jueves, 22 de enero de 2026

Nada de pacífica conquista islámica de España ni la convivencia "

 Nada de pacífica conquista islámica de España ni la convivencia "


La conquista del reino visigodo de la península ibérica por dirigentes musulmanes del Califato omeya fue un proceso largo, que duró quince años, del 711 al 726, en el que se llegó a tomar la península ibérica y parte del sur de la actual Francia; si bien lo que era el territorio peninsular Pero el factor quizás más importante para la caída visigoda fue la grave crisis demográfica del reino, que en los últimos veinticinco años había perdido más de un tercio de su población. Esto fue debido a las epidemias de peste y los años de sequía y hambre de finales del siglo VII, especialmente durante el reinado de Ervigio, y que se repitieron también con gran dureza bajo el de Witiza, el antecesor de Rodrigo.Además, existía una fractura política importante entre dos grandes clanes político-familiares godos en su lucha por el trono, y que llevaba varios decenios dividiendo políticamente el reino y generando constantes problemas. De una parte estaba el clan gentilicio de Wamba-Égica, al que perteneció o al que estaba vinculado Witiza, y de otra el clan de Chindasvinto-Recesvinto, al que pertenecía Rodrigo. Esta situación dividió al estamento aristocrático-militar en dos facciones cada vez más irreconciliables, hasta el punto de considerar alguna historiografía a los witizanos como instigadores e incluso aliados, explícitos u oportunistas, de los musulmanes.Finalmente, las divisiones dinásticas internas entre los nobles visigodos sobre la sucesión de Witiza facilitaron aún más el desarrollo de la conquista.Los conquistadores musulmanes también contaron con el apoyo de parte de la población judía, muy numerosa en la Bética, en la Galia Narbonense y en toda la cuenca mediterránea. Estaba presente principalmente en los centros urbanos, destacando, entre otras, las comunidades de Narbona, Tarragona, Sagunto, Elche, Lucena, Elvira, Córdoba, Mérida, Zaragoza, Sevilla, Málaga y de la capital, Toledo.Pero además de los judíos étnicamente puros de la diáspora, en el norte de África había bereberes que profesaban el judaísmo por proselitismo y mestizaje, muchos de los cuales dieron apoyo a los musulmanes en su conquista y se unieron a ellos Musa ibn Nusayr, gobernador de Ifriqiya, dependiente del walí de Egipto, ordenó a su lugarteniente, Táriq ibn Ziyad, que iniciase la conquista. Táriq era berebere Táriq se asentó en el peñón de Gibraltar (nombre que deriva de este conquistador, Ŷebel at-Tariq, 'Montaña de Táriq'), bien protegida por su altura, mientras iba recibiendo su ejército en sucesivos desembarcos. Desde allí comenzó a saquear zonas y ciudades de la baja Andalucía. Rodrigo resultó derrotado en la batalla del río Guadalete (aunque algunos historiadores la sitúan más al sur, en los ríos Salado o Barbate, o junto al lago de la Janda, o incluso junto al río Guadarranque). Sea donde fuere, la batalla tuvo lugar a finales de julio de 711, precedida de diversos tanteos y escarceos durante varios días, muriendo en ella o inmediatamente después el propio rey Rodrigo. Los nobles que permanecieron con el rey y sus opositores witizanos murieron también en su mayoría Las fuerzas musulmanas, así reforzadas, conquistaron Cádiz , Medina Sidonia. Después se dirigieron a sitiar Sevilla, pero esta última solo cayó tras un mes largo de asedio. Sevilla era importante, pues esta ciudad era la capital de la provincia visigoda de Hispalis y de esta forma se evitaba una acción coordinada desde esa zona. Así queda completada la acción inicial de la conquista, asentando un territorio propio mínimo desde el que poder iniciar un proceso más amplio.
Una vez conquistada, Sevilla se convirtió en la base de las operaciones militares. Desde esta ciudad salieron dos ejércitos, que empezaron a operar por separado en la península: uno se dirigió hacia Córdoba, capital de la provincia visigoda de la Bética, y otro hacia Mérida, capital de la provincia de Lusitania. La caída de Toledo buscaba un efecto psicológico, que sin duda tuvo, y un efecto político, pues la gran centralización del reino visigodo impidió una respuesta coordinada frente a las fuerzas musulmanas. Salvo el nordeste, bajo el control del rey visigodo Agila II, el resto de las zonas solo pudieron oponer una resistencia aislada, sin coordinación entre sí, dirigida por la aristocracia local de cada territorio. Además, conseguir Toledo permitió a los conquistadores hacerse con el grueso del riquísimo Tesoro Real visigodo Seguidas otras ciudades Alcalá de Henares, Guadalajara, Sigüenza y Medinaceli, ocupándolas, y volvieron a dividirse a partir de esta última ciudad. En León y Astorga, donde estableció guarniciones militares Táriq, mientras, se dirigió hacia el nordeste, pasando por Calatayud y llegando hasta Zaragoza, ciudad que incendió en parte, matando incluso a los niños y crucificando a los hombres por no habérsele rendido, mientras las mujeres eran esclavizadas
Con la toma de Lugo, los musulmanes se habían apoderado ya no solo de la capital del reino visigodo, sino también de la cabeza administrativa de más de la mitad de las provincias visigodas, excepto las ciudades de Tarragona y Narbona, y la aún sitiada Mérida. Pero las ciudades que se resistían eran destruidas y quemadas, sus iglesias derruidas, y su población muerta o esclavizada, con el fin de dar un escarmiento y un aviso para otras ciudades. A los hombres se les mataba, normalmente crucificados, y las mujeres y niños eran esclavizados, siendo estos últimos islamizados a la fuerza. En algunos casos, los hombres y jóvenes que se libraban de la muerte trabajaban como esclavos en sus antiguas tierras, cultivadas ahora en provecho de sus nuevos señores.
Almanzor: las devastadoras prácticas de la «bestia» que asoló España
Ibn Abi Amir, caudillo del califa Hisam II, llevó a cabo medio centenar de sangrientas campañas militares contra los reinos cristianos. En las mismas hizo decenas de miles de prisioneros y lanzó cabezas cortadas contra las ciudades enemigas para desmoralizar a sus ciudadanos «Con todo el pueblo ismaelita entró en los confines de los cristianos y comenzó a devastar muchos de sus reinos y a matar con la espada. […] Ciertamente devastó ciudades y castillos y despobló toda la tierra hasta que llegó a las zonas marítimas de la España Occidental y destruyó la ciudad de Galicia». Con estas tristes palabras explicaba el obispo del siglo XI Sampiro las barbaridades perpetradas por uno de los mayores enemigos del cristianismo en la Península Ibérica: Abu ʿAmir Muhammad ben Abi ʿAmir al-Maʿafirí (más conocido por estos lares como Almanzor). Su fallecimiento dejó tras de sí una estela de crueldad cuyo final celebró así la Crónica Sielense: «Murió Almanzor y fue sepultado en el infierno». Protagonizó entre los años 977 y 1002 nada menos que cincuenta y seis campañas militares perpetradas, en su mayoría, contra los reinos cristianos del norte peninsular. El cúlmen de su barbarie llegó en el 997, cuando arrasó y saqueó Santiago de Compostela. «Destruyó iglesias, monasterios y palacios y los quemó con fuego», desvelaba el propio Sampiro. Sus huestes solo respetaron el sepulcro del apóstol, y por una razón que, a día de hoy, sigue siendo un enigma. ¿Miedo o respeto? Nunca lo sabremos.
Poco antes, durante el año 982, Almanzor ya era conocido como uno de los caudillos más sádicos del Islam tras haber conquistado Zamora y después de que uno de sus acólitos perpetrara una gran matanza contra sus habitantes. «Dicen que Almanzor entró en Córdoba precedido de más de nueve mil cautivos que iban en cuerdas de a cincuenta hombres, y que el Walí de Toledo, Abdalá ben Abdelaziz, llevó a aquella ciudad cuatro mil, después de haber hecho cortar en el camino igual número de cabezas cristianas», afirma el número 16 de la «Revista histórica» (editada en abril de 1852).Almanzor para los cristianos fue un personaje terrible que destruyó Santiago de Compostela, hizo añicos la ciudad de Barcelona, arrasó Pamplona, y acabó con el reino de León Entre las ciudades que fueron conquistadas y destruidas de una forma más brutal destacan Sepúlveda y Barcelona. En ambas Almanzor utilizó almajaneques (gigantescas catapultas que lanzaban piedras de hasta quinientos kilogramos para destruir las murallas enemigas) y, en el caso de la ciudad catalana, disparó una munición muy tétrica Las máquinas que atacaron Barcelona el año 985 lo hicieron disparando cabezas de cristianos a un ritmo de mil por día», añade la experta. La barbarie contra esta urbe fue total ya que, después de traspasar sus muros, Almanzor pasó a cuchillo a la mayoría de los hombres que la defendían y esclavizó a una buena parte de las mujeres y los niños. Por si fuera poco, a continuación quemó las viviendas.
«En algún caso el autor reseña el número de los muertos: 20.000 en Aguilar; 10.000 en Montemayor, y en otro precisa que Almanzor dio muerte a todos los hombres (Sacramenia)», añade la profesora. El experto arabista Luis Molina afirma en su obra magna «Las campañas de Almanzor» que dos de las más brutales fueron la decimoséptima (la de León, donde volvió con mil cautivos tras asesinar a cientos de soldados) y la decimoctava (la de Simancas, en la que «las aguas del río se tiñeron de rojo por la sangre cristiana vertida»).A pesar de que es casi imposible calcular el número concreto de cristianos a los que Almanzor privó de su libertad, la profesora (basándose siempre en el Dikr) intenta hacer una aproximación en su obra. Según sus cálculos, los botines humanos más cruentos habrían consistido en 40.000 mujeres durante las campañas de Zamora y Toro; 70.000 más (cifra en la que también contabiliza niños) en su ataque contra Barcelona y 50.000 en Aguilar de Sausa. «Por los datos que aporta el Dikr entre el 977 y el 1002, el amirita aprisionó sólo en las campañas más sobresalientes a 99.000 mujeres», añade. ¿Qué sucedía, entonces, con los hombres que se rendían ante el poder del musulmán? La mayoría eran sacrificados. Fuentes : Arte e Historia. ABC 📷NACLE -
Puede ser una imagen de mapa y texto que dice "Poitiers 732 Gijón Burdeos 732 Lugo Covadonga 722 Astorga 714 REINO DE LOS FRANCOS Leon 714 Tolosa Braga DUERO Pamplona Nimes Narbona 719 cno OCÉANO Segoyuela Évora Toledo Mérida Beja Tarragona 714 Sevilla Écija Menorca Córdoba Guadalete Granada Málaga Tánger Gibraltar (Yabal Tariq) Ceuta 709 Tarazona Zaragoza TARIK 714 Guadalajara MUZA REINO REngO VISIGODO Valencia Palma BIZANTINO Orihuela 902 713 IMPERIO MAR MEDITERRANEO ISLÁMICA LA PENINSULAI IBERICA Batallas Control regional X Victoria islámica Acuerdo sumisión X cristiana Capitulación Campañas ผิ Resistencia goda Rusadir (Melilla) 700 CALIFATO DE DAMASCO Resistencia cristiana kms. 100"
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El 19 de enero de 1493 se firmó el tratado de Barcelona,

El 19  de enero de 1493 se firmó el tratado de Barcelona, también conocido en la historiografía francesa como tratado de Narbona, un acuerdo entre Carlos VIII de Francia y los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, en el que estos se comprometían a no intervenir en la primera guerra italiana (1494-1498) que Francia pensaba llevar a cabo. El acuerdo quedó roto dos años después debido a las desavenencias entre ambas partes firmantes.




El acuerdo fue firmado por los Reyes Católicos y por el enviado de Carlos VIII, Louis d'Amboise. Los términos del tratado incluían:


Francia restituía a la Corona de Aragón el Rosellón y la Cerdaña, entregados mediante el tratado de Bayona de 1462 por Juan II de Aragón a Luis XI de Francia en garantía del apoyo militar y económico que el rey francés prestó al aragonés en la guerra civil catalana. Además, Francia pagaría una indemnización económica. A cambio, España (Castilla y Aragón) se comprometía a no intervenir en la campaña militar que Francia pensaba llevar a cabo en la península italiana. Los Reyes Católicos se comprometían a no establecer alianzas matrimoniales con Inglaterra ni Borgoña sin el consentimiento del rey francés, y a no prestar ayuda a los enemigos (reales o potenciales) de Carlos VIII, exceptuando el papa.


Con la neutralidad de España asegurada por medio de este acuerdo, y con la firma de los tratados de Étaples y Senlis, en los que Francia sellaba acuerdos de paz respectivamente con el reino de Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos VIII quedaba en disposición de iniciar su campaña militar en la península italiana, dando inicio a la primera guerra italiana.


A pesar del acuerdo, el 28 de enero de 1495 los embajadores de Fernando el Católico, Juan de Albión y Antonio de Fonseca se entrevistaron en Roma con Carlos VIII, a quien expusieron las quejas que el rey católico tenía de su conducta: la ocupación por la fuerza de las posesiones del papa Alejandro VI y los planes franceses de conquistar el reino de Nápoles, que según el punto de vista del rey Fernando era un asunto que debía someterse al arbitraje papal. Carlos VIII se negó a ello, y el acuerdo entre ambas partes quedó roto. Sabiendo de las verdaderas intenciones del francés, Fernando coló en el acuerdo el tema referido a la protección de las posesiones papales, que Carlos VIII tenía que invadir si o si para llegar Nápoles. Por lo que sabiendo que sería la parte francesa quien incumpliría el tratado, Fernando se preparó para cuando llegara el momento. Lo que unido a la tan ansiada recuperación del Rosellón y la Cerdaña, entregadas por su padre en un momento de debilidad máxima de la corona aragonesa, demuestran el gran genio político y estratégico de Fernando. 


Ese mismo año los Reyes Católicos entrarían en la guerra de Italia acudiendo en ayuda de Fernando II de Nápoles contra Francia. A cambio de la cesión de las plazas italianas de Amantea, Crotona, Regio de Calabria, Squillace y Tropea.

Ella Fiji no

 En 1943, el gobierno de los Estados Unidos se dio cuenta de que estaba a punto de perder una batalla legal humillante contra una joven mecanógrafa de 22 años. Para evitarlo, le ofrecieron lo único que todos en su posición deseaban desesperadamente: su libertad inmediata.



Ella dijo que no.


Su nombre era Mitsuye Endo de origen Japones, ella no era una activista. Era una joven que trabajaba como mecanógrafa para el estado de California. No hablaba japonés, no tenía conexiones políticas y su hermano estaba en el ejército luchando por los Estados Unidos. Era, en todos los sentidos, una ciudadana estadounidense promedio.


Pero en 1942, nada de eso importó. Tras el ataque a Pearl Harbor, su gobierno la miró por su origen japonés y solo vio "al enemigo". Fue despedida de su trabajo, sacada de su casa y enviada al campo de internamiento de Tule Lake y luego a Topaz, en el desierto de Utah.


Allí, rodeada de alambres de púas y guardias armados, Mitsuye fue seleccionada por un abogado llamado James Purcell. Él no la eligió por su carisma, sino porque su expediente era "perfecto" para ganar un juicio contra los campos de concentración. Pero para esto, Purcell necesitaba demostrar que el gobierno estaba encerrando a personas inocentes sin causa. Y Mitsuye era la prueba viviente de que era imposible acusarla de deslealtad.


El caso comenzó a subir por el sistema judicial que, al enterarse, encendieron las alarmas en Washington quienes se enfrentaban con una situación embarazosa.


Los abogados del gobierno se dieron cuenta que iban a perder la no tener ninguna prueba contra ella. Sabían que, si el caso llegaba a la Corte Suprema, los jueces declararían que encerrar a ciudadanos leales al país era inconstitucional, y tendrían que liberar a todo el mundo.


Entonces, el gobierno ideó una estrategia para evitar un escándalo. Fueron a ver a Mitsuye al campo y le ofrecieron la libertad inmediata. Le dijeron que podía hacer las maletas, salir del desierto y volver a una vida normal, pero aquel acuerdo solo sería para ella.


La trampa era sutil, si Mitsuye aceptaba y salía libre, su demanda legal moriría. Los jueces dirían:


-"No hay caso que juzgar, la demandante ya no está detenida". El juicio se cancelaría, no habría sentencia de la Corte Suprema y las otras 120.000 personas seguirían atrapadas en los campos indefinidamente.


Mitsuye miró en la propuesta y entendió que su libertad personal era el precio de tener a su gente atrapada sin libertad. Así que tomó la decisión de quedarse en prisión junto a todos, negando la propuesta.


Soportó dos años más de encierro voluntario, rechazando una y otra vez la oferta del gobierno, forzándolos a mantener el caso abierto hasta llegar a la instancia final.


El 18 de diciembre de 1944, su resistencia silenciosa rompió el sistema. La Corte Suprema falló unánimemente a su favor. Decretaron que el gobierno no tenía autoridad para detener a ciudadanos que eran leales a los Estados Unidos.


El gobierno, acorralado por una mecanógrafa, anunció apresuradamente que los campos se cerrarían. Ella salió de Topaz sin dar discursos ni buscar fama. Se mudó a Chicago, volvió a trabajar como secretaria y vivió el resto de su vida en el anonimato. Falleció en 2006, y ni siquiera muchos de sus conocidos sabían que esa mujer tranquila había sido la llave que abrió las jaulas de miles de personas.


Mientras que otros casos famosos como el de Fred Korematsu se estudian en las escuelas (a pesar de que él perdió su juicio), Mitsuye Endo, la mujer que ganó, permanece en las sombras. Quizás porque nos cuesta entender que el poder real no siempre necesita un micrófono.


Fuentes de verificación: Washington Post. Artículo detallado sobre la estrategia legal y la negativa de Endo en abandonar el campo. La información presentada en este post está basada en archivos históricos y periodísticos verificados. Universo Sorprendente comparte estas historias con fines educativos y de memoria histórica.

La hipocresía de Melchor Ocampo

 La hipocresía de Melchor Ocampo


Melchor Ocampo es recordado como uno de los grandes arquitectos de la Reforma liberal mexicana: el hombre que escribió la famosa epístola del matrimonio civil y que ayudó a separar al Estado de la Iglesia. Su texto se leyó durante más de 150 años en bodas civiles y estableció la idea del matrimonio como un contrato basado en deberes, respeto y orden moral. En la plaza pública, Ocampo defendía principios modernos, legales y “correctos” sobre la familia.
Pero en su vida privada, su historia fue mucho más incómoda. Ocampo nunca se casó. En la década de 1830 tuvo una relación con Ana María Escobar, su nana y mujer cercana a su círculo doméstico. Ella quedó embarazada y dio a luz a una niña: Josefa. En lugar de reconocerla públicamente o asumir su paternidad sin rodeos, Ocampo decidió enviarla a un internado y hacerla pasar por expósita, es decir, como una niña sin familia conocida. Durante años, su hija creció lejos de él y sin llevar su apellido.
Aquí está la contradicción que muchos prefieren no mirar: el mismo hombre que redactó las normas del matrimonio civil y hablaba de deberes conyugales y responsabilidad familiar, ocultó a su propia hija por miedo al escándalo social. No fue un accidente ni un malentendido; fue una decisión consciente para proteger su reputación en un mundo donde las relaciones fuera del matrimonio seguían siendo mal vistas.
Con el tiempo, Ocampo sí terminó reconociendo a Josefa y se acercó a ella cuando ya tenía alrededor de diez años. La relación entre ambos fue cercana en su madurez, y tras su asesinato en 1861, fue precisamente Josefa quien conservó su corazón durante más de veinte años antes de donarlo al Colegio de San Nicolás en Morelia, como él había deseado.
La vida de Ocampo revela algo incómodo pero profundamente humano: detrás del liberal ejemplar y del legislador moralista había un hombre que no siempre estuvo a la altura de sus propias leyes. Y esa tensión —entre lo que predicó y lo que vivió— es parte esencial de su historia.
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MALVINAS: EL PACTO SECRETO QUE MARCÓ LA SOBERANÍA.

 



MALVINAS: EL PACTO SECRETO QUE MARCÓ LA SOBERANÍA.

Un día como hoy, el 22 de enero de 1771, se sellaba en Londres un acuerdo clave para la historia de nuestro archipiélago. Tras meses de tensión al borde de la guerra, España e Inglaterra intercambiaron notas que definieron el destino de Puerto Egmont. El Gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli, había expulsado por la fuerza a los británicos meses antes. Para evitar un conflicto armado, el Conde de Masserano (embajador español) desautorizó formalmente la violencia de Bucarelli y aceptó devolver el puerto a los ingleses. España dejó sentado por escrito que esta devolución se hacía solo para desagraviar al Rey Jorge III, aclarando que bajo ningún concepto significaba renunciar a sus derechos legítimos sobre las Islas Malvinas. Gran Bretaña aceptó la declaración española sin objeciones, permitiendo que el resto de las islas continuara bajo ocupación y administración española. Existió un compromiso táctico para "salvar las apariencias": Inglaterra recuperaría el fuerte brevemente para luego abandonarlo de forma definitiva, como efectivamente ocurrió poco tiempo después. Este episodio histórico reafirma que, incluso en los momentos de mayor presión internacional, la soberanía española (heredada por Argentina) nunca fue cedida ni olvidada.

El 22 de enero de 1809 la Junta Suprema Central dictó un decreto “considerando que los vastos y preciosos dominios que España




 El 22 de enero de 1809 la Junta Suprema Central dictó un decreto “considerando que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española”, por lo que manda que los reinos y provincias españoles en América envíen diputados que los representen en un proceso constituyente que se llevará a cabo en Cádiz.

El inicio del primer proceso constituyente en España, en medio de la lucha y resistencia ante los franceses fue asumido por juntas constituidas en las provincias, hasta que, después de la derrota de los ejércitos de Bonaparte en Bailén el 19 de julio de 1808, se decidió constituir la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino compuesta por representantes de todas las juntas provinciales, cuyo primer presidente fue el conde de Floridablanca. La Junta Central no había tenido en cuenta, al constituirse, la necesaria inclusión de representantes de los territorios americanos, pero unos meses después dictó el decreto de 22 de enero de 1809, en el que se declaraba que los territorios americanos quedarían integrados en la nueva nación española con criterios de igualdad. Esta importantísima disposición establecía que:
“El rey nuestro señor Don Fernando VII y en su real nombre la Junta Suprema Central Gubernativa del reino, considerando que los vastos dominios que España posee en Las Indias, no son propiamente colonias, o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española, y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen unos y otros dominios, como así mismo corresponderá la heroica lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan decisiva prueba a la España en la coyuntura más crítica que se ha visto hasta ahora nación alguna, se ha servido declarar, teniendo presente la consulta del Consejo de Indias de 21 de noviembre último, que los reinos, provincias, e islas que forman parte de los referidos dominios, deben tener representación nacional inmediata a su real persona, y constituir parte de la Junta Central Gubernativa del reino por medio de sus correspondientes diputados”.
El 10 de mayo de 1809 la Junta Central emitió un «Manifiesto a los americanos», que trataba de agrupar y coordinar a las juntas americanas en torno a la Junta Central. Después se promulgó el decreto de 22 de mayo de 1809, que contenía un programa que recogía principios propios del liberalismo e insistía en la previsión de medidas de equiparación de los territorios y población americana con los derechos de los domiciliados en la Península. El Decreto de 22 de enero de 1809 planteó por primera vez en una norma la idea de igualdad de la península y los territorios de América como partes integrantes de una única monarquía extendida a los dos lados del Atlántico. Esta decisión histórica determinaba que la Junta Central incorporaría a representantes americanos: todos los territorios peninsulares y americanos tendrían el mismo derecho a representación política. Para la ejecución de las previsiones de aquel decreto, los territorios americanos habrían de enviar un representante por cada uno de los cuatro virreinatos (Río de la Plata, Nueva Granada, Nueva España y Perú) y de las seis capitanías generales (Chile, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Guatemala y Filipinas) para que se integraran en la Junta Central.
El 24 de septiembre de 1810 se abrieron las Cortes, celebrándose la solemne ceremonia de apertura en la iglesia parroquial de San Pedro en la isla de León, donde el obispo de Orense les tomó juramento. Se reunieron ese día 104 diputados entre los cuales 29 americanos. Por la noche empezaron las deliberaciones en el Teatro Cómico, donde intervino entre otros Diego Muñoz Torrero. El debate abierto por este diputado se centró en que las Cortes Generales y Extraordinarias debían declarar inmediatamente que la soberanía residía en ellas. La propuesta era trascendental porque suponía atribuir la soberanía a la nación y no al monarca. Ese mismo día, 24 de septiembre de 1810, se acordó que la soberanía residía en la nación y se estableció la separación de poderes para que no coincidieran en los mismos órganos las funciones legislativa, ejecutiva y judicial. Dos declaraciones verdaderamente revolucionarias, formuladas sin estrépito, que alteraban del todo los principios de funcionamiento de la monarquía absoluta. Este decreto dio ocasión a las primeras intervenciones de los americanos con el objeto de asegurarse la aplicación del principio de igualdad, con el que se habían comprometido las resoluciones adoptadas por la Junta General.
En el contenido de los debates subsiguientes influyeron las opiniones de Blanco White, muchos de cuyos artículos eran reproducidos por la prensa insurgente. Y también acogidos en los documentos y argumentación de personajes como Simón Bolívar y Servando Teresa de Mier. Blanco sostenía que los hombres más sabios y de más experiencia eran ignorantes porque no podían haber conocido cómo funcionan las cosas de la política en la práctica. Defendió que las Cortes reconocieran autoridad a las juntas insurgentes americanas que se habían constituido, habían asumido el poder en nombre de Fernando VII y no habían roto sus relaciones con España. Para evitar que optaran por la independencia, decisión que llevaría al derramamiento de sangre y una guerra civil, había que reformar las Américas suprimiendo los virreyes y gobernadores y permitiendo a las provincias elegir sus propias juntas. Era necesario invitar a delegados de esas juntas para que asistieran a las Cortes de forma que los americanos tuvieran una representación igual. Criticaba por tanto que hubiera pocos americanos en comparación con los peninsulares.
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