A mediados del siglo XIX, los hospitales europeos eran lugares peligrosos. En muchas salas de maternidad, dar a luz significaba enfrentarse a una alta probabilidad de muerte. Miles de mujeres fallecían pocos días después del parto a causa de una infección conocida como fiebre puerperal, y nadie lograba explicar con certeza por qué ocurría.
En 1847, el médico húngaro Ignaz Semmelweis observó algo que otros habían pasado por alto. En el Hospital General de Viena, la mortalidad era mucho mayor en las salas atendidas por médicos que en aquellas atendidas por parteras. La diferencia no estaba en las pacientes, sino en quienes las trataban.
Semmelweis llegó a una conclusión incómoda: los médicos, que realizaban autopsias antes de atender partos, transmitían infecciones al no lavarse las manos. Ordenó entonces un lavado obligatorio con una solución desinfectante. El resultado fue inmediato y contundente: las muertes cayeron drásticamente.
Sin embargo, su idea fue rechazada. Fue ridiculizado por sus colegas, apartado del ámbito médico y desacreditado. Murió sin ver reconocido su trabajo.
Años después, la ciencia confirmó lo que él ya sabía. Hoy, el simple acto de lavarse las manos es una de las prácticas más importantes de la medicina moderna, y ha salvado millones de vidas en todo el mundo.


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