miércoles, 7 de enero de 2026

LOS OMEYAS LAS PREFIEREN VASCONAS

LOS OMEYAS LAS PREFIEREN VASCONAS

Las crónicas definen a Abderramán III como un hombre de pelo rojo, de piel sumamente blanca y de unos ojos tan azules como el cielo. Otro tanto le ocurrió a su hijo, Alhakén II, al que le delataba también su cabellera de tono bermejo. Nada que ver con la imagen tradicional que se asocia a un árabe. Pero, ¿Cómo es posible que tuvieran aquellos rasgos físicos? Pues porque el gusto de los miembros de la dinastía omeya de Córdoba por las cristianas venía de bien antiguo, lo que nos lleva a entender las características físicas de muchos de los emires y califas cordobeses. De hecho, árabe, árabe, lo que se dice árabe por los cuatro costados, no lo fue ni siquiera ni el primer omeya que huyó de Oriente.
Abderramán I, el “Emigrado”, fundador de la dinastía Omeya en tierras hispánicas era hijo de un príncipe omeya y de una concubina cristiana bereber de la tribu Nafza (en el actual Túnez). Sobre las preferencias sexuales de Abderramán I no sabemos demasiado pero los textos dicen que la madre de su sucesor, Hisham I, fue una esclava visigoda convertida posteriormente al Islam. El segundo emir de al-Ándalus era muy blanco de piel y de pelo rojizo. Poco sabemos en este sentido sobre los dos siguientes emires -Alhakén I y Abderramán II-, uno rubio y el otro moreno, más allá de su increíble capacidad para procrear (algunas fuentes cuentan que el primero tuvo 40 hijos y el segundo ¡87!). Si alguna de sus concubinas vino de las tierras cristianas no podemos afirmar ni negar nada.
Con Muhammad I “comienzan” los casamientos institucionales con mujeres vasconas. En la mayor parte de los casos, las uniones entre andalusíes y vasconas venía dada por pactos políticos, aunque muchos de estos casos eran mujeres eran tomadas, primero como rehenes y, posteriormente, como concubinas. La primera de estas vasconas fue Ushar, esposa de Muhammad y madre de Abd Allah. Este emir mantuvo la “tradición” de piel blanquecina, pelo rubio y ojos azules.
Uno de los nombres propios femeninos de mayor interés es el de Onneca (o Íñiga) Fortúnez. Fue apresada junto a su padre, el heredero al trono pamplonés Fortún Garcés, y llevados como rehenes a Córdoba. En la capital del emirato pasaron más de 20 años, siendo tratados siempre de acuerdo a la categoría que merecían. Al poco, Onneca fue desposada por el entonces príncipe Abd Allah, al que dio dos hijas y un varón. Durante las décadas que pasaron en Córdoba, ella fue conocida como Durr, que significa “perla”. Muhammad, el hijo de ambos, sintió igualmente atracción por las norteñas y tomó como amante a otra vascona, Muzna, famosa por ser la madre del futuro califa de al-Ándalus, Abderramán III. Cuando, en virtud a varios pactos, Fortún Garcés volvió a Pamplona para reclamar su trono, Onneca marchó al Norte donde se casó con Aznar Sánchez de Larraún. Fruto de este matrimonio fue la futura reina Toda, de la que ya hemos hablado en otras ocasiones.
Los dos primeros califas de al-Ándalus, Abderramán III y Alhakén II fueron hijos y amantes de cristianas norteñas. Eso explicaría el aspecto físico de Abderramán III, ya que era principalmente hispano, por su herencia vascona, y solo en una cuarta parte árabe. Varias de sus concubinas fueron vasconas, incluyendo la madre de su sucesor. Por su parte, Alhakén II, rubio, tirando a pelirrojo, con grandes ojos negros, tuvo con Subh a su futuro heredero, Hisham II. Subh, conocida en las fuentes cristianas como “Aurora”, fue una mujer bellísima que se convirtió en un personaje muy destacado de la corte califal. Cuentan que, al haberse formado en el corazón de al-Ándalus, igual podía cantar baladas que departir sobre jurisprudencia y tradiciones con los sabios cordobeses. De grandísima inteligencia, y sabedora del poder cautivador de su físico, una vez fallecido el califa, dicen los textos que se convirtió durante unos años en la amante del nuevo hombre fuerte del Califato, Almanzor.
¿Qué tenían las mujeres del norte de España para encandilar a los máximos dignatarios de al-Ándalus? La belleza y la candidez de la que nos hablan las fuentes sobre estas vasconas las convirtió en las preferidas para ser las esposas y madres de los más influyentes hombres de la Alta Edad Media Española, esos Omeyas que apenas tenían sangre árabe, y estaban más emparentados con los reyes cristianos del norte peninsular que con otras dinastías islámicas.

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