“NARANJAS EN CONDICIONES”
El 29 de diciembre de 1874 tuvo lugar el Pronunciamiento de Sagunto, realizado por el general Arsenio Martínez Campos en favor de Alfonso XII, y que supuso la restauración de la monarquía borbónica y el final de la Primera República Española.
1874 fue un año intenso para la historia de España. El 3 de enero quedaron disueltas las Cortes, compuestas casi en exclusiva por republicanos que no se soportaban mutuamente. El país estaba inmerso en tres guerras civiles: la de Cuba, la carlista en el norte, y finalmente los residuos de la cantonal. Tras un año de muerte y pillaje contra la República y sus compatriotas, Cartagena resistía en espera de la caída de Castelar y la formación de un Gobierno que reconociera su cantón. Todo el mundo sabía que Pavía iba a dar un golpe si Castelar era derrotado en las Cortes. La prensa lo anunció desde un mes antes, y así lo reflejaban los embajadores en sus informes. Y así ocurrió. Pavía impidió con su golpe un gobierno favorable al cantonalismo, y propició la formación de otro de coalición nacional. El nuevo Ejecutivo, presidido por el general Serrano, decidió mantener la República para conservar la Constitución de 1869. Cánovas, jefe del alfonsismo desde agosto de 1873, no aceptó formar parte de ese gabinete. En la reunión preparatoria de ese Ejecutivo había propuesto la formación de un Ministerio-Regencia para la proclamación de Alfonso XII. Los coaligados no quisieron y Cánovas se retiró. El viejo partido moderado y los militares alfonsinos criticaron la postura de Cánovas. Creyeron que había perdido una oportunidad. La oposición a Cánovas existió desde el inicio. Muchos lo veían indeciso y conciliador, cuando lo conveniente, decían, era aprovechar la debilidad del Ejecutivo y el cansancio de los españoles con la República para dar un golpe y sentar a Alfonso de Borbón en el Trono. En realidad, lo que querían era un ajuste de cuentas con los revolucionarios que los echaron en 1868.
La desastrosa I República había derivado en una especie de dictadura presidida por el general Serrano, en ese momento el jefe del Estado, quien había instaurado una especie de dictadura republicana con suspensión de garantías constitucionales, censura de prensa y destierros.
El plan canovista para la Restauración era la creación de un gran movimiento nacional que viera en Alfonso la paz, el orden y la libertad frente a una República caótica. Si una gran movilización había desterrado a los Borbones en 1868, otra de igual envergadura debía traerlos sin derramamiento de sangre. Esto suponía que hubiera un reconocimiento general de Gobierno, Cortes, partidos, sociedad civil y Ejército.
Para entonces eran muchos los que tenían sus esperanzas puestas en el regreso del Príncipe Alfonso. Uno de ellos era el general Martínez Campos, quien sabía que buena parte del Ejército era alfonsina. El general sabía que Cánovas de Castillo le iba a censurar si protagonizaba un alzamiento militar para restaurar la Monarquía, pero decidió asumir el riesgo: «Tenía prisa porque veía deshacerse a España, advertía cómo aumentaba la guerra civil (carlista) y la de Cuba, cómo cundía el desorden y la insubordinación en el Ejército y consideraba que cada día que se ganase era un día de luto que se evitaba a la patria», relató tiempo después el propio general Martínez Campos.
El general solo esperaba para intervenir un telegrama que le anunciara que todo estaba listo con un texto en clave: «Naranjas en condiciones». El 27 de diciembre llegó el telegrama, y esa misma noche el general y sus dos acompañantes se disfrazaron de paisano y tomaron el tren a Valencia. Desde allí se fueron a Sagunto en un carromato, contaron a los oficiales su plan y solo un capitán pidió que le separaran del mando. En la mañana del 29 Martínez Campos dirigió una arenga a los 2000 militares reunidos y proclamó Rey a Alfonso XII entre los vivas de los soldados. Martínez Campos había llevado a cabo lo que se llamaba un «pronunciamiento», el golpe de Estado a la española.
Este modelo propio de la Historia de España consistía en que algún comandante militar de una guarnición periférica, con fuerzas insuficientes para asaltar al poder en Madrid, llamaba a la rebelión, esperando que se le fuesen uniendo otras unidades militares. Si el movimiento de rebeldía se generalizaba y cobraba fuerza, el poder dimitía generalmente sin dar batalla.
El pronunciamiento de Martínez Campos fue un éxito porque inmediatamente se le unió el jefe del llamado Ejército del Centro, que estaba combatiendo contra los carlistas en Castellón y Cataluña. Los alzados ocuparon Valencia, detuvieron al capitán general, que no se quiso unir al golpe, e impidieron el intento del alcalde de armar a una milicia republicana.
Vino entonces un intercambio de mensajes entre los pronunciados en Valencia y el gobierno en Madrid, en que ambas partes se mostraban corteses y moderados. El presidente del gobierno era Sagasta, progresista, que curiosamente se convertiría en pieza clave de la Restauración canovista, pues fue quien como jefe del Partido Liberal se alternaría en el poder con el conservador Cánovas.
Sagasta presidía el gobierno, pero el poder lo tenía el general Serrrano, que estaba al frente del Ejército del Norte combatiendo a los carlistas en Vascongadas y Navarra. En la noche del 30 de diciembre hubo un intercambio de telegramas entre los dos, en el que Serrano le confesó que no tenía fuerzas leales suficientes como para acudir a Madrid a apuntalar a la República. Los oficiales a las órdenes de Serrano eran, en efecto, partidarios del príncipe Alfonso en su mayoría, así que el presidente del Poder Ejecutivo de la República hizo la maleta y se fue inmediatamente a Francia.
A las 11 de la noche el capitán general de Madrid, que en vista de como iban las cosas se había enganchado al pronunciamiento, le comunicó muy educadamente a Sagasta: «Señor Presidente, me veo en la sensible necesidad de manifestar a usted que la guarnición de Madrid se asocia al movimiento del Ejército del Centro, y que va a constituirse un nuevo gobierno». Sagasta protestó «enérgicamente» para salvar las apariencias, pero le traspasó los poderes.
El embajador francés, el conde Jean-Baptiste Alexandre Damase de Chaudordy, resumió así el proceso que iba a cambiar a España para el siguiente medio siglo: «Jamás cambio alguno de régimen ha tenido lugar con una calma y una armonía tales».
Así, la restauración de la Monarquía no se produjo en el Congreso de los Diputados, como tenía previsto Antonio Cánovas del Castillo, sino que la precipitó el general Arsenio Martínez de Campos con un pronunciamiento militar en Sagunto a favor del Príncipe Alfonso, que estaba en el exilio. Se inicia así la Restauración, que consistiría en un pacto político entre la izquierda y la derecha moderadas, para alternarse en el poder mediante ciclos electorales amañados, dejando fuera a los extremistas de uno u otro color. El nuevo monarca debía también someterse a la moderación, no pretender gobernar él, sino acatar la Constitución. Ese sistema ideado por Cánovas le daría a España medio siglo de estabilidad política, hasta que las injerencias políticas de Alfonso XIII, que rompió las reglas de juego establecidas por Cánovas, desembocaran en la Dictadura de Primo de Rivera de 1923.


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