lunes, 20 de octubre de 2025

Ana y el Caballito Verde

 

Ana y el Caballito Verde

Cuento infantil Ana y el caballito verdeÉrase una vez una hermosa niña de nombre Ana, cuya casita se encontraba en lo más profundo del bosque junto a un río de aguas tan cristalinas como sus ojos. A la salida del Sol, Ana pasaba las horas a la orilla del río peinando sus largos y dorados cabellos. Cuando caía la tarde y asomaban las primeras estrellas, se acotejaba junto a la chimenea hasta quedar suspendida en un profundo sueño.

Cierto día junto al río, apareció de repente un caballito verde, tan pequeño como la palma de una mano y tan reluciente como la yerba de la mañana envuelta en el rocío.

– ¡Qué caballito tan hermoso! – exclamó Ana mientras lo acunaba en su regazo.

– Te daré mi amistad – dijo el caballito sin pensarlo dos veces – Vamos a jugar.

Y comenzaron a corretear por todo el bosque hasta la caída de la noche. Al día siguiente, se volvieron a encontrar junto al río. Pero Ana encontró al animalito verde suspirando con la cabeza baja.

– ¿Por qué estás tan triste, caballito? – preguntó la niña acariciando su verde crin.

– Amiga mía, a pesar de ser tan pequeño, soy un animal muy veloz. Pero, ¿De qué me sirve tal virtud si no puedo ayudar a mis amigos?

– ¿Cómo puedo ayudarte? Haré lo que me pidas – exclamó Ana.

– Hazme una cabalgadura con tus manos hábiles. Así podré llevar a tiempo a conejo a sus clases de violín, rescataré al bebé sinsonte cuando se aleje de su madre, y hasta podré ayudar al ciempiés cuando pierda sus zapatos.

Antes de que terminase de hablar, Ana casi había terminado de prepararle un cascarón de nuez rematado con hebras de su pelo dorado. Una vez atado en su lomo pequeño, el caballito le devolvió una sonrisa maravillosa y echó a correr hasta perderse en el bosque. A la tarde siguiente, Ana faltó al encuentro de su amigo. Y el animalito la buscó por toda la vereda del río hasta oír un sollozo que provenía de lo lejos.

Al acercarse, descubrió a la pobre muchacha tendida en el suelo con el rostro cubierto en lágrimas.

– Ana ¿Por qué lloras niña bella? – preguntó el caballito acurrucándose en sus brazos.

– He perdido mis hebillas, sólo me queda una y no puedo recogerme el pelo. Y de nada sirve que lo peine y lo cuide si en las noches se me quema con el fuego de la chimenea.

– Te ayudaré – aseguró el caballito – Escucha con atención lo que debes hacer: hoy en la tarde siembra tu última hebilla en el suelo cerca del río y a la mañana siguiente encontrarás una sorpresa.

Así lo hizo la pequeña muchacha y se marchó a dormir. Con el despuntar del Sol, regresó hacia el lugar donde había enterrado la hebilla, y allí encontró para su sorpresa un arbusto frondoso que relucía a los pies del río. De sus ramas brotaban como frutos muchas hebillas relucientes de varios colores. Entonces Ana cubrió su pelo con las hebillas y al verse tan hermosa en el reflejo del agua no pudo contener su emoción y salió en busca del caballito para darle gracias. Como no lo encontró por los alrededores, decidió ir más allá del bosque conocido, y tanto caminó hasta que se extravió, y cuando sus pies comenzaban a abandonar sus fuerzas encontró un castillo majestuoso de puertas alargadas hasta el cielo.

Al adentrarse en su interior, descubrió un espantoso gigante que dormitaba tendido en el centro de una espaciosa sala. Mas cuando Ana se disponía a marcharse alcanzó a oír la voz de su querido amigo, el caballito verde, que chillaba desde lo profundo de la barriga del gigante pidiendo socorro.

– ¿Cómo has llegado a la barriga de este gigante, caballito? – susurró Ana lo más bajo posible.

– ¡Ay amiga! Una comadreja me devoró cuando me disponía a ir a tu encuentro. Luego la zorra, se tragó a la comadreja. Más tarde, el señor león se embuchó a la zorra, y al rato, apareció este gigante y se almorzó al león de un solo bocado. Y aquí estoy atrapado sin saber cómo salir.

– Descuida. Yo te ayudaré.

Y así lo hizo la valiente niña. Luego de registrar el palacio en busca de algo que pudiera servirle de ayuda, solo pudo encontrar un jabón y unas ciruelas mágicas que le permitían encogerse de tamaño. Entonces se encaramó con cuidado en la boca del gigante y se tragó las ciruelas. Y cuando estaba lo suficientemente pequeña, se adentró en su garganta, y luego la del león, pasando por la de la zorra hasta encontrarse finalmente en el estómago de la comadreja con su amigo el caballito verde que se emocionó mucho al verla y exclamó:

– Qué bueno que has venido en mi auxilio. Nunca olvidaré una amiga como tú.

En ese momento, restregó el jabón en sus manitas tantas veces hasta hacer muchas pompas de jabón. Y sólo cuando logró hacer una lo suficientemente grande en la que entraran ella y el caballito, comenzaron a ascender por el pescuezo de la comadreja hasta la superficie. Pero los amigos se apiadaron de los animales atrapados en las fauces del gigante, así que agarraron a la comadreja por la cola, y ésta sostuvo al zorro, que aferró sus patas a la melena del león. Así flotaron fuera del castillo hasta encontrarse completamente a salvo.

Al llegar a su casa, Ana se despidió cordialmente del caballito, y prometieron volver a verse a la mañana siguiente junto al río. Sin embargo, la pequeña no volvió a aparecer en los días venideros. Preocupado el caballito, recorrió los caminos de principio a fin, y jamás la encontró. Cansado de gritar su nombre a los cuatro vientos, y cuando había cabalgado algún tiempo ya, encontró la casita de la niña en lo profundo del bosque, y dentro, en una cama, el cuerpecito rendido de la niña. Había llorado tanto, que sus ojos ya no tenían brillo, y apenas podía sostener la mirada.

– Querida ¿Qué te ha pasado?

– Tengo una terrible enfermedad, amigo mío – pronunció la niña con sus labios grises y mustios – Hay un viejo gnomo del otro lado del río que tiene la cura para mi dolor. Pero yo apenas puedo sostener mis párpados ¿Cómo podré llegar hasta él entonces?

– Yo te llevaré sobre mi lomo – exclamó el caballito

– Eres muy chico, amigo mío. Jamás podrías.

Y no más terminó de hablar, Ana quedó atrapada en un sueño moribundo. El caballito, afligido por su amiga, se recostó junto a su pecho. En verdad era un animal pequeño, y por más que lo quisiera, no podría llevar a la pequeña junto al gnomo para curarla. Entonces, se apiadó tanto que comenzó a beberse las lágrimas de la niña. Y he aquí que al cabo de unos minutos, sintió un estruendo en todo su cuerpo, y notó de repente que ya no cabía en la cama junto a la niña. Y más tarde, trató de enderezarse pero el techo de la casita le chocaba con la cabeza. ¡El caballito había crecido increíblemente! Así que, sin perder tiempo, subió a la moribunda Ana sobre su lomo y se desprendió a cruzar el río en busca del viejo gnomo. Afortunadamente, no fue demasiado tarde. Ana logró recuperarse con el tiempo gracias a su fiel compañero, y desde entonces, jamás se abandonaron.

César Manuel Cuervo

El perrito Junior

 

El perrito Junior

El perrito Junior

Había una vez un cachorrito peludo y hermoso de nombre Junior. El perrito había nacido junto a sus hermanos bajo el cuidado de su madre, pero un buen día la suerte de Junior cambió. Un chico que pasaba cerca de la guarida descubrió al perrito y decidió llevarlo consigo a casa.

Con el tiempo, el chico se aburrió del cachorrito y lo dejó abandonado en las calles donde creció junto a las ratas, los gatos y otros perros que dormían a la intemperie y nunca tenían nada que comer.

En pocas semanas, Junior se acostumbró a vivir como un perrito callejero, pero con la llegada del invierno, cada vez se hacía más difícil conseguir comida y el frío era tan intenso que el pobre perrito no podía dormir en las noches.

Un buen día, la gata Cloe le dijo a Junior: “Pronto moriremos si no hacemos algo. Conozco un lugar lejos de aquí donde la comida nunca falta y el verano jamás se acaba. Ven conmigo, amigo”, y así fue como partieron temprano en la mañana Junior y Cloe. Anduvieron por largas horas atravesando el viento frío hasta que encontraron una cabaña abandonada a las afueras de la ciudad.

El interior de la casita era cálido y en la despensa de la cocina los dos amigos pudieron encontrar algo de comida para calmar su hambre tan espantosa. Cuando se encontraban comiendo las sobras de un pan viejo, apareció una perra furiosa gruñendo y mostrando sus dientes a los intrusos que recién habían llegado.

“Por favor, no nos lastimes” – gimió la gata asustada, y como por arte de magia, la perra cambió su aspecto y se quedó fijamente mirando a Junior. “Hijo mío”, dijo la madre al reconocer a su hijo y se abalanzó para llenarlo de mimos y caricias.

Junior estaba confundido, pero al fin pudo reconocer el olor de su madre, y en poco tiempo arribaron también sus hermanos que habían crecido como él y eran ahora grandes y fuertes. Junior estaba tan contento que se había olvidado por completo de la gata, pero ésta interrumpió la reunión familiar para recordarles aquel lugar hermoso al que debían ir para escapar del frío.

Todos estuvieron de acuerdo en emprender el viaje, y así lo hicieron con las primeras horas de luz de la mañana. A pocos pasos del lugar, encontraron un viejo caballo atado a un coche de madera. “Por favor señor caballo, llévenos en su coche lejos de aquí a un lugar donde nunca hace frío y la comida no escasea”, dijeron los animales casi al unísono.

El caballo, que esperaba a su dueño mientras este dormía plácidamente en una cama al calor de la chimenea, no lo pensó dos veces y decidió unirse al grupo para escapar hacia aquella tierra maravillosa.

Cuando ya habían recorrido varios kilómetros, los animales encontraron una cueva oscura y se dispusieron a pasar la helada noche. Entre tanta oscuridad, un topo les recibió con amabilidad, y al oír la noticia de aquel lugar tan hermoso les pidió que lo llevaran a él y a su familia para no padecer hambre nunca más.

Al día siguiente, el caballo ató el coche a su cuerpo y partió junto a la gata Cloe, Junior, la madre y sus hermanos, y la familia del topo. Con gran entusiasmo, el grupo atravesó ríos y montañas, poblados y desiertos, pero el frío no disminuía, y a medida que el día avanzaba las fuerzas flaqueaban y no lograban avanzar.

“Debemos descansar”, dijo el caballo al ver un viejo molino al costado del camino. Tan pronto se albergaron en el interior, el caballo volteó su coche para que los animales se acurrucaran, mientras el topo conseguía algo de leña seca para encender el fuego. La madre de los perros salió de caza y encontró afortunadamente un poco de comida para compartir entre todos, y finalmente, la gata Cloe se dispuso a acomodar la paja bajo el coche para que estuviesen más cómodos.

Entonces, Junior se dio cuenta que habían encontrado ese lugar maravilloso en el que nunca más se sentirían solos y abandonados. El perrito comprendió finalmente que mientras estuviesen juntos siempre tendrían una esperanza de sobrevivir, y fue así como se quedaron en aquel lugar durante todo el invierno y por muchos largos años, celebrando la gran familia en la que se habían convertido.

La vaca y la mosca

 

La vaca y la mosca

La vaca y la mosca

Érase una vez una vaca que pastaba tranquilamente por el prado cuando de repente se coló una mosca en el interior de su oreja. Frenéticamente, la vaca agitaba su cabeza, levantaba el cuerpo y se dejaba caer contra el suelo. Cualquier cosa que intentara el pobre animal era en vano, pues la mosca, en lugar de irse, le provocaba unas cosquillas horribles cada vez que se movía dentro de la oreja.

Dando zancadas bruscas, la vaca decidió salir en busca de su amigo el burro. “Debes hundir tu cabeza en el barro hasta que la mosca no resista y se vaya”, le dijo el burro con toda seguridad y acompañó a su amiga hasta el lodazal. Sin embargo, y aunque la vaca llenó su nariz, sus ojos y sus orejas de lodo como le había indicado el burro, la mosca seguía tranquilamente revoloteando en el interior de su oreja.

Desesperada por la situación, la vaca corrió junto con el burro en busca de su vecino el caballo. “Ayúdenos, señor caballo” – dijeron los dos animales al unísono. “La solución es evidente, si frotas tu cabeza en el pajar, asustarás a la mosca y se irá volando para siempre”. La propuesta del caballo no era mala, y como no tenía nada que perder, la vaca partió con sus dos amigos hacia el pajar más cercano.

“¡No funciona, no funciona!”, gimió la desdichada casi sollozando mientras estrujaba la paja furiosamente con su cabeza. La mosca continuaba zumbando en su oreja, y por mucho que aquel pajar se enredara en su cabeza, la vaca seguía sin poder salir de aquel problema. El burro y el caballo la miraron con tristeza, pero nuestra amiga no se rindió, y decidió ir a visitar a su primo el toro.

A toda velocidad, los tres animales atravesaron las montañas hasta llegar a una pequeña granja donde el toro masticaba la hierba tranquilamente. “Ayúdanos, señor toro” – gritaron al mismo tiempo la vaca, el burro y el caballo. “Es muy fácil. Sólo tienes que meter la cabeza en el riachuelo. La corriente del agua entrará en tu oreja y la mosca no tendrá otro remedio que salir de una vez”.

¡Qué idea tan genial! Así pensaron los cuatro animales y sin perder un segundo salieron con toda la velocidad de sus patas hacia el río. Al llegar, la vaca sumergió toda su cabeza en el agua, y como la corriente era tan fuerte, enseguida se empapó todo el cuello, la nariz, los ojos y finalmente, las orejas.

“Me sigue molestando” – gritaba la vaca mientras hundía la cabeza una y otra vez en la corriente del río. El burro, el caballo y el toro miraban con tristeza a su desesperada amiga que no veía la hora de sacarse la mosca y dejar de sentir ese molesto zumbido en su oreja.

Como nada de lo que había intentado funcionaba, la vaca se sintió triste y agotada, así que decidió tumbarse a descansar sobre el pasto y al cabo de unos segundos, quedó sumergida en un profundo sueño. Los tres amigos que la acompañaban se quedaron a su lado apenados y viendo como la vaca respiraba agitadamente.

Entonces, sucedió algo muy extraño, pues la mosca, atrapada en aquella oreja, por fin pudo sentir algo de calma y fue entonces cuando exclamó:

“¡Vaya! Hasta que al fin se ha quedado tranquilo este animal. Desde que estoy encerrado aquí no ha parado de moverse y saltar violentamente. Ahora que está en reposo podré salir de este hueco oscuro y respirar aire fresco. Juro que jamás volveré a entrar, ha sido terrible.”

Y levantando el vuelo desesperada, la mosca pudo por fin salir a la luz del día y huir para siempre de la oreja de la vaca.

– ¡Por fin ha salido! – exclamaron los animales asombrados al ver a la mosca revoloteando por los aires.

El burro dibujó una sonrisa y gritó orgullosamente: “Que idea tan genial he tenido con lo del barro”, a lo que el caballo se apuró a añadir: “Y menos mal que he pensado a tiempo lo de la paja”. Finalmente, el toro también habló: “Y lo mejor de todo es que se me hubiese ocurrido lo del agua”.

“¡Qué listos somos!” – concluyeron vanidosamente los tres animales y comenzaron a bailar alrededor de la vaca que dormía plácidamente sin enterarse de nada. Luego se marcharon a festejar dando saltos de alegría.

La gratitud de la fiera

 

 La gratitud de la fiera

La gratitud de la fiera

Había una vez un esclavo al servicio de Roma, que escapó de su amo para refugiarse en el bosque. Su nombre era Androcles, y una vez en las montañas, decidió guarecerse de los guardias que le perseguían, y se ocultó en una enorme cueva.

Aún en la tenebrosa oscuridad de la cueva, Androcles pudo notar la presencia de imponente león. La fiera se encontraba tumbada en el suelo con una pata herida, y ante la mirada del esclavo lanzó un rugido de dolor incontenible.

“No temas, amigo león. Te ayudaré para que te recuperes pronto” le dijo Androcles conforme se iba acercando poco a poco al animal. En un comienzo, el león mantuvo su fiereza, hasta que, poco a poco, Androcles logró ganarse su confianza. El esclavo extrajo una flecha clavada en la pata del león, y curó su herida con agua limpia.

Al cabo de un tiempo, Androcles y la fiera comenzaron a convivir con tranquilidad escondidos en la cueva. Cierto día que el muchacho salió en busca de alimentos, le capturaron los soldados del emperador, y le llevaron consigo a la ciudad para que sirviera en el circo.

A los pocos días, Androcles fue arrojado a un foso pestilente. El lugar se encontraba repleto de personas curiosas y desesperadas por ver la batalla. Ante los ojos de aquel joven apareció un temible león, que venía acercándose hacia él con grandes zancadas. En ese preciso instante, el león quedó parado frente a Androcles y para sorpresa de todos, comenzó a rugir cariñosamente acariciando su cabeza contra el cuerpo del esclavo.

“Emperador, perdone la vida de este esclavo, pues ha logrado someter al león” – gritaban a coro los presentes, y el emperador así lo hizo. Androcles fue puesto en libertad, y nunca se supo que aquel león, era en verdad aquel de la cueva que tanta amistad había hecho con Androcles.

Pedro y el lobo

 

Pedro y el lobo

Pedro y el lobo

En un pequeño pueblito de campo, había una vez un pícaro muchacho que salía todas las mañanas a pastar sus ovejas. Mientras descansaba tumbado en la yerba, el muchacho ocupaba su pensamiento con bromas y ocurrencias para asustar a los nobles habitantes de aquel pueblito.

Un buen día, decidió divertirse de lo lindo, y bajó corriendo la colina desde donde pastaba. “¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” gritaba con toda la fuerza de sus pulmones una y otra vez. Los campesinos del lugar, se armaron de maderos y cuchillos y salieron al encuentro del muchacho para socorrerlo.

Sin embargo, al ver al pícaro soltando enormes carcajadas, comprendieron que se trataba de una broma de mal gusto, por lo que regresaron a sus casas muy enfadados. El joven había reído tanto, que quiso repetir la broma una vez más, y esperó a que los campesinos volvieran a sus labores para comenzar a gritar.

“¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” y salieron nuevamente las personas a socorrerlo, solo que esta vez, terminaron aún más enfadados por las risotadas burlonas del jovenzuelo. Al día siguiente, el muchacho se dispuso a pastar sus ovejas como de costumbre, cuando sintió un gruñido espantoso a sus espaldas. Al volverse, notó la presencia de un temible lobo que le acechaba mostrando sus dientes.

“¡Ayuda por favor! ¡Auxilio! ¡El lobo está devorando mis ovejas!” pero las personas, creyendo que se trataba de otra de sus bromas, hicieron caso omiso a los gritos del joven. Y cierto es, que por más que se empeñó en pedir auxilio, los campesinos continuaron realizando sus labores sin prestar atención.

De esa manera, el lobo se zampó, una tras otra hasta no dejar ninguna, todas las ovejas del muchacho, a quien jamás se le ocurrió volver a bromear con los habitantes de aquel pueblito, pues aprendió que la mentira y el engaño nunca traen provecho alguno.

Pedro y el lobo

El pájaro flautista

 

El pájaro flautista

El pájaro flautista

En un lugar muy lejano llamado Pentagrama, habitaban animales que podían tocar instrumentos musicales. Los pájaros, los conejos, los zorros y los osos, cada uno de ellos llevaba su instrumento colgado en el cuello, y a cada minuto del día, entonaban bellas y agradables melodías que alegraban todo el bosque.

En aquel lugar, vivía un pájaro flautista muy popular que todos admiraban por su talento. El pájaro era invitado a todas las fiestas y siempre animaba a todos a su alrededor entonando canciones maravillosas con su flauta. Cuando daba conciertos, los tickets se agotaban en instantes, y las personas se abarrotaban cerca de la entrada para poder admirar la gracia con que el distinguido pájaro manipulaba la flauta.

Cierta mañana, el pájaro despertó como de costumbre en su habitación y, cuál fue su sorpresa al encontrar que su preciada flauta ya no estaba. ¿Cómo iba a poder interpretar sus bellas canciones? ¿Quién habría podido ser capaz de robarle su querido instrumento?

Entre sollozos y sollozos, el pájaro descubrió una nota muy extraña sobre la puerta de su casita: “Hemos tomado tu flauta y no podrás tocarla nunca jamás. Serás la burla de todo el reino”. Al leer aquella nota, las patas endebles del pájaro comenzaron a flaquear, sintió un nudo en su garganta y no tuvo más remedio que inventar un catarro para poder justificar su ausencia en los conciertos que le esperaban aquel día.

Tras una semana de agonía y lento pesar, el pájaro decidió llamar a sus tres amigas las urracas. “No lo podemos creer. Que crimen tan horrendo”, exclamaron al unísono las urracas revoloteando de furia. “Por favor, amigas, ayúdenme a recuperar mi flauta”, sollozaba el pájaro con las alas en la cabeza.

“No queda otro remedio que buscarla en todos los rincones del reino. Incluso debajo de las piedras”, dijo una de las urracas y todos estuvieron de acuerdo. Sin tiempo que perder, el pájaro se disfrazó de flor, una urraca de gusano, otra de cucaracha, y la última se disfrazó de roca, y así salieron cada uno por su lado en busca de la flauta.

El pájaro vestido de flor visitó todos los teatros y los lugares donde tocaban los animales, pero ninguno de ellos tenía su flauta. Al cabo de los días, cansado de tanto buscar, el pobre pájaro se dio por vencido. “Esto es todo. No busco más”, y dicho aquello se retiró a su casa para llorar de tristeza.

Mientras tanto, la urraca disfrazada de gusano visitó los talleres de instrumentos en busca de una flauta llegada recientemente. Sin embargo, anduvo por horas entre violines, pianos y tambores, y tampoco tuvo buena suerte con su búsqueda. “Me cansé de buscar”, gritó quitándose el disfraz y volviendo a casa de su amigo el pájaro.

Del otro lado del reino, la urraca disfrazada de cucaracha tampoco pudo regresar a casa con buenas noticias. Tras largo tiempo visitando las tiendas y los mercados, no pudo encontrar a nadie que estuviese vendiendo una flauta, así que regresó por el mismo camino a casa de su amigo el pájaro.

Finalmente, la tercera urraca disfrazada de roca, se quedó inmóvil en un solo lugar del bosque, y aunque pasó largo tiempo sin probar bocado ni poder estirar sus alas, un buen día escuchó a dos topos que cuchicheaban atentamente escondidos en la yerba.

“¿Estás seguro de que nadie nos escucha?”, preguntó el topo más pequeño. “No te preocupes, estamos solos”, contestó el segundo más gordo y viejo. “Pronto echarán del reino al pájaro flautista porque no tiene su instrumento” “Al fin nos libramos de ese idiota”, decían los topos riéndose en voz baja.

Pero, lo que no sabían aquellos bribones era que la urraca disfrazada de piedra los estaba escuchando, así que regresó rápidamente a casa del pájaro para contarle lo sucedido, y una vez que llegaron a casa de los topos, esperaron a que estos se quedaran dormidos para entrar y quitarles la flauta que tanto había añorado el pájaro.

Cuando cayó la noche, y tal como habían planeado, los cuatro amigos se colaron en la casita de los topos que roncaban y roncaban sumidos en un profundo sueño. Después de andar un rato buscando la flauta por fin la encontraron, pero ya era demasiado tarde. Los topos se habían despertado y habían trancado la puerta para que el pájaro y las tres urracas no pudieran salir.

Asustado y temeroso, el pájaro tuvo entonces una brillante idea. “Tocaré mi flauta como solo yo lo sé hacer y las personas de todo el reino vendrán enseguida a rescatarnos”. Y así lo hizo el pájaro flautista. Tocó y tocó melodías hermosas y pronto la guarida de los topos se repletó de animales que corrían a escuchar las canciones del pájaro. Cuando llegaron al lugar, los habitantes de Pentagrama rescataron al pájaro y las urracas, y los topos recibieron un buen merecido por haberse robado la flauta.

El león cobardica

 

El león cobardica

El león cobardica

En lo profundo de la selva, una vez vivió un enorme león de garras afiladas y colmillos horripilantes, pero a pesar de su aspecto tan feroz, aquel león de nombre Gentilio no era capaz ni de asustar a una simple mosca, y era tan bueno y gentil que los conejos y las aves jugaban a su alrededor sin temor alguno.

La historia de nuestro león no es una historia cualquiera. Cuando la cigüeña lo trajo volando al mundo, Gentilio era una bola de pelos muy pequeñita, y como la cigüeña estaba atrasada en las entregas, mezcló al leoncito con siete corderitos de igual tamaño, y así partió hacia el rebaño de ovejas para entregar los nuevos bebés.

Al verla acercarse, las ovejas se congregaron nerviosas y cuando por fin tocó la repartición, cada una de ellas logró llevarse un hermoso cabrito, excepto la oveja Bibi, que al ver a Gentilio por primera vez, se quedó enamorada del pequeño león y decidió criarlo y protegerlo con mucho amor y cariño.

Cuando la cigüeña se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde. “Me he equivocado y debo devolver el león a su verdadera madre”, intentaba explicar la cigüeña mientras Bibi apretaba el leoncito contra su pecho. Cuando por fin se dio cuenta que no podría convencer a la oveja, la cigüeña se marchó refunfuñando mientras repetía: “Está bien, quédate con él y que tengas suerte”.

Pero la verdad es que Gentilio no tuvo una niñez fácil. A pesar del amor de su madre, el leoncito no podía dejar de notar que era muy diferente al resto de las pequeñas ovejas. Con el paso del tiempo, le crecieron enormes dientes, garras puntiagudas y un rabo largo y peludo. Por si fuera poco, Gentilio nunca aprendió a saltar como el resto de sus amigos, ni tampoco sabía embestir o balar, que es el sonido que emiten las ovejas.

Tanto se burlaban del pobre león que se la pasaba todo el día cabizbajo y llorando, excepto cuando su madre le consolaba y lo acurrucaba.

Un buen día, Gentilio se acercó a un lago para beber agua, y como nunca había visto su reflejo se asombró de ver que no se parecía en nada a las ovejas con quienes vivía. Su nariz era ancha y acompañada de largos bigotes, su pelaje era amarillo, y sus orejas no eran puntiagudas, sino redondas y grandes.

“Tengo la nariz ancha porque siempre tengo miedo, soy de color amarillo porque me paso todo el tiempo triste, y para colmo, mis orejas son redondas de tanto que he llorado. Soy el carnero más feo del mundo”, repetía entre sollozos el desdichado de Gentilio, sin saber que él no era una oveja, sino un león hermoso y fuerte.

Toda la tarde se la pasó Gentilio asomado en el reflejo del lago, lamentándose de su horrible aspecto. Sin embargo, a la caída de la tarde, el león oyó varios gritos desesperados a lo lejos: ¡Eran las ovejas! Un terrible lobo las acechaba para comérselas, y cuando Gentilio arribó al lugar pudo ver que el lobo estaba persiguiendo nada más y nada menos que a su querida madre Bibi.

Las ovejas corrían en todas las direcciones muertas de miedo, pero Gentilio no sabía qué hacer. El lobo estaba cada vez más cerca de atrapar a Bibi y cuando estuvo a punto de tragársela, Gentilio sintió algo raro en su interior. El miedo se había convertido en furia, y sin notarlo, había asomado sus enormes garras y sus colmillos mientras rugía con toda la fuerza de sus pulmones.

Tan grande fue su rugido que todas las ovejas se quedaron inmóviles, y por supuesto, el lobo también se detuvo contemplando con asombro a Gentilio. Sin pensarlo dos veces, el lobo se mandó a correr a toda velocidad, huyendo lejos del lugar para nunca volver, y así fue como las ovejas pudieron quedar a salvo y respetaron desde ese día al noble de Gentilio, que aunque seguía jugando con las aves y los conejitos, nunca más pudieron burlarse de él.