El 10 de septiembre de 1999 murió Alfredo Kraus, tenor y profesor de canto, considerado uno de los mejores tenores líricos ligeros de la segunda mitad del siglo XX. El gran cantante, conservador a ultranza en lo estético, fue a su manera un rebelde. Planteó su carrera como un desafío al mercado.
Nacido en la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria. De madre española y padre austriaco, Kraus inició sus estudios musicales con lecciones de piano a los cuatro años de edad, y cantando en el coro de la parroquia a los ocho. Debutó internacionalmente en el Teatro Real de El Cairo en 1956 en la ópera Rigoletto, de Verdi. Dos años después, en el Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa se presentó junto a María Callas en una legendaria producción de la ópera La traviata. Siguieron debuts en Londres en 1959 (Lucía de Lammermoor), Milán 1960 (La sonámbula), Chicago en 1962 y Nueva York en 1966 (Rigoletto).
Aplaudido intérprete de óperas clásicas, Kraus también fue un destacado intérprete de zarzuela, con grandes éxitos como La tabernera del puerto, La revoltosa, El huésped del sevillano, Black el payaso, Marina, etc. Resulta especialmente recordada su participación en el montaje de Doña Francisquita de 1956 en Madrid, con el que se reinauguró el Teatro de la Zarzuela cien años después de su fundación.
En sus últimos años se dedicó a la docencia, siendo maestro de jóvenes intérpretes como el tenor venezolano Aquiles Machado, el tenor italiano Giuseppe Filianoti y el tenor griego Mario Frangoulis. Finalmente, y como honor inédito en la historia de un artista vivo, el auditorio de su ciudad natal se llamó Auditorio Alfredo Kraus de Gran Canaria.
Algunos dicen que la tristeza por la muerte de su esposa, hace dos años, fue demasiada. Otros, que el mundo ya no era para él. Alfredo Kraus, sobreviviente de una dinastía casi extinguida, murió en Madrid a los 71 años. Tenía cáncer y estaba prácticamente retirado, aunque un año antes hizo una breve reaparición en público y el Teatro Colón lo había programado para representar en noviembre al protagonista de Lucia di Lammermoor, de Donizetti, Kraus ya casi no cantaba y hacía tiempo que no era contratado para ningún papel protagónico en los teatros de importancia. Pero había conseguido algo virtualmente imposible en el universo del espectáculo operístico. Su voz, hasta último momento, había conservado una frescura y una pureza de línea únicas. El hombre que pensaba que el canto “es una ciencia exacta”, había decidido, a pesar de su enfermedad, volver a actuar en público. “Si no lo logro, me dedicaré por completo a enseñar”, había dicho. El cáncer no le dio tiempo.


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