El día que el "Diablo" colgó la espada para buscar el perdón.
En el año 951, el Reino de León presenció el ocaso voluntario de su guerrero más temible. Ramiro II, conocido por los cronistas cristianos como "El Grande" y por los musulmanes con el aterrador apodo de "El Diablo", decidió que ya había derramado suficiente sangre. Este rey no era un monarca de palacio; era una máquina de guerra que había humillado al todopoderoso Califato de Córdoba en la legendaria Batalla de Simancas, frenando en seco la expansión islámica hacia el norte y eclipsando el sol del gran Abderramán III.
Sin embargo, el 4 de enero (fecha aproximada de su abdicación solemne antes de morir días después), el "Diablo" estaba viejo, enfermo y cansado de las intrigas nobiliarias. En una ceremonia que dejó atónita a la corte, Ramiro II se quitó la corona y las vestiduras reales para ponerse el hábito humilde de un monje. Abdicó el trono en favor de su hijo Ordoño III e ingresó en el monasterio de San Salvador de Palat del Rey.
Fue un acto de contrición monumental. El hombre que había hecho temblar las fronteras del Duero buscaba ahora la paz del claustro para preparar su alma ante el juicio final. Su retiro marcó el fin de una era dorada de expansión leonesa. Al dejar la espada, Ramiro II dejó también un reino que pronto caería en guerras civiles, demostrando que su "diabólica" fuerza era lo único que mantenía unidos a los cristianos. Murió apenas unos días después, como si su cuerpo solo hubiera estado esperando el permiso de su espíritu para descansar, habiendo cambiado el acero por la cruz en el último suspiro.
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