domingo, 4 de enero de 2026

Los Belgas Preguntaron "¿Cuántos Indios Cazaremos Hoy?" — Una India Los Cazó A Ellos Primero...

 Los Belgas Preguntaron "¿Cuántos Indios Cazaremos Hoy?" — Una India Los Cazó A Ellos Primero...


251 soldados belgas ocupan tacámbaro el 10 de abril de 1865. Son la guardia personal de la emperatriz Carlota, la élite de la élite, uniformes azules con botones de latón pulido, rifles mini de última generación capaces de matar a 400 m. Oficiales que han servido en las cortes de Bruselas, que han desfilado ante el rey Leopoldo, que consideran esta misión en México como una aventura exótica antes de regresar a sus mansiones europeas.
Esta noche, ocho de esos oficiales cenan en la Casa Piña, el cuartel general improvisado en el centro del pueblo. La mesa está servida con vino francés traído desde Veracruz. Hay velas, hay risas, hay una mujer indígena sirviendo en silencio. El capitán Jules Ernest Chassad levanta su copa por tercera vez en la última hora.
Tiene 31 años. Su padre es el ministro de guerra de Bélgica. Sus tres hermanos son oficiales del ejército belga. Nació en Lieja, creció en palacios y ahora está sentado en este pueblo olvidado de Michoacán, rodeado de montañas y de lo que él considera salvajes. Mira a la mujer que le sirve vino.
Es pequeña, piel oscura, cabello negro en una trenza. Viste una blusa blanca de algodón y una falda larga. Sus huches están gastados. Lleva un reboso azul oscuro con hilos rojos y amarillos. El capitán Shasal se inclina hacia el mayor Titgat y dice en francés sin molestarse en bajar la voz. Regardez la petitkine. Miren a la fea que nos sirve.
Los oficiales ríen. El doctor Legion, el médico de la legión añade, "Él ne parle même pasol correctement. Ces india trit meuble. Ni siquiera habla español correctamente. Estos indios trátala como tratarías a un mueble. La mujer no reacciona, su rostro no muestra nada. Sus manos permanecen firmes mientras vierte el vino tinto en la copa del capitán.
Sus ojos negros miran hacia abajo, como se espera de una sirvienta. Pero lo que el capitán Chazal no sabe mientras se burla de la sirvienta fea es que esa misma mujer entiende cada palabra que sale de su boca. Lo que no sabe es que ella ha estado escuchando durante tres semanas, memorizando, contando, y lo que definitivamente no sabe es que en menos de 24 horas él estará muerto en la plaza de Tacámbaro con una bala mexicana en el pecho y que esa bala llegará exactamente donde ella dijo que llegaría.
Su nombre es Esperanza Tepetate. Tiene 26 años, es purépecha, nacida en Santa Clara del Cobre, a 17 km de aquí. No sabe leer, no sabe escribir, pero su abuela trabajó 23 años para una familia francesa en Morelia y le enseñó cada palabra, cada frase, cada canción en ese idioma. Esperanza nunca le dijo a nadie, nunca tuvo razón para hacerlo.
Hasta ahora el mayor Constantg, el único oficial con experiencia real de combate, interrumpe las risas. Nos pas sur, capitaín seon. No esté tan seguro, capitán. Estos campesinos tienen rifles. Chasal lo ignora con un gesto de la mano. Monper di queggerá terminéamoa. Mi padre dice que esta guerra terminará en tr meses. Después podremos regresar a Bruselas y contar historias sobre cómo cazamos bandidos mexicanos.

El 14 de enero de 1339 nació Muhammad V, octavo emir nazarí de Granada, que dejó una profunda huella en la ciudad y en

 El 4 de enero de 1339 nació Muhammad V, octavo emir nazarí de Granada, que dejó una profunda huella en la ciudad y en la


historia del último reino andalusí. Su gobierno de 37 años fue uno de los más largos de su dinastía, aunque fue destronado por una conspiración de palacio y pasó varios años en Fez exiliado, antes de reconquistar el poder con ayuda del rey castellano Pedro I.


Superado este desafío, Muhammad V logró asegurar las fronteras de su reino al tiempo que se procuraba la amistad y el consejo de grandes sabios, y convirtió Granada en una de las capitales culturales y económicas del Mediterráneo. El sultán imprimió su sello en el palacio de la Alhambra con la construcción del Patio de los Leones, que se ha convertido en su legado más emblemático.


Hijo del emir y de la esclava llamada Butayna, accedió al trono después del asesinato de su padre Yusuf I a manos de un demente, que se abalanzó sobre el emir por sorpresa mientras rezaba en la mezquita mayor de Granada, según narró Ibn al-Jatib, historiador y visir de la corte de Yusuf, aunque otras fuentes sugieren que en realidad se trató de una conjura palaciega.


En los inicios de su gobierno continuó la política de su padre, marcada por las buenas relaciones con el rey castellano Pedro I. Durante esos años, Granada pagaba tributos y secundaba militarmente a Castilla. Ibn al-Jatib, que continuó siendo visir durante el gobierno de Muhammad, no escatima halagos para su señor: «Este emir era único entre los reyes en cuanto a magnificencia, bravura y firmeza», aseguraba, y ensalzaba su «sólida inteligencia, rigidez, mucha astucia, gran prudencia y plena experiencia».


Cuatro años después del asesinato de su padre, una revuelta palaciega aupó al trono a Ismail, el hermanastro menor de Muhammad. El complot había sido orquestado por Rim, madre de Ismail y esposa preferida del fallecido Yusuf I. Muhammad tuvo suerte de encontrarse camino del Generalife cuando estalló la conjura. Escapando a una muerte cierta, huyó a Fez, donde fue acogido por el nuevo emir meriní. Allí estableció una alianza con el rey castellano Pedro I con el objetivo de volver a Granada para recuperar el poder de manos de Muhammad el Bermejo, que entre tanto había hecho asesinar a su cuñado Ismail.


Pedro I sometió a una fuerte presión militar al reino nazarí. Buscando llegar a un acuerdo, el Bermejo se presentó con parte del tesoro nazarí ante el monarca castellano, pero éste acabó apresándolo, humillándolo en público y dándole muerte personalmente. Gracias a ello, Muhammad pudo recuperar el trono de Granada en 1362. A partir de entonces, el emir, con la colaboración esencial de su ministro Ibn al-Jatib, se dedicó a consolidar su poder. Mientras vencía en el interior la oposición de algunos magnates.


Su principal sostén, Pedro I, se vio pronto envuelto en una nueva guerra frente a su propio hermanastro, Enrique de Trastámara, en la que acabaría encontrando la muerte, y Muhammad supo sacar partido de esta situación. Las fuentes árabes exaltan la actuación militar del emir, combatiendo al frente de sus hombres, saqueando y recuperando diversas plazas fronterizas, al tiempo que tejía un delicado equilibrio diplomático con Castilla, Aragón, Portugal y los meriníes.


Finalmente el emir nazarí consiguió firmar una tregua con el rey castellano vencedor, Enrique, que le permitió asegurar el trono y garantizar la supervivencia del reino nazarí e incluso llevarlo a su máximo apogeo.


Quien no gozó durante mucho tiempo del esplendor recobrado de la corte nazarí fue Ibn al-Jatib. Tras la firma de la paz con Castilla, una sucesión de acontecimientos, aún poco claros, desembocó en su caída en desgracia. Envuelto en intrigas palaciegas, el cronista cayó víctima de sus enemigos en la corte y de desavenencias con el emir. El golpe de gracia fue la traición de su propio discípulo, el poeta Ibn Zamrak. Éste se lo debía todo a su maestro, pero no tuvo reparos en presentarse en Fez, donde Ibn al-Jatib se había autoexiliado. Allí, a instancias de Muhammad V, fue condenado por traición y herejía, y al final el emir nazarí logró que fuese estrangulado en su celda.


Una parte esencial de la política de Muhammad para consolidarse en el trono fueron las obras que emprendió en la Alhambra para convertir el palacio nazarí en escenario de su poder. Ibn al-Jatib le reprochó al emir en un poema este afán constructor: «Y tú, Muley, no me haces caso, por andar bajo andamios y maromas, entre sacos de estuco y de ladrillos y carretas que traen lajas de piedra». Muhammad persistió en su empeño y dejó su sello en algunos de los espacios más valiosos (desde un punto de vista artístico) de la fortaleza nazarí, como el Palacio de los Leones –incluyendo su famoso patio con la fuente y los doce leones–, y las salas de los Abencerrajes, de los Reyes y de las Dos Hermanas.


El palacio de la Alhambra así ampliado por Muhammad V presenta características originales dentro de la arquitectura andalusí, que incorporan toda suerte de motivos naturalistas y geométricos, así como elementos epigráficos que reproducen poemas de Ibn Zamrak. El emir tendría su residencia en la parte oriental del Palacio de Comares, en una habitación selecta, bien orientada a poniente, con un acceso y vista privilegiados al Patio de los Leones, y provista también de un retrete. En un nivel inferior estaban dispuestos unos baños que posiblemente alimentarían un sistema de calefacción que atemperase los rigores del inverno granadino.


La parte administrativa y judicial del palacio se localiza cerca de esa zona, en torno al Patio de Machuca y del Mexuar. Al parecer allí se encontraba un horologio, una especie de máquina o dispositivo que permitía medir el paso del tiempo, descrito por Ibn al-Jatib. Este ministro e historiador también se hace eco de la fiesta del mawlid o del nacimiento de Mahoma celebrada en el año 1362, que tuvo lugar precisamente en el Mexuar.


El Palacio de los Leones es el corazón de la Alhambra y el gran proyecto del emir Muhammad V. La Sala de los Reyes, con sus magníficas pinturas, habría sido la biblioteca del palacio, y la Sala de los Abencerrajes, el oratorio.


La Sala de las Dos Hermanas sería quizás una estancia con diversos usos: en su parte inferior, sabios y literatos como Ibn al-Jatib o Ibn Zamrak tendrían tiempo y espacio suficientes para trabajar y debatir, mientras que la parte superior, es decir, la Sala de los Ajimeces y el Mirador de Lindaraja, quedaba reservada para el emir, como atestiguan las inscripciones.


Sin embargo, el reino nazarí, que tanto le había costado recuperar y asegurar, acabaría siendo conquistado. Su hijo y sucesor, Yusuf II, tras apenas un año de reinado, murió envenenado, seguramente a instancias de su propio nieto. Cien años después, Muhammad XII, conocido por los cristianos como Boabdil, entregaría el reino a los Reyes Católicos y marcharía al exilio.

LA RUTA DE LA SEDA: ENTRE EL PROGRESO Y EL PELIGRO

 📜 LA RUTA DE LA SEDA: ENTRE EL PROGRESO Y EL PELIGRO


Pros y contras de la mayor red comercial de la Antigüedad

Durante más de mil años, la Ruta de la Seda fue la columna vertebral del comercio entre Oriente y Occidente. No era un solo camino, sino una compleja red de rutas terrestres y marítimas que unían China con el Mediterráneo. Su impacto fue enorme… pero también tuvo un alto costo.


🟢 LOS PROS DE LA RUTA DE LA SEDA

🌍 Conectó civilizaciones

Por primera vez en la historia, culturas separadas por miles de kilómetros entraron en contacto directo. Chinos, persas, árabes, indios, bizantinos y europeos intercambiaron bienes, ideas y conocimientos.

💰 Impulsó el comercio internacional

Permitió el intercambio de productos de gran valor como:

Seda

Especias

Porcelana

Oro y piedras preciosas

Este comercio enriqueció ciudades y dio origen a importantes centros económicos como Samarcanda o Bagdad.

📚 Difusión cultural y religiosa

A través de la Ruta de la Seda se propagaron:

El budismo hacia China

El islam por Asia Central

El cristianismo oriental

También circularon lenguas, tradiciones y expresiones artísticas.

🧠 Transferencia de tecnología

Occidente accedió a inventos revolucionarios de Oriente:

El papel

La pólvora

La brújula

Técnicas de impresión

Estos avances transformaron la historia europea.


🔴 LOS CONTRAS DE LA RUTA DE LA SEDA

⚔️ Viajes extremadamente peligrosos

Las caravanas estaban expuestas a:

Bandidos y saqueadores

Guerras e invasiones

Falta de protección en zonas sin autoridad

Muchos comerciantes nunca regresaban.

🌪️ Condiciones naturales extremas

La ruta cruzaba:

Desiertos mortales como el Gobi y el Taklamakán

Montañas inhóspitas como el Pamir

Regiones con escasez de agua y climas extremos

El viaje podía costar la vida.

💸 Comercio costoso y elitista

Impuestos, peajes, escoltas y animales de carga elevaban los precios. Solo los productos de lujo eran rentables, quedando fuera del alcance de la mayoría de la población.

☠️ Propagación de enfermedades

La Ruta de la Seda fue un canal de difusión de epidemias. La más devastadora fue la Peste Negra, que en el siglo XIV arrasó con millones de vidas en Europa y Asia.

🐌 Lenta y vulnerable

El transporte era lento y dependía de la estabilidad política. Cuando los imperios caían o entraban en guerra, el comercio se interrumpía durante años.


📌 CONCLUSIÓN

La Ruta de la Seda fue un símbolo de progreso y conexión, pero también de riesgo, desigualdad y sufrimiento. Gracias a ella el mundo se hizo más pequeño, aunque a un costo enorme.

Fue la primera gran experiencia de globalización… con luces y sombras.

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii cooooioññoooooi!!! 3 puntitos más





Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii cooooioññoooooi!!!
3 puntitos más pabla saca y que buenas sensaciones dio Pedro la,cada vez q le llegaba el balón se le veía un toque diferente,de otra categoría,espero no se lesione pk puede ayudar mucho,jese otro golito y buenos desmarques,amatucci es lo mejor q ha pasado por aquí en años,una especie de makelele italiano,el q veo un poco sin ideas es a viera,desahoga bien el juego pero ya no se gira como antaño y no arriesga nada,es verdad q controla bien los tiempos del partido pero si se girara más vería pases en desmarques ,este partido debió estar sentenciado en la 1era parte la 2a,otra vez bajamos el ritmo y tuvimos suerte en 2 ocasiones dellos q no entraron de milagro,aunque es verdad q ale tuvo 1 al final q no se falla,bueno lo importante es q seguimos arriba a 1 punto del Racing y cogemos distancia con el séptimo también,vamos las palmas a seguirrrrr asi


 Para mí los 2 grandes aciertos de Luis García han sido:

1) Construir el equipo a base de una defensa agresiva, seria y contundente en la que hasta los extremos se solidarizan y defienden. Eso nos ha dado muchos puntos y creo que es la mejor defensa del equipo en muchísimos años. Ahí están los datos.
2) Recuperar para la causa a jugadores como Clemente, Fuster, Jesé, Viera...y promocionar a chavales como Ale García. Eso junto con los magníficos fichajes (Amatucci, Barcia, un poco Lukovic y ahora los nuevos) hacen que tengamos una de las plantillas mejores de 2ª.
Es un entrenador que sabe gestionar muy bien el equipo: las rotaciones, los cambios, etc y eso se nota en el espíritu, la fe de los jugadores, el ambiente y sobre todo en los resultados.


Partido muy sufrido al final pero salimos muy reforzados. Me gustó mucho la primera parte en la que, salvo Pejiño, estuvieron todos muy entonados.

Jesé parece haber recuperado confianza y se mata trabajando. El resto son también muy solidarios. Magnífico estreno de Pedrola (un acertadísimo fichaje que nos va a dar muchas alegrías y si no alt tiempo) y un Ale García al que le queda tiempo para coger el ritmo.

Estamos a un punto del Racing y tenemos un partido muy complicado la semana que viene. Si ganamos, y no me queda duda, meteremos mucha presión al Racing y a los que nos siguen.

Arriba d´ellos.

Poseía casi el 9% de Hawái. Podía hablar inglés, pero se negó. Vivía en una casa de hierba por elección. Y se aseguró de que su pueblo jamás pudiera ser borrado.

 Poseía casi el 9% de Hawái. Podía hablar inglés, pero se negó. Vivía en una casa de hierba por elección. Y se aseguró de que su pueblo jamás pudiera ser borrado.



Se llamaba la princesa Ruth Keʻelikōlani. Y pasó toda su vida demostrando que se puede tener poder en dos mundos sin abandonar el primero.


Nacida en 1826, Ruth descendía de las más altas líneas de sangre real hawaiana por ambos lados. Era aliʻi —nobleza— de una forma que imponía respeto antes de pronunciar una sola palabra.


Creció viendo cómo su mundo se desvanecía.


Cuando Ruth era niña, la influencia de los misioneros cristianos y de las élites occidentales ya empujaba con fuerza: querían “salvar” almas cambiando costumbres. Se atacaron prácticas tradicionales, se intentó frenar el hula, se condenó la religión ancestral y se presionó para que la gente vistiera y viviera según modelos de Estados Unidos y Europa.


El sistema kapu, el orden religioso y social que había regido la vida hawaiana, había sido abolido oficialmente en 1819, antes de que Ruth naciera. Para cuando llegó a la adultez, gran parte de la familia real hawaiana se había convertido al cristianismo.


Gran parte. No Ruth.


Ella siguió practicando la religión antigua. Honró a las deidades tradicionales. Realizó rituales que muchos ya habían declarado “prohibidos”. Y lo hizo de manera tan abierta que todo el mundo lo sabía… pero era demasiado poderosa para que alguien la detuviera.


Porque Ruth no era solo realeza. Fue nombrada gobernadora real de la isla de Hawái, uno de los cargos políticos más poderosos del reino.


Y tenía una regla que sacaba de quicio a los occidentales.


No hablaría inglés. Ni en público. Ni en privado. Nunca.


Entendía el inglés perfectamente. Podía leerlo y seguir discusiones políticas complejas en ese idioma. Pero se negó a hablarlo.


Si querías hablar con la princesa Ruth, hablabas hawaiano. Si no hablabas hawaiano, traías un traductor. No le importaba si eras misionero, empresario, diplomático o realeza de otro país.


Hawaiano, o nada.


Imagínate la audacia. Era la segunda mitad del siglo XIX. Empresarios estadounidenses y europeos iban ganando control sobre la economía, y el inglés se imponía cada vez más en los espacios de poder.


Y ahí estaba la princesa Ruth, una de las mujeres más poderosas de las islas, sentada en su casa de hierba, obligando a los angloparlantes a buscar traductores si querían una audiencia con ella.


Porque sí: Ruth tenía una hermosa casa al estilo occidental. Tenía riqueza suficiente para vivir como quisiera.


Eligió vivir en una casa tradicional hawaiana de hierba. Un hale pili. El tipo de hogar en el que habían vivido sus ancestros durante generaciones.


No como pieza de museo. Como su casa de verdad.


Dormía allí. Recibía allí. Atendía asuntos allí. Y lo dejaba claro: puedo pagar su mundo. Elijo el mío.


Para la década de 1870, Ruth se había convertido en una de las mayores propietarias privadas de tierras en Hawái. Controlaba más de 350.000 acres, cerca del nueve por ciento del archipiélago.


Casi el nueve por ciento. De una nación entera.


Tenía un poder que la mayoría no puede ni imaginar. Podría haber usado ese poder para asimilarse, para lucrar, para alinearse con quienes avanzaban sobre el reino.


Lo usó para seguir siendo hawaiana.


Pero Ruth no era ingenua. Sabía lo que venía. Veía cómo los intereses empresariales apretaban el cerco. Veía a la monarquía debilitándose. Entendía que, en una generación, el reino podría dejar de existir.


Así que tomó una decisión que resonaría durante los siguientes ciento cincuenta años.


Cuando Ruth murió en 1883, dejó la mayor parte de su patrimonio —tierra, influencia y riqueza— a su prima, la princesa Bernice Pauahi Bishop.


Bernice usó esa herencia para crear un fideicomiso. Y de ese fideicomiso nacieron las Kamehameha Schools: instituciones educativas pensadas para beneficiar a niños y jóvenes nativos hawaianos, sostenidas por tierras y recursos heredados.


Hoy, Kamehameha Schools está entre las instituciones educativas privadas con mayor patrimonio en Estados Unidos y atiende a miles de estudiantes. Existe porque Ruth Keʻelikōlani se negó a venderse, se negó a asimilarse y se negó a permitir que su tierra se repartiera sin entender lo que significaba.


Piensa en lo que hizo Ruth. Vivió la erosión sistemática de su cultura. Vio prácticas cuestionadas, su lengua desplazada en espacios de poder, su pueblo golpeado por enfermedades traídas de fuera, y su reino negociado pedazo a pedazo.


Y respondió viviendo más fuerte.


Habló hawaiano cuando le decían “habla inglés”.


Vivió en una casa de hierba cuando le decían “vive como occidente”.


Mantuvo la religión antigua cuando le decían “conviértete”.


Gobernó con autoridad tradicional cuando le decían “moderniza”.


No estaba actuando nostalgia. Estaba practicando resistencia.


Cada vez que un empresario occidental tenía que conseguir un traductor para hablar con ella, eso era resistencia.


Cada vez que salía de una casa al estilo occidental para dormir en su hale pili, eso era resistencia.


Cada vez que se negaba a explicarse en inglés, eso era resistencia.


Usó su poder no para ganar más poder dentro del sistema occidental, sino para crear espacio donde la cultura hawaiana pudiera seguir existiendo cuando muchos insistían en que debía desaparecer.


Y luego dejó una parte enorme de la tierra para que los niños hawaianos tuvieran educación, oportunidades y vínculo con su cultura mucho después de su partida.


La princesa Ruth murió en 1883, diez años antes del derrocamiento de la monarquía hawaiana en 1893.


No vivió para ver el final del reino. Pero vivió lo suficiente para crear algo que lo sobreviviera.


Hoy, más de 140 años después, Kamehameha Schools sigue funcionando sobre la base que ella ayudó a sostener. Miles de estudiantes nativos hawaianos han sido educados allí. Programas de lengua y cultura hawaiana prosperan allí. La tierra que ella se negó a soltar sigue sirviendo a la gente por la que luchó.


La mayoría de estadounidenses nunca ha oído hablar de la princesa Ruth Keʻelikōlani.


Pero cada estudiante hawaiano que cruza las puertas de Kamehameha Schools pisa tierra que ella protegió. Y cada persona que habla hawaiano en público se apoya, en parte, en el espacio que ella abrió cuando hablar hawaiano era un acto de desafío.


Poseía casi el nueve por ciento de Hawái. Podría haberlo vendido, haberse enriquecido, haber asegurado su lugar en el mundo occidental.


Lo entregó para proteger a niños hawaianos que todavía no habían nacido.


Eso no es solo generosidad. Es visión.


Entendió que se combate la colonización no solo con armas o política, sino negándose a convertirse en lo que quieren que seas.


Ruth vivía en una casa de hierba porque las casas de hierba eran hawaianas, y ella era hawaiana, y ninguna riqueza occidental iba a cambiar eso.


Habló hawaiano porque el hawaiano era la lengua de sus ancestros, y dejarla morir era dejar que ellos desaparecieran.


Honró la religión antigua porque esas deidades habían acompañado a su pueblo durante siglos antes de que llegaran los misioneros.


Y dejó su tierra a los niños hawaianos porque sabía que la tierra es identidad, que la educación es supervivencia, y que la única forma de ganar es lograr que tus hijos recuerden quiénes son.


La princesa Ruth Keʻelikōlani murió en 1883.


Pero todavía está ganando.


Porque cada vez que un estudiante hawaiano se gradúa de Kamehameha Schools, cada vez que alguien habla hawaiano en público, cada vez que los nativos hawaianos recuperan su cultura… ese es el legado de Ruth.


Se negó a desaparecer. Y luego se aseguró de que su pueblo jamás pudiera desaparecer.


Fuente: Kamehameha Schools ("Honoring Princess Ruth Keʻelikōlani on the day of her birth", 9 de febrero de 2017)

Cuando unos 700 niños estuvieron a punto de morir en el mar y todo el mundo dijo “no”, un hombre —que tenía motivos para guardar silencio— dijo “sí”.

 Cuando unos 700 niños estuvieron a punto de morir en el mar y todo el mundo dijo “no”, un hombre —que tenía motivos para guardar silencio— dijo “sí”.



El año era 1942.


Un transporte de refugiados quedó varado en el mar Arábigo, como un ataúd a la deriva.


A bordo viajaban cientos de niños polacos. Huérfanos. Sobrevivientes de los campos de trabajo soviéticos, donde muchos de sus padres habían muerto de gripe o de hambre. Habían logrado salir por Irán, pero les esperaba otra condena.


Nadie quería recibirlos.


Las autoridades coloniales británicas —la potencia dominante de la época— les bloquearon el desembarco en más de un puerto de la India.


“No es nuestra responsabilidad. Sigan de largo”.


Casi sin comida. Sin medicinas. El tiempo se agotaba.


Una niña de doce años apretaba la mano de su hermanito de seis. Le había prometido a su madre, moribunda, que lo cuidaría. ¿Pero cómo se protege a alguien cuando el mundo entero le da la espalda?


Y entonces la noticia llegó a un pequeño palacio de Guyarat.


El gobernante era el Jam Sahib Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja, maharajá de Nawanagar. En el sistema real, era un príncipe menor. Los británicos controlaban puertos, comercio y ejército. Tenía razones de sobra para obedecer y callar.


Cuando sus asesores le contaron que cientos de niños estaban atrapados tras ser rechazados, él hizo una sola pregunta:


“¿Cuántos niños son?”


“Unos setecientos, Majestad”.


Se detuvo y, con calma, dijo:


“Los británicos podrán controlar muchas cosas. Pero no controlan mi conciencia. Esos niños serán recibidos en Nawanagar”.


Los asesores le advirtieron:


“Si desafía a los británicos—”


“Entonces que así sea”.


Envió un mensaje: son bienvenidos aquí.


Cuando los funcionarios británicos protestaron, el maharajá se mantuvo firme.


“Si los fuertes se niegan a salvar a los niños”, dijo.


“Yo, el débil, haré lo que ustedes no hacen”.


A mediados de 1942, los niños por fin llegaron a la zona de Jamnagar, bajo un sol implacable.


Caminaban como sombras: agotados, con la mirada vacía, muchos demasiado débiles para sostenerse. Habían aprendido a desconfiar de la esperanza. La esperanza también podía ser peligrosa.


El maharajá los esperaba.


Vestido de blanco, se arrodilló para quedar a su altura. Con ayuda de intérpretes, dijo palabras que no escuchaban desde que sus padres murieron:


“Ya no son huérfanos.


Ahora son mis hijos.


Yo soy su Bapu —su padre”.


La niña sintió el apretón de la mano de su hermanito. Tras meses de rechazo, esas palabras parecían irreales.


Pero hablaba en serio.


No levantó un campamento cualquiera.


Levantó un hogar.


En Balachadi creó algo increíble: una pequeña Polonia en la India. Maestros polacos que entendían el trauma. Comida polaca sazonada con memoria. Canciones polacas en un jardín indio. Un árbol de Navidad bajo un cielo tropical.


“El sufrimiento intenta borrarte”, decía. “Pero tu lengua, tu cultura y tus tradiciones son sagradas. Vamos a cuidarlas aquí”.


Niños a quienes les habían dicho que no tenían lugar en el mundo por fin encontraron uno.


Volvieron a reír. Volvieron a jugar. Volvieron a la escuela. La niña vio a su hermano correr detrás de un pavo real en el jardín, y su cuerpo recordó lo que era sentirse a salvo.


El maharajá los visitaba a menudo. Recordaba nombres. Celebraba cumpleaños. Asistía a obras escolares. Consolaba a quienes lloraban por padres que no volverían. Pagó médicos, maestros, ropa y comida con su propio dinero.


Durante años, mientras el mundo se desgarraba por la guerra, esos niños vivieron no como una carga, sino como una familia.


Cuando la guerra terminó y llegó el momento de partir, muchos lloraron. Balachadi se había convertido en el único hogar que de verdad habían conocido.


Esos niños crecieron y se repartieron por el mundo: médicos, maestros, ingenieros, madres, padres, abuelos. Y no olvidaron.


En Varsovia existe la Plaza del Buen Maharajá. Escuelas llevan su nombre. Recibió una de las más altas distinciones de Polonia.


Pero el primer monumento no fue de piedra.


Fue el refugio que les dio a cientos de vidas.


Hoy, ya octogenarios, todavía se reúnen. Y les cuentan a sus nietos la historia de un rey indio que se negó a convertir la compasión en cálculo político.


En 1942, cuando tantos cerraron sus puertas, un hombre —sin obligación y con razones de sobra para callar— miró el dolor y dijo:


“Ahora son mis hijos”.


Y el mundo cambió, en silencio, para siempre.


Fuente: Instituto de la Memoria Nacional de Polonia ("Balachadi", sin fecha)

Poseía casi el 9% de Hawái. Podía hablar inglés, pero se negó. Vivía en una casa de hierba por elección. Y se aseguró de que su pueblo jamás pudiera ser borrado.

 Poseía casi el 9% de Hawái. Podía hablar inglés, pero se negó. Vivía en una casa de hierba por elección. Y se aseguró de que su pueblo jamás pudiera ser borrado.



Se llamaba la princesa Ruth Keʻelikōlani. Y pasó toda su vida demostrando que se puede tener poder en dos mundos sin abandonar el primero.


Nacida en 1826, Ruth descendía de las más altas líneas de sangre real hawaiana por ambos lados. Era aliʻi —nobleza— de una forma que imponía respeto antes de pronunciar una sola palabra.


Creció viendo cómo su mundo se desvanecía.


Cuando Ruth era niña, la influencia de los misioneros cristianos y de las élites occidentales ya empujaba con fuerza: querían “salvar” almas cambiando costumbres. Se atacaron prácticas tradicionales, se intentó frenar el hula, se condenó la religión ancestral y se presionó para que la gente vistiera y viviera según modelos de Estados Unidos y Europa.


El sistema kapu, el orden religioso y social que había regido la vida hawaiana, había sido abolido oficialmente en 1819, antes de que Ruth naciera. Para cuando llegó a la adultez, gran parte de la familia real hawaiana se había convertido al cristianismo.


Gran parte. No Ruth.


Ella siguió practicando la religión antigua. Honró a las deidades tradicionales. Realizó rituales que muchos ya habían declarado “prohibidos”. Y lo hizo de manera tan abierta que todo el mundo lo sabía… pero era demasiado poderosa para que alguien la detuviera.


Porque Ruth no era solo realeza. Fue nombrada gobernadora real de la isla de Hawái, uno de los cargos políticos más poderosos del reino.


Y tenía una regla que sacaba de quicio a los occidentales.


No hablaría inglés. Ni en público. Ni en privado. Nunca.


Entendía el inglés perfectamente. Podía leerlo y seguir discusiones políticas complejas en ese idioma. Pero se negó a hablarlo.


Si querías hablar con la princesa Ruth, hablabas hawaiano. Si no hablabas hawaiano, traías un traductor. No le importaba si eras misionero, empresario, diplomático o realeza de otro país.


Hawaiano, o nada.


Imagínate la audacia. Era la segunda mitad del siglo XIX. Empresarios estadounidenses y europeos iban ganando control sobre la economía, y el inglés se imponía cada vez más en los espacios de poder.


Y ahí estaba la princesa Ruth, una de las mujeres más poderosas de las islas, sentada en su casa de hierba, obligando a los angloparlantes a buscar traductores si querían una audiencia con ella.


Porque sí: Ruth tenía una hermosa casa al estilo occidental. Tenía riqueza suficiente para vivir como quisiera.


Eligió vivir en una casa tradicional hawaiana de hierba. Un hale pili. El tipo de hogar en el que habían vivido sus ancestros durante generaciones.


No como pieza de museo. Como su casa de verdad.


Dormía allí. Recibía allí. Atendía asuntos allí. Y lo dejaba claro: puedo pagar su mundo. Elijo el mío.


Para la década de 1870, Ruth se había convertido en una de las mayores propietarias privadas de tierras en Hawái. Controlaba más de 350.000 acres, cerca del nueve por ciento del archipiélago.


Casi el nueve por ciento. De una nación entera.


Tenía un poder que la mayoría no puede ni imaginar. Podría haber usado ese poder para asimilarse, para lucrar, para alinearse con quienes avanzaban sobre el reino.


Lo usó para seguir siendo hawaiana.


Pero Ruth no era ingenua. Sabía lo que venía. Veía cómo los intereses empresariales apretaban el cerco. Veía a la monarquía debilitándose. Entendía que, en una generación, el reino podría dejar de existir.


Así que tomó una decisión que resonaría durante los siguientes ciento cincuenta años.


Cuando Ruth murió en 1883, dejó la mayor parte de su patrimonio —tierra, influencia y riqueza— a su prima, la princesa Bernice Pauahi Bishop.


Bernice usó esa herencia para crear un fideicomiso. Y de ese fideicomiso nacieron las Kamehameha Schools: instituciones educativas pensadas para beneficiar a niños y jóvenes nativos hawaianos, sostenidas por tierras y recursos heredados.


Hoy, Kamehameha Schools está entre las instituciones educativas privadas con mayor patrimonio en Estados Unidos y atiende a miles de estudiantes. Existe porque Ruth Keʻelikōlani se negó a venderse, se negó a asimilarse y se negó a permitir que su tierra se repartiera sin entender lo que significaba.


Piensa en lo que hizo Ruth. Vivió la erosión sistemática de su cultura. Vio prácticas cuestionadas, su lengua desplazada en espacios de poder, su pueblo golpeado por enfermedades traídas de fuera, y su reino negociado pedazo a pedazo.


Y respondió viviendo más fuerte.


Habló hawaiano cuando le decían “habla inglés”.


Vivió en una casa de hierba cuando le decían “vive como occidente”.


Mantuvo la religión antigua cuando le decían “conviértete”.


Gobernó con autoridad tradicional cuando le decían “moderniza”.


No estaba actuando nostalgia. Estaba practicando resistencia.


Cada vez que un empresario occidental tenía que conseguir un traductor para hablar con ella, eso era resistencia.


Cada vez que salía de una casa al estilo occidental para dormir en su hale pili, eso era resistencia.


Cada vez que se negaba a explicarse en inglés, eso era resistencia.


Usó su poder no para ganar más poder dentro del sistema occidental, sino para crear espacio donde la cultura hawaiana pudiera seguir existiendo cuando muchos insistían en que debía desaparecer.


Y luego dejó una parte enorme de la tierra para que los niños hawaianos tuvieran educación, oportunidades y vínculo con su cultura mucho después de su partida.


La princesa Ruth murió en 1883, diez años antes del derrocamiento de la monarquía hawaiana en 1893.


No vivió para ver el final del reino. Pero vivió lo suficiente para crear algo que lo sobreviviera.


Hoy, más de 140 años después, Kamehameha Schools sigue funcionando sobre la base que ella ayudó a sostener. Miles de estudiantes nativos hawaianos han sido educados allí. Programas de lengua y cultura hawaiana prosperan allí. La tierra que ella se negó a soltar sigue sirviendo a la gente por la que luchó.


La mayoría de estadounidenses nunca ha oído hablar de la princesa Ruth Keʻelikōlani.


Pero cada estudiante hawaiano que cruza las puertas de Kamehameha Schools pisa tierra que ella protegió. Y cada persona que habla hawaiano en público se apoya, en parte, en el espacio que ella abrió cuando hablar hawaiano era un acto de desafío.


Poseía casi el nueve por ciento de Hawái. Podría haberlo vendido, haberse enriquecido, haber asegurado su lugar en el mundo occidental.


Lo entregó para proteger a niños hawaianos que todavía no habían nacido.


Eso no es solo generosidad. Es visión.


Entendió que se combate la colonización no solo con armas o política, sino negándose a convertirse en lo que quieren que seas.


Ruth vivía en una casa de hierba porque las casas de hierba eran hawaianas, y ella era hawaiana, y ninguna riqueza occidental iba a cambiar eso.


Habló hawaiano porque el hawaiano era la lengua de sus ancestros, y dejarla morir era dejar que ellos desaparecieran.


Honró la religión antigua porque esas deidades habían acompañado a su pueblo durante siglos antes de que llegaran los misioneros.


Y dejó su tierra a los niños hawaianos porque sabía que la tierra es identidad, que la educación es supervivencia, y que la única forma de ganar es lograr que tus hijos recuerden quiénes son.


La princesa Ruth Keʻelikōlani murió en 1883.


Pero todavía está ganando.


Porque cada vez que un estudiante hawaiano se gradúa de Kamehameha Schools, cada vez que alguien habla hawaiano en público, cada vez que los nativos hawaianos recuperan su cultura… ese es el legado de Ruth.


Se negó a desaparecer. Y luego se aseguró de que su pueblo jamás pudiera desaparecer.


Fuente: Kamehameha Schools ("Honoring Princess Ruth Keʻelikōlani on the day of her birth", 9 de febrero de 2017)

Juana Azurduy

 JUANA AZURDUY, HEROÍNA DEL ALTO PERÚ



Por Revisionismo Historico Argentino 


EN LA IMEGEN: Juan Carlos Leon Mercedes Sosa actuando de Juana Azurduy en la película argentina de 1971 "Güemes, la tierra en armas"


La historia de Juana Azurduy de Padilla no puede contarse sin comprender la intensidad de la lucha por la independencia en el territorio del Alto Perú. Nacida en una familia mestiza y empobrecida, Juana mostró desde joven un coraje excepcional que la llevó a enfrentar invasores, organizar guerrillas y convertirse en un símbolo de resistencia popular.


LA VOCACIÓN DE LA LIBERTAD


Juana entendió temprano que la libertad de su tierra no se conseguiría con palabras, sino con acción y sacrificio. Su padre la educó en la defensa del honor y la justicia, y ella supo llevar esos principios al campo de batalla. Como ella misma declararía en una de sus cartas: “Mi espada está al servicio de mi patria, aunque mi vida se consuma en la lucha.”


GUERRERA DEL PUEBLO


Al estallar la guerra de independencia, Juana se unió a las fuerzas patriotas bajo el mando de Belgrano y luego de Güemes, participando en campañas decisivas en Salta, Jujuy y Tarija. Organizó milicias de indígenas y campesinos, entrenando mujeres y hombres para la guerra de guerrillas que frenaría los avances realistas. Su estrategia no era solo militar, sino también social: impulsaba la unión entre criollos, mestizos e indígenas para sostener la causa de la libertad.


Belgrano, reconociendo su valor, dijo:


> “Su valor y patriotismo merecen el mayor reconocimiento; las mujeres como ella son la esperanza de la libertad.”


Güemes, por su parte, destacó:


> “Sin el coraje de estas mujeres y los gauchos, la independencia hubiera sido imposible.”


LA LUCHA EN EL ALTO PERÚ


El Alto Perú era un territorio atravesado por conflictos internos y saqueos constantes. Juana no solo combatía a los ejércitos realistas, sino también defendía a los pueblos indígenas de la explotación y la opresión. Su liderazgo consolidó la resistencia en lugares donde las fuerzas patriotas regulares no podían sostenerse, y permitió que la causa de la independencia permaneciera viva durante años.


San Martín, observando la situación, afirmó:


> “El corazón de América late en estos pueblos que luchan sin cesar; debemos respetar y apoyar su resistencia.”


LAS BATALLAS Y ESTRATEGIAS DE JUANA AZURDUY


Desde el inicio de la guerra por la independencia del Alto Perú, Juana Azurduy se destacó como líder insustituible en la lucha contra los ejércitos realistas. Su nombre se convirtió en símbolo de valor, astucia y compromiso con la libertad. Junto a su esposo Manuel Ascencio Padilla, organizó guerrillas que combinaban tácticas de guerrilla, emboscadas y ataque sorpresa, enfrentando contingentes enemigos muchas veces superiores en número y equipamiento.


LAS PRIMERAS ESCARAMUZAS


Las primeras acciones significativas se dieron en Tarvita y Pomabamba, donde Juana y Padilla, apoyados por milicianos locales, infligieron severas pérdidas a destacamentos españoles. Con pocas armas y mucho ingenio, lograron dividir a los enemigos y proteger a las poblaciones civiles de represalias. Su táctica de movilidad y sorpresa fue replicada en posteriores campañas, convirtiéndose en marca registrada de sus operaciones.


Tras las derrotas patriotas en Vilcapugio y Ayohuma, Juana no se rindió. Junto a un reducido grupo de combatientes, reorganizó las fuerzas en la región de las “Republiquetas” del nordeste boliviano, donde el apoyo de la población indígena y criolla se convirtió en clave para sostener la resistencia.


CARACTERÍSTICAS DE SU GUERRA


Juana Azurduy combinaba la estrategia militar con la protección social. Sus tropas estaban compuestas principalmente por gauchos, campesinos e indígenas, y ella se aseguraba de que sus necesidades básicas fueran atendidas. Era habitual verla en los combates montada a caballo, con la espada en mano, alentando a sus soldados mientras organizaba emboscadas y retiradas estratégicas que confundían al enemigo.


BATALLAS DECISIVAS


Entre las batallas más destacadas de Juana Azurduy se encuentran:


El Villar, donde con apenas treinta fusileros criollos y doscientos indígenas, derrotó a un contingente español mucho más numeroso. Por esta acción, Belgrano la ascendió a Teniente Coronel y le entregó su sable como reconocimiento a su valor: “Que este sable sirva para que sigas defendiendo la patria con el mismo coraje con que lo haces”.


Pitantora y Carretas, donde embarazada lideró la defensa y, en el caso de Carretas, dio a luz a su hija Luisa mientras coordinaba a sus tropas. Su entrega y fortaleza física y moral impresionaron a todos los que la acompañaban.


Ayohuma y Vilcapugio, aunque fueron derrotas, sirvieron para mostrar la capacidad de organización y resistencia de sus fuerzas, que lograron retirarse sin desintegrarse, un logro que no todos los ejércitos patriotas pudieron lograr.


Maimará y Humahuaca, donde colaboró con fuerzas de Güemes, manteniendo abiertas rutas de comunicación y abastecimiento entre Salta y las provincias del norte, evitando el control total de los realistas sobre la región. Güemes la elogió diciendo: “Juana Azurduy no solo pelea con la fuerza de cien hombres, sino con el corazón de todo un pueblo”.


La Laguna y El Villar, en las que tras la muerte de Padilla, Juana recuperó la cabeza de su esposo de la picota y reorganizó la resistencia, demostrando que su liderazgo trascendía lo estrictamente militar.


ESTRATEGIA Y RESISTENCIA


Juana Azurduy utilizó la guerra de guerrillas como recurso principal, combinando:


Emboscadas nocturnas


Cruces de ríos y pantanos para atacar y desaparecer


Ataques sorpresa a columnas realistas


Movilidad constante para proteger a la población y confundir al enemigo


Estas tácticas le permitieron sostener más de treinta enfrentamientos directos y escaramuzas, manteniendo siempre vivo el espíritu de independencia en la región del Alto Perú.


CARTAS Y RECLAMOS


Juana Azurduy no limitó su lucha al campo de batalla. Escribió numerosas cartas a las autoridades patriotas, solicitando apoyo y recursos para sus tropas, así como reconocimiento por los sacrificios realizados. En una de ellas, expresó:


> “He dado todo lo que tengo y lo que soy por la patria; pido justicia para quienes han combatido junto a mí.”


Su correspondencia refleja una mujer consciente de su importancia histórica y de la necesidad de que la revolución incluyera a todos los sectores de la sociedad, especialmente a los más olvidados.


MUJERES Y SOLDADOS ALIADOS


Juana no actuó sola. Militantes como María Loreto Sánchez de Peón y Anastasia Mamani participaron activamente en la logística y el combate. Los pueblos indígenas respondieron a su liderazgo, demostrando que la independencia era un proyecto colectivo y popular. Cada victoria en el norte del continente llevaba su sello y el de los que luchaban bajo su mando.


EL RECONOCIMIENTO DE LOS PRÓCERES (AMPLIADO)


Manuel Belgrano, impresionado por la valentía de Juana en combate y por su entrega a la causa, no solo la ascendió al rango de teniente coronel y le entregó su propio sable, sino que también la elogió públicamente y en comunicaciones oficiales al Director Supremo. Belgrano respaldó su nombramiento militar precisamente por su destacada participación en la batalla de El Villar y otras acciones guerrilleras, y la presentó como un ejemplo para otros patriotas. 


Además de los reconocimientos oficiales, Belgrano dedicó una pieza literaria a Juana, un poema histórico que celebraba su coraje y su rol como amazona de la libertad, reflejo de la estima personal y profunda que sentía por su aporte a la independencia americana. 


Martín Miguel de Güemes, con quien Juana luchó durante años en el norte argentino, también la valoró profundamente. En cartas y testimonios de la época se subraya la importancia de su habilidad para organizar milicias populares y sostener la moral de sus hombres en momentos críticos. Su experiencia al mando de tropas mixtas —indígenas, campesinos y gauchos— despertó entre los lugareños un respeto parecido al que tenía el propio Güemes, considerado el padre de los pobres por su cercanía con los sectores populares. 


José de San Martín, aunque no existe una carta directa entre él y Juana, dejó expresiones generales sobre la importancia de la participación de las mujeres y los pueblos del interior en la independencia. En el contexto de la revolución continental, afirmó que “las patriotas que se baten con valor son ejemplo de toda la nación”, reconociendo así que la emancipación no se libró únicamente en ejércitos regulares, sino con el apoyo de líderes como Juana, cuyas acciones sostenían frentes enteros del movimiento independentista. 


Además, Simón Bolívar, en un gesto de profundo reconocimiento, no solo homenajeó públicamente a Juana cuando regresó a Sucre tras la independencia de Bolivia, sino que se dijo que expresaría que la nueva república “no debería llamarse Bolivia sino Padilla o Azurduy”, subrayando la centralidad de su contribución a la libertad del Alto Perú. 


LEGADO Y RECONOCIMIENTO


Aunque olvidada durante décadas por la historia oficial, Juana Azurduy ha sido finalmente reivindicada. Su figura inspira la lucha por la igualdad, la justicia y la independencia en Argentina y Bolivia. Se erigieron estatuas, mausoleos y monedas en su honor, y su ejemplo continúa siendo referencia para movimientos de mujeres y de pueblos originarios.


Como ella misma proclamó:


> “Si mi vida sirve para que la libertad florezca, entonces no habré vivido en vano.”


La heroína no solo combatió, sino que enseñó, organizó y dio esperanza. Su ejemplo consolidó la presencia patriota en territorios estratégicos y evitó la dominación total de los realistas. Cada batalla, victoria o retirada fue también un acto de justicia social, defendiendo a indígenas, gauchos y campesinos. Su nombre se convirtió en símbolo de coraje, estrategia y entrega, y su historia sigue inspirando a generaciones que reconocen que la libertad se conquista con valor y convicción.


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