lunes, 17 de noviembre de 2025

La paloma y la hormiga

 

La paloma y la hormiga

Un bonito día de primavera, cuando ya el sol iba cayendo en un caluroso atardecer, una blanca paloma se acercó a la fuente del río para beber de su cristalina y fresca agua. Necesitaba calmar la sed desúes de estar todo el día volando de acá para allá. Mientras bebía en la fuente, la paloma oyó unos lamentos.

La paloma y la hormiga
La paloma y la hormiga

-¡Socorro! -decía la débil voz-. Por favor, ayúdeme a salir o moriré.

La paloma miró por todaspartes, pero no vio a nadie.

– Rápido, señora paloma, o me ahogaré.

-¡Estoy aquí, en el agua!

– se oyó.

La paloma pudo ver entonces una pequeña hormiga metida en el río.

– No te preocupes- dijo la paloma-, ahora te ayudaré a salir del agua.

La paloma cogío rápidamente una ramita y se la acercó a la hormiga para que pudiera salir del agua. La pobre estaba agotada, un poco más y no lo cuenta. Quedó muy agradecida.

Poco después, mientras la hormiguita se secaba las ropas al sol, vio a un cazador que se disponía a disparar su escopeta contra la paloma. La hormiga reaccionó con rapidez, ¡tenía que impedir como fuese que el cazador disparase a su salvadora!

Y no se le ocurrió otra cosa que picarle en el pie, El cazador, al sentir el pinchazo , dio un brinco y soltó el arma de las manos.

La paloma se dio cuenta entonces de la presencia del cazador y alzó rápidamente el vuelo para elejarse de allí.

¡ Qué bien que la hormiguita estuviese ahí para ayudarla!

Cuando pasó el peligro, la paloma fue en busca de la hormiga para agradecerle lo que había hecho por ella.

Ambas se sentían muy contentas de haberse ayudado, pues eso las uniría para siempre. La paloma y la hormiga supieron entonces que su amistad duraría ya toda la vida.

La perla del Dragón

 



La perla del Dragón

Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto del monte Kinabalu.

Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla. Tenía una perla de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la recogía con la boca.

Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla. Pero el dragón la guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo.

El Emperador de la China decidió enviar a su hijo a la isla de Borneo; llamó al joven Príncipe y le dijo:

-Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de que enco

La perla y el dragón
La perla y el dragón

ntrarás la forma de traérmela.

Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo.

A lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con la perla.

De pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan. Llamó a sus hombres y les dijo:

-Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el aire.

Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel. Después de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso de un hombre. Al anochecer, comenzó a soplar el viento. El Príncipe montó en la cometa y se elevó por los aires.

La noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y se deslizó dentro de la cueva.

El dragón dormía profundamente. Con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla, puso en su lugar la linterna de papel y escapó de la cueva. Entonces, montó en la cometa y encendió una luz.

Cuando sus hombres vieron la señal, comenzaron a recoger la cuerda de la cometa. Al cabo de algún tiempo, el Príncipe pisaba la cubierta de su barco.

-¡Levad anclas! -gritó.

El barco, aprovechando un viento suave, se hizo a la mar.

En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las mañanas. Entonces, descubrió que le habían robado su perla. Comenzó a echar humo y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones.

Recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla. Entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al agua y nadó velozmente hacia el barco.

-¡Ladrones! ¡Devolvedme mi perla! -gritaba el dragón.

Los marineros estaban muy asustados y lanzaban gritos de miedo.

La voz del Príncipe se elevó por encima de todos los gritos:

-¡Cargad el cañón grande!

Poco después hicieron fuego.

-¡Bruum!

El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón que iba hacia él. La bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el dragón pensó que le devolvían su perla. Por eso, abrió la boca y se tragó la bala.

Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer. Desde aquel día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China.

Aladino y el Genio de la lámpara

 



Aladino y el Genio de la lámpara

Había una vez un buen chico de nombre Aladino, que como era tan pobre, vivía con su madre en una pequeña y sencilla casita cerca del reino de Arabia.

Todos los días del mundo Aladino se levantaba bien temprano en la mañana para recorrer las calles del reino en busca de comida.

A la caída de la tarde, el hambriento chico regresaba a casa con lo poco que había encontrado para compartir con su madre en la pequeña casita.

aladino-genio-lamparaUn buen día, mientras Aladino se paseaba por el mercado, se encontró con un hombre alto y delgado vestido de negro que le llamó por su nombre.

– Hola muchacho, tu eres Aladino. ¿Cierto?

– Si, ¿Cómo es que conoces mi nombre? – preguntó el chico asustado.

– ¿No me recuerdas? Soy tu tío. He estado ausente durante mucho tiempo, pero por tu aspecto puedo ver que no la has pasado muy bien.

Aladino se sintió afligido por las palabras de su tío, porque en verdad, tanto él como su madre eran muy pobres.

– No te preocupes muchacho. Si me haces un favor te recompensaré con una moneda de oro.

– ¿En serio, tío? – exclamó Aladino muy entusiasmado – haré lo que me pidas.

Sin pensarlo dos veces, el señor vestido de negro partió con Aladino hacia el desierto, y después de varias horas caminando, arribaron a una enorme montaña cubierta de piedras. El tío apartó dos o tres de aquellas piedras y pudo verse entonces un pequeño agujero.

– Ahora debes seguir tu sólo Aladino. Si entras por ese agujero hasta el final podrás ver una vieja lámpara de aceite. Tráemela, por favor. Pero recuerda que no debes tocar más nada de lo que encuentres en esa cueva.

Aladino le pidió al tío que no se preocupara, y rápidamente se coló por el estrecho agujero. Desde el primer momento, el muchacho quedó deslumbrado con todas las cosas que encontró en el interior de aquella cueva: piedras preciosas, objetos enormes de oro macizo, monedas de plata y joyas exquisitas.

Asombrado por el lujo, el chico arribó finalmente al final de la cueva, y al encontrar la vieja lámpara decidió regresar a toda prisa, pero sus ojos no conseguían separarse de aquellas joyas y diamantes, así que decidió echarse un par de monedas de plata en el bolsillo, pensando que nadie notaría tal ausencia entre tantas riquezas.

– ¡Ayúdame a salir, tío! –le pidió Aladino al hombre al llegar al pequeño agujero.

– Primero dame la lámpara – dijo el tío con severidad.

– Por supuesto que te la daré, pero necesito salir de esta cueva.

– ¡No! Dame a lámpara.

– Por favor, antes necesito que me ayudes – exclamó el jovenzuelo alargando sus manos flacuchas.

Cuando se dio cuenta que el muchacho no le entregaría la lámpara, el señor vestido de negro se enfureció tanto que volvió a tapar el agujero con las piedras, y Aladino quedó entonces encerrado en aquella cueva oscura.

¿Cómo saldré de este lugar tan misterioso? – sollozaba el chico cubierto de lágrimas, y tan nervioso se puso que, sin darse cuenta, comenzó a frotar la vieja lámpara de aceite. Al momento, apareció ante Aladino un enorme genio.

– Tus deseos son órdenes, mi amo – exclamó la figura con una voz penetrante.

– ¿Yo? Yo solo quiero regresar con mi madre – le dijo el pequeño aun asustado por la presencia del genio.

Terminando de decir aquello, Aladino sintió como todo se alumbraba a su alrededor, y aún sin poder explicar lo que estaba sucediendo, apareció de repente en su pequeña casita. Al verlo, la madre quedó sorprendida, pero el chico le explicó que la lámpara era mágica y que les concedería todo lo que desearan. Desde ese momento, Aladino comenzó a vivir plácidamente con su madre, pues el dinero nunca les faltaba.

Convertido en un hombre rico, y mientras se encontraba dando uno de sus paseos por las calles del reino, Aladino vio por primera vez a la hija del Sultán. Tan enamorado quedó de aquella chica, que enseguida decidió llamar al genio para pedirle que le convirtiera en un poderoso rey, lleno de lacayos, carruajes y con un elegante y cómodo palacio.

Una vez hecho realidad su deseo, Aladino se dispuso a entrar en el palacio del Sultán con un ejército de caballos y sirvientes para pedir la mano de la princesa. El Sultán no dudó en aceptar la propuesta y así planificaron una inmensa boda a celebrarse en las próximas semanas.

Sin embargo, el tío malvado de Aladino se había enterado del suceso, y lleno de envidia se coló en el palacio por la noche mientras todos dormían. Con mucho cuidado, el hombre entró en la habitación del joven príncipe para buscar la lámpara mágica. Al encontrarla, la guardó entre sus ropas y salió a toda velocidad del lugar.

Al salir del palacio, el tío frotó la lámpara y apareció nuevamente el genio. Entonces, le pidió que le concediera todas las riquezas y la suerte de Aladino, y así fue. A la mañana siguiente, Aladino despertó en su antigua y humilde casita, y confundido por la situación, corrió hacia el palacio para contarle a la princesa.

Sin embargo, al llegar al lugar, el chico encontró al tío vestido con sus ropas disfrutando de un exquisito desayuno. Cuando vio a la princesa, Aladino le pidió su ayuda, y como estaban tan enamorados, la muchacha no dudó en echarle al tío perverso una buena dosis de veneno.

Tan pronto aquel hombre probó el último bocado de su comida, cayó en un profundo sueño que duraría por cien años. Seguidamente, Aladino tomó la lámpara maravillosa y la frotó con fuerza, el genio apareció al instante y el chico le pidió que le devolviera su antigua vida de felicidad.

Desde entonces, los jóvenes príncipes fueron muy felices por largo tiempo y nunca jamás oyeron hablar del tío malvado ni tuvieron que preocuparse por la mala suerte del destino.

El gigante egoísta

 


El gigante egoísta

Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.

-¿Qué hacéis en mi jardín?

El gigante egoísta
El gigante egoísta

Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un gigante muy enfadado. Había decidido volver a casa después de vivir con su amigo el ogro durante siete años.

-He vuelto a mi castillo para tener un poco de paz y de tranquilidad -dijo con voz de trueno-. No quiero oír a niños revoltosos. ¡Fuera de mi jardín! ¡Y que no se os ocurra volver!

Los niños huyeron lo más rápido que pudieron.

-Este jardín es mío y de nadie más -mascullaba el gigante-. Me aseguraré de que nadie más lo use.

Muy pronto lo tuvo rodeado de un muro muy alto lleno de pinchos.

En la gran puerta de hierro que daba entrada al jardín el gigante colgó un cartel que decía “PROPIEDAD PRIVADA. Prohibido el paso”. . Todos los días los niños asomaban su rostro por entre las rejas de la verja para contemplar el jardín que tanto echaban de menos.
Luego, tristes, se alejaban para ir a jugar a un camino polvoriento. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió el suelo con una espesa capa blanca y la escarcha pintó de plata los árboles. El viento del norte silbaba alrededor del castillo del gigante y el granizo golpeaba los cristales.

-¡Cómo deseo que llegue la primavera! -suspiró acurrucado junto al fuego.

El gigante egoísta
El gigante egoísta

Por fin, la primavera llegó. La nieve y la escarcha desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante. Allí la nieve y la escarcha seguían helando las ramas desnudas de los árboles.

-La primavera no ha querido venir a mi jardín -se lamentaba una y otra vez el gigante- Mi jardín es un desierto, triste y frío.

Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido. Con sorpresa oyó el canto de un mirlo. Corrió a la ventana y se llenó de alegría. La nieve y la escarcha se habían ido, y todos los árboles aparecían llenos de flores.

En cada árbol se hallaba subido un niño. Habían entrado al jardín por un agujero del muro y la primavera los había seguido. Un solo niño no había conseguido subir a ningún árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más pequeño.

El gigante sintió compasión por el niño.

-¡Qué egoísta he sido! Ahora comprendo por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo ayudar a ese pequeño a subir al árbol.

El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a escaparse. Sólo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. Mientras el invierno volvía al jardín, el gigante tomó al niño en brazos.

-No llores -murmuró con dulzura, colocando al pequeño en el árbol más próximo.

De inmediato el árbol se llenó de flores, el niño rodeó con sus brazos el cuello del gigante y lo besó.

El gigante egoísta
El gigante egoísta

Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín por el agujero del muro y la primavera entró con ellos. El gigante reía feliz y tomaba parte en sus juegos, que sólo interrumpía para ir derribando el muro con un mazo. Al atardecer, se dio cuenta de que hacía rato que no veía al pequeño.

-¿Dónde está vuestro amiguito? -preguntó ansioso.

Pero los niños no lo sabían. Todos los días, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante. Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: -¿Ha venido hoy el pequeño? También todos los días, recibía la misma respuesta:

-No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos fue el día en que derribaste el muro.

El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.

Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un momento en que ya no pudo jugar con los niños.

Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su dormitorio, cuando de pronto vio un árbol precioso en un rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del árbol se hallaba el pequeño.

-¡Por fin ha vuelto! -exclamó el gigante, lleno de alegría.

El gigante egoísta
El gigante egoísta

Olvidándose de que tenía las piernas muy débiles, corrió escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al pequeño enrojeció de cólera.

-¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las manos y en los pies! Por muy viejo y débil que esté, mataré a las personas que te hayan hecho esto.

Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:

-Calma. No te enfades y ven conmigo.

-¿Quién eres? -susurró el gigante, cayendo de rodillas.

-Hace mucho tiempo me dejaste Jugar en tu jardín -respondió el niño-. Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama Paraíso.

Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar con la nieve, encontraron al gigante muerto, pacificamente recostado en un árbol, todo cubierto de llores blancas.

Barba Azul

 


Barba Azul

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles tapizados de brocado y carrozas completamente doradas; pero, por desgracia, aquel hombre tenía la barba azul: aquello le hacía tan feo y tan terrible, que no había mujer ni joven que no huyera de él.

Una distinguida dama, vecina suya, tenía dos hijas sumamente hermosas. Él le pidió una en matrimonio, y dejó a su elección que le diera la que quisiera. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban la una a la otra, pues no se sentían capaces de tomar por esposo a un hombre que tuviera la barba azul. Lo que tampoco les gustaba era que se había casado ya con varias mujeres y no se sabía qué había sido de ellas.

Barba Azul, para irse conociendo, las llevó con su madre, con tres o cuatro de sus mejores amigas y con algunos jóvenes de la localidad a una de sus casas de campo, donde se quedaron ocho días enteros. Todo fueron paseos, partidas de caza y de pesca, bailes y festines, meriendas: nadie dormía, y se pasaban toda la noche gastándose bromas unos a otros. En fin, todo resultó tan bien, que a la menor de las hermanas empezó a parecerle que el dueño de la casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy honesto.

En cuanto regresaron a la ciudad se consumó el matrimonio.

Al cabo de un mes Barba Azul dijo a su mujer que tenía que hacer un viaje a provincias, por lo menos de seis semanas, por un asunto importante; que le rogaba que se divirtiera mucho durante su ausencia, que invitara a sus amigas, que las llevara al campo si quería y que no dejase de comer bien.

BarbaAzul
Barba Azul

-Éstas son -le dijo- las llaves de los dos grandes guardamuebles; éstas, las de la vajilla de oro y plata que no se saca a diario; éstas, las de mis cajas fuertes, donde están el oro y la plata; ésta, la de los estuches donde están las pedrerías, y ésta, la llave maestra de todos las habitaciones de la casa. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete del fondo de la gran galería del piso de abajo: abrid todo, andad por donde queráis, pero os prohibo entrar en ese pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal suerte que, si llegáis a abrirlo, no habrá nada que no podáis esperar de mi cólera.

Ella prometió observar estrictamente cuanto se le acababa de ordenar, y él, después de besarla, sube a su carroza y sale de viaje.

Las vecinas y las amigas no esperaron que fuesen a buscarlas para ir a casa de la recién casada, de lo impacientes que estaban por ver todas las riquezas de su casa, pues no se habían atrevido a ir cuando estaba el marido, porque su barba azul les daba miedo.

Y ahí las tenemos recorriendo en seguida las habitaciones, los gabinetes, los guardarropas, todos a cual más bellos y ricos. Después subieron a los guardamuebles, donde no dejaban de admirar la cantidad y la belleza de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos, donde se veía uno de cuerpo entero, y cuyos marcos, unos de cristal, otros de plata y otros de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que se pudo ver jamás. No paraban de exagerar y envidiar la suerte de su amiga, que sin embargo no se divertía a la vista de todas aquellas riquezas, debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del piso de abajo.

Se vio tan dominada por la curiosidad, que, sin considerar que era una descortesía dejarlas solas, bajó por una pequeña escalera secreta, y con tal precipitación, que creyó romperse la cabeza dos o tres veces.

Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo un rato, pensando en la prohibición que su marido le había hecho, y considerando que podría sucederle alguna desgracia por ser desobediente; pero la tentación era tan fuerte, que no pudo resistirla: cogió la llavecita y, temblando, abrió la puerta del gabinete.

Al principio no vio nada, porque las ventanas estaban cerradas; después de algunos momentos empezó a ver que el suelo restos de sangre de las mujeres anteriores que había tenido Barba Azul. Creyó que se moría de miedo, y la llave del gabinete, que acababa de sacar de la cerradura, se le cayó de las manos.

Después de haberse recobrado un poco, recogió la llave, volvió a cerrar la puerta y subió a su habitación para reponerse un poco; pero no lo conseguía, de lo angustiada que estaba.

Habiendo notado que la llave estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por más que la lavaba e incluso la frotaba con arena y estropajo, siempre quedaba sangre, pues la llave estaba encantada y no había manera de limpiarla del todo: cuando se quitaba la sangre de un sitio, aparecía en otro.

Barba Azul volvió aquella misma noche de su viaje y dijo que había recibido cartas en el camino que le anunciaban que el asunto por el cual se había ido acababa de solucíonarse a su favor. Su mujer hizo todo lo que pudo por demostrarle que estaba encantada de su pronto regreso.

Al día siguiente, él le pidió las llaves, y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa, que él adivinó sin esfuerzo lo que había pasado.

-¿Cómo es que -le dijo- la llave del gabinete no está con las demás?

-Se me habrá quedado arriba en la mesa -contestó.

-No dejéis de dármela en seguida -dijo Barba Azul.

Después de aplazarlo varias veces, no tuvo más remedio que traer la llave.

Barba Azul, habiéndola mirado, dijo a su mujer:

-¿Por qué tiene sangre esta llave?

-No lo sé -respondió la pobre mujer, más pálida que la muerte.

-No lo sabéis -prosiguió Barba Azul-; pues yo sí lo sé: habéis querido entrar en el gabinete. Pues bien, señora, entraréis en él e iréis a ocupar vuestro sitio al lado de las damas que habéis visto.

Ella se arrojó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón con todas las muestras de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Hermosa y afligida como estaba, hubiera enternecido a una roca; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.

-Señora, debéis de morir -le dijo-, y ahora mismo.

-Ya que he de morir -le respondió, mirándole con los ojos bañados en lágrimas-, dadme un poco de tiempo para encomendarme a Dios.

-Os doy medio cuarto de hora -prosiguió Barba Azul-, pero ni un momento más.

Cuando se quedó sola, llamó a su hermana y le dijo:

-Ana, hermana mía (pues así se llamaba), por favor, sube a lo más alto de la torre para ver si vienen mis hermanos; me prometieron que vendrían a verme hoy, y, si los ves, hazles señas para que se den prisa.

u hermana Ana subió a lo alto de la torre y la pobre aflígida le gritaba de cuando en cuando:

-Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?

Y su hermana Ana le respondía:

-No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea.

Entre tanto Barba Azul, que llevaba un gran cuchillo en la mano, gritaba con todas sus fuerzas a su mujer:

-¡Baja en seguida o subiré yo a por ti!

-Un momento, por favor -le respondía su mujer; y en seguida gritaba bajito:

-Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?

Y su hermana Ana respondía:

-No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea.

-¡Vamos, baja en seguida -gritaba Barba Azul- o subo yo a por ti!

-Ya voy -respondía su mujer, y luego preguntaba a su hermana:

-Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?

-Veo -respondió su hermana- una gran polvareda que viene de aquel lado.

-¿Son mis hermanos?

-¡Ay, no, hermana! Es un rebaño de ovejas.

-¿Quieres bajar de una vez? -gritaba Barba Azul.

-Un momento -respondía su mujer; y luego volvía a preguntar:

-Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?

-Veo -respondió- dos caballeros que se dirigen hacia aquí, pero todavía están muy lejos.

-¡Alabado sea Dios! -exclamó un momento después-. Son mis hermanos; estoy hacíéndoles todas las señas que puedo para que se den prisa.

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte, que toda la casa tembló.

La pobre mujer bajó y fue a arrojarse a sus pies, toda llorosa y desmelenada.

-Es inútil -dijo Barba Azul-, tienes que morir.

Luego, cogiéndola con una mano por los cabellos y levantando el gran cuchillo con la otra, se dispuso a cortarle la cabeza.

La pobre mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecientes, le rogó que le concediera un minuto para recogerse.

– No, no -dijo-, encomiéndate a Dios.

Y, levantando el brazo…

En aquel momento llamaron tan fuerte a la puerta, que Barba Azul se detuvo bruscamente; tan pronto como la puerta se abrió vieron entrar a dos caballeros que, espada en mano, se lanzaron directos hacia Barba Azul. Él reconoció a los hermanos de su mujer, el uno dragón y el otro mosquetero, así que huyó en seguida para salvarse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes de que pudiera alcanzar la salida. Le atravesaron el cuerpo con su espada y lo dejaron muerto.

La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.

Sucedió que Barba Azul no tenía herederos, y así su mujer se convirtió en la dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; empleó la otra parte en comprar cargos de capitán para sus dos hermanos; y el resto en casarse ella también con un hombre muy honesto, que le hizo olvidar los malos ratos que había pasado con Barba Azul.

domingo, 16 de noviembre de 2025

El hijo del millonario se subió a la mesa y le gritó a la mesera.




 El hijo del millonario se subió a la mesa y le gritó a la mesera. Pero lo que ella hizo. Alejandro Gutiérrez observaba a su hijo de 8 años con una mezcla de orgullo y preocupación mientras cenaban en el restaurante más fino de Ciudad de México. El niño había comenzado a presentar comportamientos extraños en las últimas semanas desde que comenzaron a frecuentar ese lugar. Y esa noche no sería la excepción.

Fue cuando Diego, su hijo rubio de ojos azules intensos, de repente se subió a la mesa con una agilidad que sorprendió a todos los presentes, señalando con el dedo directamente a la joven mesera de uniforme rojo que se acercaba con la bandeja, el niño gritó con una voz que resonó por todo el salón. “Me abandonaste cuando más te necesitaba.
” El silencio se apoderó del ambiente elegante, mientras ella, conocida por su serenidad y profesionalismo, comenzó a temblar visiblemente. Alejandro sintió que la sangre se le helaba en las venas. ¿Cómo era posible que Diego conociera a esa mesera? La mujer joven, de cabello castaño, recogido en un moño impecable, parecía haber sido alcanzada por un rayo.
Sus manos temblaban tanto que casi derriba la bandeja de platos caros que llevaba. El empresario, dueño de una de las constructoras más grandes del país, se levantó rápidamente intentando tomar al hijo, pero Diego esquivó con una determinación férrea. “Diego, bájate de ahí ahora mismo”, dijo Alejandro entre dientes, tratando de mantener la compostura frente a los otros clientes, que ahora los observaban con curiosidad apenas disimulada.
La mesera, cuyo nombre era Sofía Hernández, sintió que las piernas le flaqueaban. Esos ojos azules, ese rostro que había cuidado durante dos años de su vida, ahora estaba allí frente a ella, crecido, pero aún con la misma expresión determinada de cuando era pequeño, cómo había llegado hasta allí, cómo la había encontrado.
Diego continuó de pie sobre la mesa, ignorando completamente al Padre. Te busqué por todas partes. ¿Por qué te fuiste sin despedirte? Lloré todas las noches esperando que regresaras. Las palabras salían con una intensidad emocional que hizo que varios clientes susurraran entre sí. Alejandro finalmente logró sujetar al hijo por los brazos y bajarlo de la mesa, pero el daño ya estaba hecho.
El gerente del restaurante, un hombre nervioso de mediana edad, corrió hacia ellos con el rostro rojo de vergüenza. Señor Gutiérrez, por favor, acepte nuestras disculpas por la situación. Vamos a resolver esto inmediatamente. Sofía permanecía inmóvil, sosteniendo la bandeja con fuerza, tratando de procesar lo que estaba sucediendo.
5co años habían pasado desde que había sido obligada a dejar la casa de los Gutiérrez. Y ahora allí estaba Diego, ya no el niño de 3 años que solía arrullar para dormir, sino un chico de 8 años. que aparentemente nunca la había olvidado. El gerente se volteó hacia Sofía con una expresión severa. Hernández, retírese inmediatamente, vaya a la cocina y espere instrucciones. Pero antes de que ella pudiera moverse, una voz firme resonó en el restaurante.
Un momento, por favor. Una señora elegante de unos 70 años sentada en una mesa cercana se levantó con dignidad. Doña Mercedes Ortega, viuda de un antiguo juez, era conocida en la alta sociedad mexicana por su personalidad fuerte y sentido de justicia.
Creo que todos nosotros aquí quisiéramos entender mejor esta situación antes de tomar cualquier decisión precipitada. Alejandro miró a la señora con respeto, reconociéndola inmediatamente. Doña Mercedes, por favor, acepte mis disculpas. Mi hijo está pasando por una etapa difícil y y yo creo, interrumpió la señora con firmeza, que esta joven merece ser escuchada. Claramente hay una historia aquí que necesita contarse.
Ella miró directamente a Sofía, que seguía paralizada. Mi querida, conoce a este niño. Sofía tragó en seco, sintiendo todas las miradas sobre ella. Trabajar en ese restaurante era fundamental para mantener a su madre enferma en casa y ella sabía que cualquier escándalo podría costarle su empleo.
Pero al mirar a Diego, que la observaba con una esperanza tan pura en sus ojos azules, no pudo mentir. “Yo yo lo cuidé cuando era pequeño”, dijo en voz baja, pero lo suficientemente audible para que las mesas cercanas escucharan. Fui su niñera de los dos a los 4 años. Alejandro sintió como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Sofía Hernández. El nombre que Diego gritaba en las noches cuando tenía pesadillas.
El nombre que garabateaba en sus dibujos. La persona que siempre preguntaba cuándo volvería, cómo no había hecho la conexión antes. Diego se soltó de las manos de su padre y corrió hacia Sofía, abrazando sus piernas con la fuerza de 5 años de añoranza. Sabía que estabas aquí. Lo sabía. Por eso siempre pedía venir a este restaurante.
Podía sentir que estabas cerca. Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Sofía. ¿Cómo explicarle a un niño que la habían despedido de manera humillante por su madre? ¿Cómo decir que había intentado mantener contacto, pero le prohibieron acercarse a la familia? Querido oyente, si estás disfrutando de la historia, aprovecha para dejar tu like y, sobre todo suscribirte al canal.
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Rosario Sanchez Moreno y 5,8 mil personas más

He aquí como se figura la IA de Google al hombre de letras del XIX.

 



He aquí como se figura la IA de Google al hombre de letras del XIX. Siempre me gustó la estética del decimonoveno. Parece que aquellos cenáculos literarios se conformaban por intelectos cultos y elegantes. Estos literatos eran profesionales, entregados, responsables y exigentes; no del modo en como se proyectan hoy. Entonces un escritor era bien mirado, era un modelo elevado del que extraer conocimiento y sabiduría; su criterio era ejemplar. Esbozaré un perfil idóneo:

En la fotografía aparece Miguel de Flandes (Barcelona, 19 de noviembre de 1888 - Londres, 14 de abril de 1937) Nacido en el seno de una familia noble que descendía del Flandes español, Miguel fue un hombre de letras místico y bohemio. Su vida fue un misterio para sus contemporáneos. Corría la leyenda de que en su estudio, situado en la Rambla del Raval, se dedicaba a las prácticas alquímicas, tratando de hallar el elixir dorado... También se dice que experimentó con una sustancia denominada daguamasca, con la que exploró en el imaginario en busca de "Los paraísos artificiales" descritos por Baudelaire.
Miguel se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Fue notable como etimólogo y lexicógrafo. Experto en las lenguas clásicas, elaboró un diccionario etimológico, que comentó con otros letrados, en especial por correo. Lo poco que se conoce es por su correspondencia, que fue abundante. Tenía parientes en Calais, Francia, y en Bath, Inglaterra, por lo que fue dado en viajar por Europa. Su novela, La impronta del letrado, es un ejercicio simbolista y fiel reflejo de la sociedad de su época. En ella se advierte a un poeta lírico, que explora los laberintos del corazón humano.
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