Usamos apellidos porque un solo nombre dejó de ser suficiente.
Usamos apellidos porque un solo nombre dejó de ser suficiente. Durante siglos, las personas solo se identificaban por su nombre. En aldeas pequeñas eso funcionaba bien, pero cuando las poblaciones crecieron, comenzaron los problemas: demasiados Juanes, Pedros y Marías. Era imposible saber quién era quién en registros, impuestos, herencias o juicios.
Así, entre los siglos XI y XV, en Europa empezaron a surgir los apellidos. Al principio no eran hereditarios. Se usaban solo para distinguir a una persona de otra. Muchos se basaban en el oficio, como Herrero, Molinero o Carpintero. Otros indicaban el lugar de origen, como del Río, de la Torre o Montes. También aparecieron los apellidos patronímicos, que indicaban parentesco, como Fernández o Martínez, que significan “hijo de”.
Con el tiempo, los reinos y la Iglesia comenzaron a registrar nacimientos, matrimonios y defunciones. Esto hizo que los apellidos se volvieran permanentes y pasaran de padres a hijos. En algunos países, su uso obligatorio llegó recién en los siglos XVIII y XIX.
Hoy los apellidos forman parte de nuestra identidad, pero nacieron por una razón muy práctica: poner orden en sociedades cada vez más grandes. Detrás de cada apellido hay historia, oficio y familia.


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