La ruptura de la familia tradicional, de la comunidad nacional y de la fe cristiana son hitos de un camino de resecularización de Occidente emprendido por la izquierda. El debilitamiento de todos y cada uno de los lazos espirituales establecidos al margen del Estado, hablan de un Estado con aspiraciones totalitarias que se quiere receptor de un único y obligado culto.
La izquierda quiere una sociedad física, mental y espiritualmente famélica, incapaz de generar corrientes de fondo que desafíen su poder y su estatus. Esta deriva se manifiesta en leyes y políticas públicas cuyo objetivo final es crear el andamiaje perfecto para imponer una cosmovisión redefinidora del individuo, entendido como una entidad aislada, desarraigada y permanentemente dependiente. La desaparición de los vínculos naturales —la familia como núcleo de transmisión moral, la comunidad como espacio de solidaridad orgánica y la fe como horizonte de sentido— ofrece un campo abierto a esta diabólica utopía.
El ciudadano deja de ser heredero de una tradición y se convierte en simple usuario de un sistema sujeto a suscripción y adscripción diaria. La resecularización pretende sustituir lo trascendente que diviniza al individuo, que lo pone en contacto con su origen sagrado, por una ideología que reclama la ofrenda perpetua de una obediencia total.
El Estado socialista no se limita a garantizar libertades, sino que aspira a definir valores, regular conciencias y reeducar costumbres. En este contexto, toda instancia intermedia es vista como una amenaza: la familia es sospechosa de reproducir desigualdades, la nación de fomentar identidades excluyentes y la religión de ofrecer una lealtad superior a la del poder político. No es extraño que, así las cosas, el gobierno haya felicitado "a la comunidad cristiana" la Navidad, tratando de hacer privativa de unos pocos una fiesta que a todos alude y compromete.
Mientras el aparato estatal proclama la emancipación del individuo, se lo priva de las herramientas simbólicas y espirituales que hacen posible una verdadera libertad. Un sujeto sin raíces, sin memoria y sin comunidad es fácilmente moldeable, incapaz de resistir la presión cultural o de articular un proyecto vital propio: un medio hombre hecho para la servidumbre, un animal domesticado. Frente a este panorama, la defensa de la familia, de la comunidad nacional y de la fe católica supone no un simple acto de resistencia cultural, sino que adquiere la altura de un verdadero grito civilizatorio.

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