Barroco, la tradición del belén alcanzó también a las casas señoriales, aunque muy pronto los hogares más humildes quisieron imitar también a los señores. Muy reconocidos a nivel mundial son los belenes napolitanos del siglo XVIII, que reflejaban el entorno del Nápoles de la época, mezclando lo sagrado y lo profano, e incluían a personajes populares de la ciudad. De hecho, su introducción en España se debe a Carlos III, que había sido rey de Nápoles y era un gran entusiasta de aquella tradición.
El rey y su esposa, María Amalia de Sajonia, importaron aquella costumbre a nuestro país y la introdujeron en sus palacios. De hecho construyeron una sala especial para la realización del conocido como "Belén del Príncipe" (primero en el palacio del Buen Retiro y después en el palacio Real), un típico belén napolitano en el que se representaban las costumbres y vestimentas locales, y fue encargando a los reconocidos imagineros valencianos José Esteve Bonet y José Ginés Marín y al murciano Francisco Salzillo.
A mediados del siglo XIX, poco a poco esta costumbre se fue extendiendo a todos los hogares españoles. Fue entonces cuando empezaron a fabricarse las figuras de belén en serie. Destacan las producidas en barro, muchas veces sin cocer y pintadas con vivos colores, en las fábricas de Murcia, Granada, Barcelona y Olot (Girona). Todas aquellas figuras podían adquirirse en tiendas de imaginería religiosa o en los típicos mercadillos navideños que empezaron a extenderse por toda la geografía española.
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