lunes, 3 de noviembre de 2025

BUDA

 


BUDA

A lo largo de los siglos, se ha representado la imagen de Buda tantas veces que incluso en Occidente su efigie resulta tan familiar como cualquier otro objeto artístico. Solemos verle sentado sobre sus piernas en actitud meditativa, con una protuberancia más o menos saliente en la cúspide del cráneo y un lunar piloso entre las cejas, cubierto por un vaporoso manto sacerdotal y aureolado su rostro por una serenidad y una dulzura entrañables. Hay algo, sin embargo, que sorprende a veces: para ser un asceta que ha renunciado a los placeres del mundo y que conoce a fondo las miserias humanas, en ciertas representaciones parece excesivamente bien alimentado y demasiado satisfecho.

Buda en una de sus primeras representaciones
en la antigua región de Gandhara (siglos I-II)
Es creencia común considerar que los santos llevaban una vida eremítica de lucha y sacrificio en busca de la paz interior, y así era, efectivamente, en la India que Buda conoció, unos quinientos años antes de Cristo. La idea de la purificación a través del sufrimiento era usual entre hombres ya maduros o ancianos, horrorizados y confusos ante la perversidad de sus contemporáneos. Con frecuencia, abandonaban a sus familias y se refugiaban en las montañas, cubiertos de harapos y con un cuenco de madera como única posesión, que usaban para mendigar comida. Antes de convertirse en Buda, que significa "el Iluminado", Siddharta Gautama también practicó estas disciplinas corporales abnegadamente, pero no tardó en comprobar que eran inútiles.
Una vida de príncipe
Siddharta Gautama nació probablemente en el año 558 antes de Cristo en Kapilavastu, ciudad amurallada del reino de Sakya situada en la región meridional del Himalaya, en la India. Conocido también con el nombre de Sakyamuni ("el sabio de Sakya"), Siddharta era hijo de Suddhodana, rey de Sakya, y de la reina Maya, que procedía de una poderosa familia del reino. Según la tradición, Siddharta nació en los jardines de Lumbini, cuando su madre se dirigía a visitar a su propia familia. La reina Maya murió a los siete días de haber dado a luz y el recién nacido fue criado por su tía materna Mahaprajapati.

El nacimiento de Buda
Siddharta creció rodeado de lujo: tenía tres palacios, uno de invierno, otro de verano y un tercero para la estación de las lluvias. En ellos disfrutaba de la presencia de numerosas doncellas, bailarinas y músicos; vestía ropa interior de seda y un criado le acompañaba con un parasol. Se le describe como un muchacho de constitución esbelta, muy delicado y con una esmerada educación. De sus años de estudio, posiblemente dirigidos por dos brahamanes, sólo se sabe que asombró a sus maestros por sus rápidos progresos, tanto en letras como en matemáticas. Mucho se ha hablado del carácter sensible de Buda; pero siendo hijo de un rey y aspirante al trono, debió de ser educado también en las artes marciales y en todas aquellas disciplinas necesarias para un monarca. Con todo, el reino de Sakya apenas si era un principado del reino de Kosala, del que dependía.
Siddharta se casó con su prima Yasodhara cuando tenía alrededor de dieciséis años, según algunas fuentes, o diecinueve o acaso más, según otras. En algunas leyendas se dice que la conquistó en una prueba de armas luchando contra varios rivales. Nada se sabe de este matrimonio, excepto que tuvo un hijo llamado Rahula que se convertiría muchos años después en uno de sus principales discípulos. El hecho de tener un hijo varón como continuador de la dinastía le habría facilitado la renuncia a sus derechos y su consagración a la vida religiosa.
La vida de Siddharta transcurría la mayor parte del tiempo en el palacio real, bajo la protección paterna. Según la tradición, durante sus salidas furtivas a la ciudad, en que era acompañado por un cochero, se produjeron los llamados «cuatro encuentros». En cierta ocasión que salía por la puerta oriental del palacio, se encontró con un anciano; en otra ocasión que salió por la puerta meridional, vio a un enfermo; cuando lo hizo por la puerta occidental, vio un cadáver, y otro día, al cruzar la puerta septentrional, se encontró con un religioso mendicante. La vejez, la enfermedad y la muerte indicaban el sufrimiento inherente a la vida humana; el religioso, la necesidad de hallarle un sentido. Ello le llevaría a dejar atrás los muros del palacio en el que se había desarrollado la mayor parte de su vida.

Los cuatro encuentros
A los veintinueve años, Siddharta abandonó a su familia. Lo hizo de noche, montado en su corcel Kanthaka y en compañía de su criado Chantaka. Su meta era Magadha, estado floreciente del sur, donde se estaban produciendo cambios culturales y filosóficos. Es posible que también eligiera ese reino, a unos diez días de camino desde Kapilavastu, para evitar la posibilidad de que su padre exigiera que fuese repatriado. Una vez recorrido parte del camino, se cortó los cabellos, se despojó de sus joyas y aderezos y los entregó a su criado para que, de vuelta a casa, los devolviera a su familia, con el mensaje de que no regresaría hasta haber alcanzado la iluminación. El resto del camino lo hizo como mendicante, práctica, por otra parte, muy bien considerada en la India de la época. También era habitual que hombres ya maduros y con inclinaciones filosóficas se adentraran en el bosque para buscar la verdad. Lo singular fue que él lo hiciera a edad tan temprana.
En busca del sentido
Una vez en Rajagaha, capital de Magadha, el joven mendicante llamó la atención del poderoso rey Bimbisara. El rey, acompañado por su séquito, fue a visitarle al monte Pandava, donde practicaba la meditación y el ascetismo. Según cuenta la tradición, el monarca le ofreció cuantas riquezas deseara a cambio de que aceptara ponerse al mando de sus batallones de elefantes y de sus tropas de élite. Siddharta informó al rey de su origen noble y del propósito de su estancia en Rajagaha. El rey Bimbisara no reiteró la propuesta; le rogó únicamente ser el primero de conocer la verdad alcanzada si llegaba a la iluminación.
Siddharta siguió las enseñanzas de dos maestros de yoga, Alara Kalama y Uddaka Ramaputa. El primero, al que seguían trescientos discípulos, había alcanzado la fase «en que nada existe»; se cree que su ermita estaba en Vaishi. Siddharta alcanzó muy pronto ese mismo estadio y se persuadió de la insuficiencia de estas enseñanzas para liberar a la humanidad de sus sufrimientos. Uddaka Ramaputa tenía seiscientos discípulos y vivía cerca de Rajagaha. Sus enseñanzas tampoco colmaron los afanes de Siddharta.
Partió entonces para Sena, una aldea junto al río Nairanjana, lugar de encuentro de ascetas. Estas prácticas estaban perfectamente reglamentadas: incluían el control de la mente, la suspensión de la respiración, el ayuno total y una dieta muy severa, disciplinas todas ellas penosas y dolorosas. Por los relatos se sabe que Siddharta no se arredró ante su dureza y que, en alguna ocasión, quienes le rodeaban creían que había muerto. En aquellos tiempos los alumnos avanzados practicaban ayunos de hasta dos meses, y se sabe que nueve discípulos de Nigantha Nataputta, fundador del jainismo, se dejaron morir de hambre para alcanzar la liberación final.
Tras años de austeridades y mortificaciones que no le procuraron la iluminación, Siddharta resolvió abandonar el ascetismo, recibiendo, por el paso dado, las críticas de sus cinco compañeros. Para empezar, se bañó en el río Nairanjana para librarse de la suciedad que había acumulado en el curso del largo proceso seguido. Al parecer, se hallaba tan débil que apenas pudo salir del agua. Recobró las fuerzas gracias a la comida que le ofreció una muchacha llamada Sajata. Según diversas leyendas, esta joven era hija del jefe de la aldea de Sena; el alimento que le dio al asceta era una sopa de arroz hervido en leche. Poco tiempo después, ya restablecido, Siddharta alcanzaría la iluminación.
La iluminación
Según todos los indicios, esto habría ocurrido en la ciudad de Gaya, cerca de Sena. Más tarde se llamaría a esta ciudad BodhGaya, y en ella se levantaría un templo en honor de Buda. Siddharta pasaba largas horas de meditación a la sombra de una higuera sagrada que más tarde sería bautizada con el nombre de Bodhi o «Árbol de la Iluminación». Según las leyendas, Gautama se sentó un día bajo la higuera y dijo: "No me moveré de aquí hasta que sepa." El malvado dios Mara, comprendiendo la gravedad y el peligro que encerraba tal desafío, le envió una cascada de tentaciones, la más importante en forma de un trío de libidinosas odaliscas que agitaron histéricamente sus vientres ante la cabeza inclinada de Siddharta; cuando éste levantó sus ojos hacia ellas, el fulgor de su mirada las convirtió en torpes ancianas de repugnante apariencia.

Las tentaciones de Mara
Al caer la noche entró en trance, y la luz acudió en su auxilio, permitiéndole ver con radiante claridad toda la intrincada cadena de las causas y los efectos que regulan la vida, y el camino para alcanzar la salvación y la gloria. En la llamada primera vigilia de la noche le fue otorgado el conocimiento de sus existencias anteriores. En la segunda fue provisto del tercer ojo o visión divina. Al despuntar el alba penetró en el saber omnisciente y el entero sistema de los diez mil mundos quedó iluminado. Despertó embriagado de saber.
Siddharta había comprendido que los sufrimientos humanos están íntimamente ligados a la naturaleza de la existencia, al hecho de nacer, y que para escapar a la rueda de las reencarnaciones era necesario superar la ignorancia y prescindir de pasiones y deseos. La caridad era una forma de desear la salvación de todos los hombres y la de uno mismo.
En los primeros momentos tuvo sus dudas acerca de si debía predicar la verdad que había alcanzado. Su primer sermón tuvo lugar al cabo de un mes en Sarnath, cerca de Benarés, donde residían sus cinco antiguos compañeros. Al parecer, éstos le recibieron muy fríamente, y Siddharta les reprendió por las maneras que tenían de dirigirse a un iluminado. Finalmente, los cinco formaron el núcleo inicial de una secta que, dada la sencillez del nuevo mensaje, creció con rapidez. El discípulo número seis fue Yasa, hijo de un rico comerciante de Benarés; insatisfecho con su vida sensual y de lujos, su vida presentaba cierto paralelismo con la del propio Siddharta. A través de Yasa se convirtió toda su familia.

Predicación de Buda
Cuando consideró que sus discípulos estaban convenientemente preparados, los mandó a predicar la nueva verdad por toda la India. Debían ir solos, y Siddharta regresó a Uruvela. Entre sus seguidores más importantes e influyentes se encontraba el rey Bimbisara, que donó a Buda y a sus seguidores una parcela de tierra (el «Bosque de Bambúes») para que les sirviera de refugio. Sin embargo, los discípulos pasaban la mayor parte del tiempo mendigando y predicando, y sólo regresaban a la finca durante la estación lluviosa.
Buda continuó predicando durante cuarenta y cinco años. Visitó varias veces su ciudad natal y recorrió el valle del Ganges, levantándose cada día al amanecer y recorriendo entre veinticinco y treinta kilómetros por jornada, enseñando generosamente a todos los hombres sin esperar recompensa ni distinción alguna. No era un agitador y jamás fue molestado ni por los brahmanes, a los que se oponía, ni por gobernante alguno. Las gentes, atraídas por su fama y persuadidas de su santidad, salían a recibirle, se agolpaban a su paso y sembraban su camino de flores.

El atentado de Devadatta
Una de las conversiones que más fama le procuró fue la de su primo Devadatta, hombre ambicioso que le detestaba tanto como para urdir un plan que acabara con su vida. Confabulado con unos cuantos secuaces, y sabiendo que Buda atravesaría un desfiladero, se apostó en lo alto del mismo junto a un peñasco medio desprendido; en el momento preciso en que Buda transitaba por debajo, la gran piedra fue movida y cayó con estrépito; se oyeron gritos y se temió por la vida del maestro, pero Buda emergió indemne de la polvareda, con su sonrisa beatífica en los labios.
En los últimos años de su vida, Siddharta sufrió duros reveses. El rey Bimbisara fue destronado por su propio hijo y el trono de los sakyas fue usurpado por Vidudabha, hijo del rey Pasenadi, protector también del budismo. Parece que intentaba retornar a su ciudad natal cuando le sobrevino la muerte. Tenía ochenta y un años de edad y se encontraba muy débil, pero siguió predicando su doctrina hasta los últimos momentos. Por las descripciones hechas de la enfermedad infecciosa que contrajo, se cree que la causa última de su muerte, acaecida en la ciudad de Kusinagara, pudo ser una disentería. Su cuerpo fue incinerado a los siete días de haber fallecido y sus cenizas repartidas entre sus seguidores.
El ascetismo de Buda provenía de las antiguas religiones, pero es evidente que su propósito no era tranquilizar a sus semejantes presentándoles una nueva deidad o renovando ritos anteriores, sino hacer a cada uno consciente de su radical soledad y enseñarle a luchar contra los males de la existencia. Al sustituir las liturgias y sacrificios por la contemplación del mundo, Buda otorgó una importancia suprema a algo muy parecido a la oración individual y privada, valorando por encima de todo la meditación, ensalzando el recogimiento y situando el corazón del hombre en el centro del Universo.
Otra de las causas de su éxito fue, sin duda, su asombrosa tolerancia. No existe ningún dogma budista y, por lo tanto, ningún budista es perseguido por hereje. Al volver la vista atrás, entre siglos preñados de violencia y fanatismo, lo que más sorprende de Buda es el sereno llamamiento que hace a la razón y a la experiencia de cada hombre: "No creas en cualquier cosa porque te enseñen el testimonio escrito de un viejo sabio. No creas en cualquier cosa porque provenga de la autoridad de maestros y sacerdotes. Cualquier cosa que esté de acuerdo con tus propias experiencias y que después de una ardua investigación se manifieste de acuerdo con tu razón, y conduzca a tu propio bien y al de todas las cosas vivientes, acéptala como la verdad y vive de acuerdo a ello.

¿Retiras la piel al pollo?

 


¿Retiras la piel al pollo?

Para algunos es lo más normal del mundo y para otros es novedad total que es recomendable quitar la piel del pollo. Se puede cocinarlo con la piel pero se lo tiene que quitar al consumirlo. Sin embargo es casi más útil quitar la piel antes de cocinarlo. La piel del pollo contiene grasa en grandes concentraciones que no nos interesa ingerir. Creemos que no es un sacrificio grande ya que la piel del pollo no sabe a nada especialmente atractivo, excepto que condimentada y horneada se hace crujiente que es una textura agradable. Si solemos condimentar el pollo o usar salsas y hornearlo lo que recomendamos es quitar la piel antes de cocinarlo para no condimentar la piel y luego quitarla. Antes de cocinarlo es más fácil quitarla con la ayuda de una servilleta o papel de cocina ya que resbala mucho.

La chismosa del reino

 


La chismosa del reino




¿A que no saben quién está comiendo perdices? ¡El príncipe! Sí, es que se casó hace poquito, con una chica divina, sólo que un poco palidita. También, la pobre acaba de salir de una intoxicación terrible... Tenía un pedazo de manzana envenenada metido en la garganta. Se salvó de milagro, porque el príncipe la zarandeó tanto que entonces lo pudo escupir. Lo que pasa es que el príncipe la encontró en el medio del bosque, dentro de una urna de cristal, ¡qué raro! ¿no? Ahí la pusieron los enanos con los que ella vivía, porque creían que estaba muerta. Sí, ella vivía con siete enanos, pero no vayan a pensar mal, no le quedaba otro remedio, ¡si la bruja esa a toda costa la quería eliminar...! Antes de la manzana ya le mandó una peineta envenenada y no sé qué otras cosas más. Es que son tantas las versiones, que una no sabe quién dice la verdad. Ella se metió nomás ahí, en la casa de los enanos, porque estaba perdida en el bosque, donde la dejó el cazador. Lo que pasó es que el tipo se apiadó de ella, si no estaría muerta y sin corazón. Él le tuvo que llevar a la bruja el corazón de un jabalí, o de un venado, o de no sé qué, porque la muy desgraciada le dijo que mate a la chica y que le lleve su corazón como prueba. ¡Qué asquerosa! Es que no soporta que sea tan linda y de tan chiflada que está ya cree que su espejo le habla y le dice que la chica es la más hermosa del mundo. Claro, antes le decía que la más linda era ella. Dicen que todos los días le preguntaba: espejito, espejito, ¿quién es la más linda del reino? Vos, señora, quién más va a ser... ¡Qué loca! Yo no sé por qué hay madrastras tan malvadas. ¡Ah! ¿No sabían? Esa bruja era la madrastra de la chica. Su papá se murió muy poco después de casarse, así que no supo la joyita que era... Y bueno, el pobre se sentía muy solo, hay que comprenderlo, si se quedó viudo apenas su mujer tuvo la beba. Y la pobre señora, lo buena que era... se la pasaba todo el día bordando y bordando. Dicen que un día que estaba nevando se pinchó un dedo y se le manchó el pañuelito que estaba haciendo, entonces de repente tuvo ganas de tener una hija blanca como la nieve y con los labios rojos como la sangre; fue una idea que se le metió entre ceja y ceja. Será el destino o será pura casualidad, no sé, pero así mismo le salió la bebita. Entonces le puso de nombre Blancanieves. ¿Ya lo sabían? Claro, si los chismes vuelan en este reino.

Andrea Piccardo

ROSTIORA DE SALMONETES

 


ROSTIORA DE SALMONETES



Los ingredientes necesarios: 

4 Salmonetes medianos
2 Tomates maduros
1 Cebolla
2 Patatas grandes
2 Dientes de ajo
1 Pimiento rojo o ñora
1 Ramita de perejil
1 Piñones
1 Limón
1 Hoja de laurel
1 Azafrán
4 Clavos de olor
Sal
Aceite de oliva
Esta receta de rostiora o rustidera de pescado, es la que preparaba mi madre en casa, generalmente con salmonetes, esta es la manera típica santapolera de hacerla, transmitida de nuestras abuelas y que se puede elaborar con otros pescados, pero el sabor y el olor de los salmonetes es el que tengo guardado en mis registros sensitivos, el único inconveniente es que si no te gustan los pescados con espinas, te recomiendo entonces que utilices algunos filetes limpios de merluza o rape.
Lo primero es conseguir unos buenos salmonetes frescos y a buen precio, ambas cosas cada vez más difíciles, estos tenían muy buena pinta.
Pedimos al pescadero que nos los limpie de vísceras y escamas, una vez en casa lo enjuagaremos y salaremos, dejándolos reservados mientras preparamos las verduras, con eso conseguimos endurecer la carne del pescado.
Precalentamos el horno a una temperatura de unos 200º.
En una fuente apta para el horno, ponemos un buen chorro de aceite de oliva repartido por el fondo y empezamos a colocar los ingredientes de la siguiente manera:
Primer paso, la cebolla cortada en aros.
Segundo paso, las patatas cortadas a la panadera no muy gruesas, los dientes de ajo laminados, la hoja de laurel, los clavos de olor y el pimiento rojo, en este caso he usado una ñora fresca que tenía en casa, ponemos un poco de sal y un poquito de aceite por encima.
Tercer paso, los tomates cortados a rodajas, la ramita de perejil repartida por encima y unos gajitos de limón, regamos con un poco de aceite de oliva.
Ahora en una cazuela ponemos agua a calentar y añadimos un poco de azafrán para que tome colorcito amarillo, si tienes un fumet de pescado pues lo usas aquí, este liquido lo añadimos bien caliente a las verduras, que cubra por encima a las patatas, pero que no llegue al tomate, reservamos el resto por si nos hace falta. 
Introducimos en el horno, durante aproximadamente unos 20 minutos. 

Cuando veamos que las patatas ya no están crudas, es el momento de poner el pescado y los piñones por encima, bajamos el horno a 180º.
Si quieres, pasados unos minutos, le puedes poner por encima del pescado un poco de vino blanco.
Dejamos hornear durante 10/15 minutos según el tamaño del pescado, regando por encima con el propio caldo del fondo de la bandeja, si vemos que se nos esta secando añadimos un poco del agua que tenemos reservada, siempre caliente.
Listo para emplatar y a comer!

REMOLACHA ALIÑÁ

REMOLACHA ALIÑÁ



Los ingredientes necesarios:


Remolachas
1 Diente de ajo
Vinagre de Jerez
Perejil fresco
Aceite de oliva virgen extra
Sal




La remolacha aliñada es otro plato típico del sur de España, hoy la podemos conseguir todo el año ya que en las grandes superficies las encontramos cocidas y envasadas al vacío, particularmente no me gustan las de bote, aunque es un plato muy veraniego las suelo consumir también como acompañamiento de carnes.

Hay muchas maneras de prepararla, por ejemplo en Sevilla la aliñan con cebolla o cebolleta, sin embargo, me gusta más la forma de prepararla de nuestra zona de Cádiz y es con ajito picadito, como las hacía mi madre.


Si la vas a preparar con el manojo de remolachas, hay que limpiarlas muy bien de arena y luego cocerlas en abundante agua sin cortar el tallo ni la raíz, así no se desangra y no pierde el color, cuando estén tiernas, que en la olla a presión será a los 20 minutos y en la olla normal 1 hora, las escurrimos y dejamos enfriar, para a continuación retirar las partes más duras, pero en este caso las hice con una bolsita ya preparadas. 


Las sacamos de la bolsa y enjuagamos bajo el grifo.


Cortamos en trozos medianos, para ello primero le damos un corte a lo largo y luego en medias monedas no muy gruesas, añadimos el ajo muy picadito, hacemos lo mismo con el perejil.

Aliñamos con la sal, el vinagre de Jerez y el aceite de oliva. Ya tenemos lista esta rica ensalada, bien fresquita y fácil de preparar.

ENSALADA GRIEGA CON SALSA TZATZIKI

 


ENSALADA GRIEGA CON SALSA TZATZIKI



Los ingredientes necesarios: 
1 Lechuga
1 Tomate
1 Cebolla o cebolleta
1 Queso feta
1 Pepino
1 Yogurt griego
1 Diente de ajo
Hojas de menta o hierbabuena
Aceitunas negras
Orégano
Pimienta negra
Sal
Aceite de oliva virgen extra


Esta es la clásica ensalada griega cuyos ingredientes básicos son  tomate, pepino, cebolla, aceitunas negras, queso feta y orégano, aunque yo le añado lechuga y aderezo con la salsa Tzatziki, puede tomarse como plato único, antes o después del plato principal e incluso como complemento, como siempre al no haber una receta única, cada uno le echa imaginación y la hace a su gusto.
Los pasos para conseguir una estupenda ensalada son:
Lavamos la lechuga bajo el grifo, cortamos y escurrimos muy bien, a continuación enjuagamos el tomate también, lo cortamos a nuestro gusto y añadimos, queda muy bien con tomatitos cherrys cortados por la mitad.
Ahora incorporamos la cebolla o cebolleta y las aceitunas negras, en Grecia utilizan una variedad que es la Kalamata con un intenso sabor frutal, nada que ver con lo sosa que están las nuestras.
Ponemos el queso feta en la cantidad que creas oportuna, lo puedes encontrar en botes en las grandes superficies, un poco de orégano, sal y un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
Ya, si quieres, puedes comértela así mismo, aliñándola con un poco de limón, pero la gracia es con la salsa Tzatziki, así que vamos a prepararla.
Empezamos por vaciar la pulpa de medio pepino con una cuchara.
Luego picamos el pepino y lo ponemos en un colador, lo salamos y dejamos unos minutos que escurra bien el líquido.
En un recipiente vaciamos el yogurt griego, añadimos el pepino, yo lo seco con papel absorbente, unas hojitas de menta o hierbabuena picaditas, el diente de ajo picadito, pimienta negra y pasamos por la batidora hasta que adquiera una textura cremosa pero con tropezoncitos. Salamos al gusto, no le pongo aceite porque ya tiene la ensalada.
Esta salsa la añadimos a la ensalada.
Removemos un poco, para que se impregnen todos los ingredientes.
Lista para servir y comer bien fresquita!

YOGUI DE JAMON Y QUESO

 


YOGUI DE JAMON Y QUESO



Los ingredientes necesarios: 
Pan de hamburguesas
Lonchas de jamón york
Queso en lonchas
Lechuga
Mayonesa
1 Limón para exprimir

Este es uno de esos sabores que me recuerdan viejos tiempos, lo preparaban en el Artur Burguer, creo que fue la primera hamburguesería que se abrió en La Línea, estaba en la calle Isabel la Católica, rápido y muy fácil de preparar, tan solo unas lonchas de jamón york y queso de lonchas que fundan bien.
Primero enjuagamos unas hojas de lechuga, las escurrimos muy bien y la cortamos muy finita en juliana.
Colocamos una loncha de jamón york y en un lado colocamos un tranchete o dos, a mi particularmente me gusta con dos lonchas.
Doblamos la loncha, cubriendo bien el queso.
Luego ponemos otra loncha de jamón, en sentido contrario para que quede cerradito.
Una vez tengamos preparado uno, vamos haciendo lo mismo con el resto.
Ponemos un poco de aceite en una sartén o plancha y pasamos el librito por ambos lados.
Calentamos en la tostadora el pan de hamburguesa, ponemos el librito encima, ya se ve el quesito chorreando.
Ponemos un buen pegotón de mayonesa en lo alto y unas gotitas de limón.
Luego la lechuguita cortadita, la cantidad es al gusto de cada uno.
 Colocamos la otra tapa del pan y cerramos.

Listo para comer, bien calentito!
Es el típico sándwich de jamón y queso, tan solo que en lugar de pasar por la plancha las rebanadas de pan Bimbo, pasamos los libritos de jamón y queso.