CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA
Por Revisionismo Historico Argentino
LA DERROTA QUE NO FUE SOLO MILITAR
Hace más de siglo y medio se vino abajo algo mucho más profundo que un gobierno o un ejército: se derrumbó el último intento serio de construir una PATRIA GRANDE, SOBERANA Y AUTÓNOMA en el sur del continente.
Ese proyecto no nació de una consigna romántica ni de una voluntad personal, sino de una realidad histórica concreta: el VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA, concebido como una unidad política, económica y estratégica destinada a defender Sudamérica de las potencias marítimas.
En Caseros no se perdió solo una batalla. Se quebró un destino continental.
El 3 de febrero de 1852 no marcó simplemente la caída de Juan Manuel de Rosas: marcó el triunfo definitivo del orden liberal dependiente, funcional al comercio británico y al expansionismo brasileño.
EL PROYECTO GEOPOLÍTICO DEL PLATA
La unidad rioplatense no fue un invento rosista. Venía de lejos. Desde Irala, Garay, Hernandarias, Trejo y Sanabria, se consolidó una concepción estratégica clara: el Plata debía ser un espacio integrado, con control del comercio, de los ríos y de la defensa territorial.
La creación del Virreinato en 1776 respondió a esa lógica. Y ese mismo principio —ya en clave criolla— sobrevivió en los caudillos federales y encontró en Rosas su última expresión orgánica. No es casual que José de San Martín, desde el exilio, escribiera en 1848, en plena agresión anglo-francesa:
> “Rosas es el único hombre que sabe resistir a la Europa, y el único que puede salvar la independencia americana.”
LA PATRIA QUE SE FUE ACHICANDO
Antes de Caseros, el territorio ya venía siendo descuartizado.
Paraguay quedó aislado tras la revolución del Dr. Francia, más por el abandono porteño y la presión externa que por voluntad popular.
El Alto Perú fue entregado de hecho por el Congreso rivadaviano de 1824, que bajo la fórmula de “disponer de su destino” habilitó su separación.
La amputación más brutal llegó en 1828, cuando Gran Bretaña impuso la creación del Estado Oriental como estado tapón entre Argentina y Brasil. Lord Ponsonby lo expresó sin eufemismos ante el Foreign Office: la independencia oriental era necesaria para servir a los intereses del comercio inglés.
Artigas lo había advertido en 1813 con claridad absoluta:
> “Ni por asomo la separación nacional.”
Lavalleja habló en 1825 a los “argentinos orientales”.
La Asamblea de la Florida exigió la reincorporación.
Pero Londres decidió otra cosa.
ORIBE, ARROYO GRANDE Y LA RESISTENCIA DEL PLATA
Pese a las amputaciones, la conciencia rioplatense persistió.
La resistencia se expresó con fuerza en Arroyo Grande, donde Manuel Oribe derrotó el proyecto balcanizador impulsado por Rivera y Berón de Astrada bajo el nombre engañoso de “Federación del Paraná”.
Ese plan respondía a la vieja estrategia británica de fragmentar para dominar. Rosas lo comprendía con claridad cuando advertía que la desunión era la verdadera derrota, porque hacía imposible cualquier política autónoma frente a los imperios.
EL VACÍO DE PODER Y LA OPORTUNIDAD IMPERIAL
Entre 1847 y 1848 Europa estaba sacudida por revoluciones. Francia, Inglaterra y Austria atravesaban crisis profundas. Ese vacío fue aprovechado por el Imperio del Brasil, que reactivó su vieja obsesión: la “ilusão do Prata”, la expansión hacia el sur.
Brasil no actuó solo. Londres financiaba, asesoraba y legitimaba.
La banca Rothschild aportó recursos.
Lord Palmerston consideró “legítima” la exigencia brasileña de la caída de Rosas.
Rosas era el último obstáculo serio al libre comercio irrestricto, a la navegación sin control de los ríos y a la fragmentación definitiva del espacio rioplatense.
URQUIZA Y EL PRONUNCIAMIENTO
En ese contexto apareció Justo José de Urquiza.
No fue un ingenuo ni un reformista: eligió el bando del dinero.
Aceptó subsidios, la libre navegación, la apertura al capital extranjero y el respaldo internacional. Encabezó el Pronunciamiento contra su propio país.
Mientras tanto, en el Estado Oriental se compraban jefes y se desactivaba a Oribe. En Buenos Aires, incluso en Santos Lugares, operó el soborno. Las banderas de “Constitución” y “Libertad” se pagaban en libras esterlinas.
CASEROS Y EL DESTINO SELLADO
Caxias, Urquiza y César Díaz cumplieron la orden.
La batalla fue breve, desigual y confusa.
Y Caseros selló un destino sin retorno.
Cayó el último poder fuerte del sur.
Brasil consolidó su hegemonía.
Se abrió el camino para la destrucción del Paraguay.
Se cerró el ciclo de Juan Manuel de Rosas, uno de los mayores defensores de la Patria Grande Iberoamericana.
EL ARREPENTIMIENTO DE URQUIZA
Lejos de ser una construcción posterior, el arrepentimiento de Urquiza surge de sus propias palabras, expresadas a lo largo de su vida. El vencedor de Rosas descubrió rápidamente que el triunfo no era un punto de llegada, sino el inicio de una derrota política humillante.
Apenas entró en Buenos Aires comprobó que el poder real se le escapaba entre las exigencias extranjeras, las presiones brasileñas y el desprecio de los unitarios, que jamás lo aceptaron como conductor. El día de su entrada triunfal fue obligado por Brasil a retrasar el desfile para conmemorar Ituzaingó. Aquella humillación lo enfureció. Se presentó con poncho y galera, luciendo la cinta punzó y montando un caballo con marca de Rosas, como si su propia figura delatara una contradicción irresuelta.
Brasil le exigió la Banda Oriental, las Misiones, el reconocimiento del Paraguay y el reintegro de los gastos de guerra. Inglaterra presionó para desmantelar los tratados sostenidos por Rosas. Los unitarios conspiraron de inmediato. Ante eso, el 21 de febrero de 1852 Urquiza restableció el cintillo punzó y denunció a los “salvajes unitarios”, señal inequívoca de que el control político ya se le escapaba.
En privado, su visión era aún más clara. En mayo de 1852 confesó al representante británico Gore:
> “Hay un solo hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí.”
Ocho años después, en 1858, escribió al propio Rosas reconociendo los servicios extraordinarios que el país le debía y cuya gloria nadie podía arrebatarle. El aislamiento se profundizó. Para los unitarios, Urquiza era un estorbo. Para Brasil, un hombre influenciable. El general brasileño Osorio conocía su punto débil: el amor inmoderado por la fortuna.
En marzo de 1870, un mes antes de morir, Urquiza escribió su confesión final:
> “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas.”
Y agregó, anticipando su destino:
> “Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que he colocado en el poder.”
El 11 de abril de 1870 ese temor se cumplió con exactitud brutal.
LA CONSTITUCIÓN DE 1853: ORGANIZAR PARA DEPENDER
La Constitución que siguió a Caseros no fue la culminación de la soberanía, sino la institucionalización de la derrota.
Ríos abiertos, aduanas condicionadas, un país pensado para integrarse al comercio mundial como proveedor de materias primas y no como nación industrial.
No organizó la Patria Grande: organizó su subordinación.
LA GUERRA DEL PARAGUAY
Lo que Caseros dejó abierto, la Guerra del Paraguay lo consumó.
La destrucción del último Estado verdaderamente autónomo del Plata fue la consecuencia lógica del nuevo orden nacido en 1852. Sin Rosas, sin un poder regional fuerte, sin unidad estratégica, el Paraguay quedó solo frente a la coalición alentada y financiada por intereses extranjeros.
Ahí se cerró definitivamente el ciclo iniciado con Caseros.
CONCLUSIÓN
Caseros no fue el nacimiento de la Nación.
Fue la derrota del último intento de soberanía real en el Río de la Plata.
No es solo pasado.
Es la matriz de un país que todavía discute si quiere ser nación o factoría.
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zanni.damian

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