jueves, 9 de octubre de 2025

El ogro del bosque

 

El ogro del bosque

Había una vez una anciana que vivía con sus tres hijos en una casita de madera, a la entrada de un bosque muy oscuro.

Un año, al acercarse el invierno, la anciana pidió a su hijo mayor que fuera al bosque y cortara un árbol para hacer leña.

El ogro del bosque
El ogro del bosque

-¿Para qué? -preguntó el muchacho-. Cuando haga mucho frío, podemos meternos en la cama y no hará falta encender el fuego.

-¡No seas vago! -dijo la anciana-No podemos quedarnos en la cama todo el invierno. Tú eres el hijo más fuerte que tengo, así que deberás traer la leña.

Al hijo mayor no le gustaba trabajar, pero al fin salió rumbo al bosque, llevando el hacha más pequeña que tenía. Cuando llegó, se acercó al árbol más podrido que encontró. Pensaba… “Seguro que éste no será difícil de cortar”.

Levantó el hacha para empezar el trabajo. Tras el primer golpe, sintió que alguien le tocaba el hombro. Se volvió y vio al ogro más horrible que podáis imaginaros. Tenía un ojo rojo en el centro de la frente. La nariz era de color morado, llena de bultos y retorcida como las raíces de un árbol.

-¡Oye, chico! -gritó el ogro-. Si derribas un solo árbol de mi bosque, te romperé en cincuenta pedazos.

Él joven tiró el hacha y corrió a casa tan rápido como pudo para contarle a su familia lo sucedido.

-¡Mira que tenerle miedo a un ogro viejo y estúpido! -dijo un hermano, el segundo hijo de la familia-. Mañana iré yo.

El ogro del bosque
El ogro del bosque

Al amanecer, tomó un hacha más grande y salió a buscar leña. Ya en el bosque, encontró un árbol tan grande que tenía leña suficiente para todo el invierno.

-¡Trac! ¡Trac! ¡Trac! ¡Trac! ¡Trac! -resonaron los golpes del hacha.

Pero antes de que hubiera llegado a la mitad del tronco, apareció el ogro.

—¡Eh, forzudo! ¿Qué haces? Levanta otra vez esa hacha y te haré cien pedazos.

-No te creas que un ogro vi-viejo como tú puede asus-sustarme. No me-me das mie-miedo. Voy a derribar-bar este árbol.

-iEso ya lo veremos! -y levantando un brazo larguísimo, el ogro arrancó una rama muy grande. Luego la partió en su rodilla y comenzó a romperla en astillas.

Al ver que el ogro era tan fuerte, huyó veloz hacia casa. Temblaba de miedo. Al llegar, su hermano mayor le dijo:

-¿Y dónde has dejado la leña?

-Me encontré a ese ogro tan horrible y me echó del bosque. Era demasiado fuerte, medía unos quince metros…

Entonces habló el hijo menor de la anciana.

-A mí sí que no me asustaría. Estoy seguro de que no. Iré a traer la leña.

-¿Tú? Eres demasiado pequeño. Con ese ogro no tendrías la menor oportunidad.

-¡Por favor, dejadme ir!

Al final, y pese a sus temores, la anciana decidió que el hijo menor probara suerte en el bosque.

Así pues, al día siguiente, el tercer hijo tomó el hacha más grande que había en la casa. Era tan pesada que

apenas podía llevarla. Fue al armario de la cocina y tomó un queso muy blando que tenía la cáscara dura. Cuando los hermanos vieron que se guardaba el queso en la bolsa, se burlaron de él.

-¿Para qué lo quieres? ¿Es que te vas de excursión con tu amigo el ogro?

Pero el muchacho no respondió y salió de casa arrastrando el hacha.

Al llegar al bosque, se acercó al árbol más grande que había. Hizo un gran esfuerzo para levantar el hacha, pero era tan grande que tuvo que dejarla caer… Sin embargo, el sonido hizo que el ogro acudiera furioso. Rugió con gran voz:

-¡Oh, no! ¡Otro más! ¡Y no es más que un niño! Si cortas ese árbol, te haré en mil pedazos.

El niño se enfrentó al ogro y gritó: -Si lo intentas, te destrozaré igual que a esta piedra.

Al decir esto, el niño agarró el queso blando y lo apretó con fuerza.

El queso se deshizo en su mano salpicándolo todo y el chorro más grande fue a dar en el único ojo del ogro.

-¡Está bien! ¡Está bien! -gritó el ogro-. Me rindo. ¡No me aplastes como a la piedra! Puedes cortar todos los árboles que quieras, o te los cortaré yo, si prefieres, y te llevaré a casa los troncos.

Desde ese día, el ogro se encargó de que la anciana y su familia tuvieran toda la leña que necesitaban.

El niño que quería un arco iris

 

El niño que quería un arco iris

Todos los días, Juanito volvía andando de la escuela por un verde y delicioso valle, en el que crecían las campanillas y pacían las ovejas. Siempre iba silbando. Juanito sabía silbar más canciones que todos sus amigos; se acordaba de todas las canciones que escuchaba porque había nacido en un molino, en el momento justo en que el viento cambiaba del sur al oeste. También podía ver cómo soplaba el viento, y esto es algo que muy poca gente puede observar.

El niño que quería un arco iris
El niño que quería un arco iris

Un día, al caminar hacia casa por el sendero, Juanito oyó al viento del oeste que se quejaba y suspiraba.

-¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Oh, soplar y resoplar! ¡La he olvidado!

-¿Qué es lo que has olvidado, Viento? -preguntó Juanito, volviéndose para mirarlo. Estaba pardo, azul y tembloroso, y tenía manchas doradas.

-¡Mi canción! ¡He olvidado mi canción favorita!

Juanito silbó una melodía y preguntó al viento:

-¿Es ésta tu canción?

El viento se quedó encantado.

-¡Sí! ¡Esa es! ¡Qué listo eres, Juanito! -y revoloteó a su alrededor, jugueteando amable y despeinándole.

-Te haré un regalo -dijo, y siguió cantando la melodía que le había silbado Juanito-. Será un tesoro: una llave de plata y un rizo de oro.

Juanito no sabía para qué podían servirle estas cosas, de modo que se apresuró a decir:

El niño que quería un arco iris
El niño que quería un arco iris

-¡Oh, no! Por favor, preferiría un arco iris para mí solo.

Y es que, con frecuencia, en el cielo de aquel valle salían preciosos arco iris, aunque para Juanito siempre desaparecían demasiado pronto.

-¿Un arco iris para ti solo? Es difícil -dijo el Viento-. Muy difícil. Toma un cubo y ve caminando por el campo hasta que llegues al Salto del Pavo Real. Llena el cubo de gotas de agua. Tardarás bastante. Pero cuando lo tengas lleno, encontrarás dentro algo que puede darte un arco iris.

Por suerte, el día siguiente era sábado. Juanito cogió su almuerzo y un cubo, y caminó por el campo hasta las cataratas, llamadas “Salto del Pavo Real”, en donde el agua, al saltar por las rocas, formaba unas gotitas que resplandecían con unos colores maravillosos, como los de un pavo real.

Juanito permaneció todo el día en las cataratas, recogiendo con el cubo las gotas de agua. Por fin, ya cuando se iba a poner el sol, tuvo todo el cubo lleno, justo hasta el borde. Entonces vio dentro del cubo algo que se movía de aquí para allá, y que relucía con los brillantes colores del arco iris.

Era un pececillo.

-¿Quién eres? -dijo Juanito.

-Soy el Genio de la catarata. Echame otra vez al agua y te recompensaré con un regalo.

-Sí -dijo el niño-, te echaré al agua, pero, por favor, ¿puedes darme un arco iris que me quepa en el bolsillo?

-iHmmm! -dijo el Genio-. Te daré un arco iris, pero no es fácil de guardar. Creo que ni siquiera conseguirás llevártelo a casa. Pero si quieres uno, aquí lo tienes.

El genio saltó del cubo y se sumergió en la cascada.

Entonces salió de las gotas de agua un arco iris, que fue a posarse en el cubo de Juanito.

El niño que quería un arco iris
El niño que quería un arco iris

-¡Qué maravilla! -exclamó. Tomó el arco iris con las dos manos, sosteniéndolo como una bufanda, y se quedó admirado de sus brillantes colores. Lo enrolló con gran cuidado y se lo guardó en el bolsillo. Luego emprendió el camino de regreso hacia su casa.

Al atravesar el bosque oyó que alguien lloraba, escondido en un rincón oscuro entre los árboles. Se acercó para averiguar qué era y vio a un tejón que había caído en una trampa.

-Querido niño -gimió el tejón-, déjame salir, o vendrán los hombres y los perros y me matarán.

-Me gustaría ayudarte, pero para abrir esa trampa necesitaría una llave.

-Con la punta de ese arco iris que veo en tu bolsillo podrás forzar la puerta.

Y así fue. Cuando Juanito empujó la punta del arco iris entre los bordes, la trampa se abrió y el tejón pudo escapar.

-Muchas gracias, muchas gracias -masculló, y desapareció en su guarida.

Juanito enrolló de nuevo el arco iris y se lo guardó en el bolsillo. Pero los afilados dientes de la trampa habían rasgado un gran trozo del arco iris, y el trozo se disipó.

En el lindero del bosque había una casita en la que vivía la vieja señora Benita. Tenía muy mal carácter. Si por casualidad caía una pelota en su jardín, la cocinaba en el horno hasta convertirla en carbón. Y todo lo que comía era de color negro: pan quemado, té negro, aceitunas negras. Llamó a Juanito y le dijo:

-Oye, chico, ¿me das un pedacito de ese arco iris que te asoma por el bolsillo? Estoy muy enferma. El médico me ha recomendado un pastel de arco iris para curarme.

A Juanito no le apetecía nada darle un pedazo de su tesoro, pero la mujer parecía muy enferma. De mala gana entró en la cocina y ella cortó un gran pedazo de arco iris con un cuchillo de pan. Luego preparó una pasta dura con harina y leche hervida, añadió el trozo de arco iris y cocinó la mezcla. Dejó enfriar el pastel, lo cortó en pedazos y se los comió con mantequilla y azúcar. Juanito también probó un trozo. Estaba delicioso.

-Es lo mejor que he comido en todo el año -dijo doña Benita- Estoy harta del pan negro. Noto que este pastel me está sentando muy bien.

Tenía mejor aspecto. Se le colorearon las mejillas y empezó casi a sonreír. Juanito, por su parte, después de haber comido su pedazo de pastel, creció tres centímetros.

-Más vale que no sigas comiendo -dijo la señora.

Juanito guardó en el bolsillo el pedazo de arco iris. Ya no quedaba mucho.

Cerca del molino de viento donde vivía, su hermana Marita le salió al encuentro. Tropezó con una piedra, cayó al suelo y se hizo una herida en la pierna. La herida sangraba, y Marita, que sólo tenía cuatro años, empezó a llorar.

-¡Mi pierna! ¡Me duele muchísimo! ¡Por favor, Juanito, ponme una venda, date prisa!

Bueno, ¿qué iba a hacer él? Sacó del bolsillo lo que le quedaba del arco iris y vendó con éste la pierna de Marita. Pero todavía pudo quedarse con un trocito muy pequeñito que sobró.

Marita estaba embelesada viendo el arco iris alrededor de la pierna.

Gritaba…

-¡Es maravilloso! ¡He dejado de sangrar!

Y se marchó bailando para enseñárselo a todo el mundo.

Juanito se quedó tristísimo con la pizca de arco iris que aún le quedaba. Al momento, oyó un susurro, se dio media vuelta y vio los volatines de su amigo, el viento del oeste, vestido de amarillo, marrón y rosa.

-Bueno -dijo el Viento-. ¡El genio de la cascada ya te advirtió que es difícil conservar un arco iris! Y aunque ya no lo tengas, eres un

chico con suerte. Puedes oír mi canción y has crecido tres centímetros en un solo día.

-¡Es verdad! -dijo Juanito.

-Abre la mano -le ordenó el viento. Juanito extendió la mano, en la que guardaba el arco iris, y el viento le sopló como se hace con unos tizones para avivar el fuego. Y al soplar, el pedazo de arco iris fue creciendo y creciendo hasta llegar al punto más alto del cielo. No era un arco iris simple, sino que se había convertido en dos, y el de debajo resultaba ser el más grande y brillante que Juanito había visto en su vida. Muchos pájaros se asombraron tanto al verlo, que dejaron de volar y cayeron a tierra o chocaron entre sí en el aire.

El arco iris se deshizo luego y desapareció.

-¡No importa! -dijo el viento-. Habrá otro arco iris mañana. Y si no, la semana próxima.

-Y yo podré tenerlos de nuevo en la mano -dijo Juanito orgullosísimo.

El mago Merlín

 

El mago Merlín

Hace muchos años, cuando Inglaterra no era más que un puñado de reinos que batallaban entre sí, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther.

La madre del niño murió al poco de nacer éste, y el padre se lo entregó al mago Merlín con el fin de que lo educara. El mago Merlín decidió llevar al pequeño al castillo de un noble, quien, además, tenía un hijo de corta edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del príncipe Arturo, Merlín no descubrió sus orígenes.

El mago merlín
El mago merlín

Cada día Merlín explicaba al pequeño Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le enseñaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas fórmulas mágicas.

Los años fueron pasando y el rey Uther murió sin que nadie le conociera descendencia. Los nobles acudieron a Merlín para encontrar al monarca sucesor. Merlín hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque de hierro, con una leyenda que decía:

“Esta es la espada Excalibur. Quien consiga sacarla de este yunque, será rey de Inglaterra”

Los nobles probaron fortuna pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguieron mover la espada ni un milímetro. Arturo y Kay, que eran ya dos apuestos muchachos, habían ido a la ciudad para asistir a un torneo en el que Kay pensaba participar.

Cuando ya se aproximaba la hora, Arturo se dio cuenta de que había olvidado la espada de Kay en la posada. Salió corriendo a toda velocidad, pero cuando llegó allí, la puerta estaba cerrada.

Arturo no sabía qué hacer. Sin espada, Kay no podría participar en el torneo. En su desesperación, miró alrededor y descubrió la espada Excalibur. Acercándose a la roca, tiró del arma. En ese momento un rayo de luz blanca descendió sobre él y Arturo extrajo la espada sin encontrar la menor resistencia. Corrió hasta Kay y se la ofreció. Kay se extrañó al ver que no era su espada.

Arturo le explicó lo ocurrido. Kay vio la inscripción de “Excalibur” en la espada y se lo hizo saber a su padre. Éste ordenó a Arturo que la volviera a colocar en su lugar. Todos los nobles intentaron sacarla de nuevo, pero ninguno lo consiguió. Entonces Arturo tomó la empuñadura entre sus manos. Sobre su cabeza volvió a descender un rayo de luz blanca y Arturo extrajo la espada sin el menor esfuerzo.

Todos admitieron que aquel muchachito sin ningún título conocido debía llevar la corona de Inglaterra, y desfilaron ante su trono, jurándole fidelidad. Merlín, pensando que Arturo ya no le necesitaba, se retiró a su morada.

Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando algunos nobles se alzaron en armas contra el rey Arturo. Merlín proclamó que Arturo era hijo del rey Uther, por lo que era rey legítimo. Pero los nobles siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron derrotados gracias al valor de Arturo, ayudado por la magia de Merlín.

Para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse, Arturo creó la Tabla Redonda, que estaba formada por todos los nobles leales al reino. Luego se casó con la princesa Ginebra, a lo que siguieron años de prosperidad y felicidad tanto para Inglaterra como para Arturo.

“Ya puedes seguir reinando sin necesidad de mis consejos -le dijo Merlín a Arturo-. Continúa siendo un rey justo y el futuro hablará de tí”

El lobo y las 7 cabritillas

 

El lobo y las 7 cabritillas

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. “Hijas mías,” les dijo, “me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo.

El lobo y las 7 cabritillas
El lobo y las 7 cabritillas

El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.” Las cabritas respondieron: “Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.” Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:

“Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.” Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo.

“No te abriremos,” exclamaron, “no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

” Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita.

Llamando nuevamente a la puerta:

“Abrid hijitas,” dijo,

“vuestra madre os trae algo a cada una.”

Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

“No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú.

¡Eres el lobo!” Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo:

“Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.”

Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero:

“Échame harina blanca en el pie,” díjole.

El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó:

“Si no lo haces, te devoro.”

El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: “Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.”

Las cabritas replicaron: “Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.”

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: “Madre querida, estoy en la caja del reloj.” Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: “Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme.” Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

“¿Qué será este ruido

que suena en mi barriga?

Creí que eran seis cabritas,

mas ahora me parecen chinitas.”

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: “¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!” Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.

El libro de los animales

 

El libro de los animales

Estaba un día León persiguiendo a su conejo mascota cuando su buena amiga, el ama Felisa, le dijo:

— Han venido a verte el Primer Ministro y el Canciller.

libro-animalesAl entrar en el cuarto de estar, León se encontró a dos caballeros la mar de serios.

—Señor—dijo el Canciller—, como bien sabéis, hace tiempo que sois el heredero del trono. Vuestros súbditos han reunido por fin dinero suficiente para compraros una corona, de modo que sois nuestro nuevo rey.

—¿Significa eso que podré hacer lo que quiera? —preguntó León.

— Pues sí, señor, mas ahora debéis acompañamos para ser coronado.

Y le condujeron hasta un carruaje tirado por seis caballos tordos.

Durante el camino, León tuvo que pellizcarse y pellizcar a su conejo para asegurarse de que aquello sucedía realmente.

Las campanas no cesaban de repiquetear y la gente gritaba: “¡Viva León, nuestro rey! i Viva el rey León!”

Y León fue coronado aquella misma tarde.

El libro de los animales
El libro de los animales

Pero debido al peso del manto real y a tener que dar la mano a besar a tanta gente, León estaba completamente agotado y ansioso de regresar a la sala de juegos de palacio, donde el ama le habría preparado sin duda el té.
Una vez allí, León dio buena cuenta de unos emparedados de huevo y de una tarta de chocolate. “Iré a explorar la biblioteca real”, dijo al acabar. Y salió de la habitación con el conejo pisándole los talones.

Al llegar a la biblioteca, se encontró con el Primer Ministro y el Canciller.

—¡Qué cantidad de libros! —exclamó León—. Quisiera leerlos todos.

—Majestad —dijo el Canciller—, os aconsejo que no los leáis. El anciano rey se volvió un poco excéntrico. Ciertas personas decían, incluso, que era un mago.

—¿De veras? ¿Ni siquiera puedo leer éste?

El libro de los animales
El libro de los animales

— preguntó León, cogiendo un grueso volumen titulado “El libro de los animales”.

—No, señor, creo sinceramente que no —contestó el Canciller. Pero León ya había abierto el libro.

Al volver la página siguiente, vio un esplendoroso pájaro azul, ¡completo hasta el último detalle! Y mientras lo contemplaba, el hermoso animal agitó sus alas, las desplegó ¡y salió volando!

En la primera página vio dibujada una bellísima mariposa que parecía real.

—¿No es hermosa? —observó León.

Y, mientras decía eso, ¡la mariposa surgió del libro y salió volando por la ventana!

-Majestad —dijo el Primer Ministro—, debo insistir en que dejéis esos libros. — En esto tomó el volumen, lo cerró y lo colocó sobre una estantería alta. León, enfurruñado, cogió en brazos a su conejo y abandonó la biblioteca.

El libro de los animales
El libro de los animales

León se pasó toda la noche pensando en aquel libro, y al amanecer fue a despertar al ama Felisa.

— Debes ayudarme, ama.

Necesito un libro de la biblioteca y no puedo alcanzarlo. Es muy importante.

—¿Qué estás tramando?

—contestó el ama, que salió en busca de la escalera del jardinero y regresó con el libro que le había pedido León.
León salió corriendo al jardín, y al volver las páginas donde había visto la mariposa y el pájaro azul, y que ahora estaban en blanco, encontró una página donde había un inmenso animal rojo sentado bajo una palmera. Debajo aparecía escrita la palabra Dragón.

libro-animales-5De pronto, el dragón se desprendió violentamente de la página. Exhalando humo por la boca, desplegó sus enormes alas y, remontándose sobre los árboles, se alejó volando hacia las lejanas colinas.
León estaba horrorizado de lo que había hecho. ¡Había dejado escapar a un temible dragón que sembraría el pánico entre sus leales súbditos!

—¡Y sólo hace un día que soy rey! —exclamó, llorando—. ¿Qué voy a hacer?

León lloraba porque había dejado escapar al dragón rojo del libro mágico.

— Se ha ido volando hacia las colinas — se lamentó al ama Felisa.

— Qué desgracia —dijo el ama abrazándole.

Más tarde fue a contárselo al Primer Ministro y al Canciller.

El libro de los animales
El libro de los animales

Advirtieron a todas las personas que anduvieran con cuidado. El ejército permaneció al acecho hasta el sábado por la tarde, cuando los soldados se marcharon a sus casas a comer algo. Y el dragón, que no estaba menos hambriento, se zampó a un equipo de fútbol enterito.

El lunes siguiente devoró al Parlamento completo, con ministros y todo, excepto al Canciller, que ese día estaba enfermo. La furia de la gente iba en aumento y León estaba desesperado.

Cuando fue a pedirle consejo al Canciller, éste le dijo:

— Lo único capaz de acabar con un dragón es una mantícora, majestad.

León buscó la palabra “mantícora” en el índice del “Libro de los animales”, y al volver la página indicada, surgió de la misma el animal, restregándose los ojos a causa del sueño.

El libro de los animales
El libro de los animales

—¡Hala, vete a luchar contra el dragón! —le ordenó León. Pero la mantícora no quería enfrentarse a ningún dragón y fue a ocultarse en las caballerizas reales. Al día siguiente, cuando el dragón se la encontró escondida allí, ¡acabó con ella de dos bocados!
Ya no quedaba nadie capaz de resolver la situación.

“Debo ser yo mismo quien salve a mi pueblo”, pensó León. Se encerró en la biblioteca un día entero y repasó todos las obras sobre dragones. Cuando terminó, había aprendido algo muy importante: los dragones suelen arder bajo el sol del mediodía.

Luego llevó “El libro de los animales” al jardín, buscó la palabra “Pegaso” y de la página adecuada, salió un bellísimo caballo alado.

Sin soltar el libro,

León se montó en el animal.
Ambos se alejaron volando hada las colinas en pos del dragón. Al aproximarse, vieron un hilo de humo gris que se elevaba por entre los árboles.

— ¡Ahí debe de estar el dragón! —gritó León. Y así era, allí estaba el monstruo, disfrutando su siestecita matinal.

Mientras volaban sobre él, el dragón se despertó con un pavoroso rugido y se abalanzó sobre Pegaso.

El libro de los animales
El libro de los animales

—¡Vámonos al desierto! — exclamó León, y condujo al caballo sobre montañas lejanas, ríos y valles. El dragón emprendió su persecución.

Al fin llegaron a una gran extensión desértica. No había ni pizca de sombra y el sol brillaba con fuerza en lo alto. Tan pronto como aterrizó Pegaso, León saltó a tierra y depositó “El libro de los animales” en el suelo, abierto por la página donde estaba la palmera. Mas cuando se disponía a subirse de nuevo en el caballo, resbaló y cayó. ¡En aquel momento hizo su aparición el dragón!

El dragón tenía tantísimo calor que empezaba a echar humo. Pegaso voló en torno al animal batiendo sus alas como si fueran fuelles. El humo se extendió en todas direcciones, ocultando a León de la vista del dragón.

El monstruo lanzó un grito de furia y comenzó a resoplar buscando desesperadamente la sombra. Entonces, al ver la palmera, se precipitó sobre la página y se instaló en el lugar que había ocupado antes.

El libro de los animales
El libro de los animales

—¡Hurra, lo hemos conseguido! —gritó León abrazando a Pegaso. De pronto sonaron grandes vítores, y León vio que se hallaban rodeados por el Primer Ministro, el Parlamento, el equipo de fútbol y la mantícora. El dragón no había tenido más remedio que dejarlos atrás.

Pegaso, nos llevarás a todos a casa de dos en dos —dijo León. La operación duró varios días, pero todos estaban tan satisfechos de haberse librado del dragón, que no les importó tener que esperar su turno. Para matar el tiempo, comentaban cómo su pequeño rey había conseguido derrotar al dragón, con un poco de ayuda por parte de Pegaso, por supuesto.

El libro de los animales
El libro de los animales

El león y el ratón

 

El león y el ratón

Una tarde muy calurosa, un león dormitaba en una cueva fría y oscura. Estaba a punto de dormirse del todo cuando un ratón se puso a corretear sobre su hocico. Con un rugido iracundo, el león levantó su pata y aplastó al ratón contra el suelo.

-¿Cómó te atreves a despertarme? -gruñó- Te-voy a espachurrar.

-Oh, por favor, por favor, perdóname

la vida -chilló el ratón atemorizado-Prometo ayudarte algún día si me dejas marchar.

-¿Quieres tomarme el pelo? -dijo el león-. ¿Cómo podría un ratoncillo birrioso como tú ayudar a un león grande y fuerte como yo?

El león y el ratón
El león y el ratón

Se echó a reír con ganas. Se reía tanto que en un descuido deslizó su pata y el ratón escapó.

Unos días más tarde el león salió de caza por la jungla. Estaba justamente pensando en su próxima comida cuando tropezó con una cuerda estirada en medio del sendero. Una red enorme se abatió sobre él y, pese a toda su fuerza, no consiguió liberarse. Cuanto más se removía y se revolvía, más se enredaba y más se tensaba la red en torno a él.

El león empezó a rugir tan fuerte que todos los animales le oían, pues sus rugidos llegaban hasta los mismos confines de la jungla. Uno de esos animales era el ratonállo, que se encontraba royendo un grano de maíz. Soltó inmediatamente el grano y corrió hasta el león.

—¡Oh, poderoso león! -chilló- Si me hicieras el favor de quedarte quieto un ratito, podría ayudarte a escapar.

El león se sentía ya tan exhausto que permaneció tumbado mirando cómo el ratón roía las cuerdas de la red. Apenas podía creerlo cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba libre.

-Me salvaste la vida, ratónenle —di¡o—. Nunca volveré a burlarme de las promesas hechas por los amigos pequeños.

El león y el pavo

 

El león y el pavo

Erase una vez un león y un pavo real que eran muy amigos. Nada les complacía tanto como reunirse en el claro de un bosque, en las tardes cálidas y soleadas, y comer juntos.

Una tarde, estaba el león devorando unos pedazos enormes de carne cuando observó al pavo real arañando la tierra y sepultando huesos de ciruela.

—¿No se te ocurre nada mejor con que entretenerte? — preguntó el león dando un bostezo.

El pavo real era un ave orgulloso que creía saberlo todo.

—¿Cómo puedes ser tan estúpido?

—exclamó asombrado—. Debes ser el único animal del bosque que ignora lo importante que es plantar huesos de ciruela. De los huesos brotan árboles y éstos dan hermosas y jugosas ciruelas.

El león y el pavo
El león y el pavo

El león se sintió muy ofendido con el insulto del pavo real. “Le demostraré a mi amigo que soy tan listo como él.”

Y enterró cuidadosamente los huesos que habían sobrado de su festín.

Algunos meses más tarde, los dos amigos se encontraron nuevamente en aquel claro. El pavo real se sentía satisfechísimo porque los huesos de ciruela habían comenzado a dar fruto.

Y al ver al león arañando la tierra, tratando de encontrar un hueso que hubiera empezado a crecer, se echó a reír y dijo:

— Eres todavía más estúpido de lo que pensé. Todos sabemos que es imposible hacer que crezcan los huesos plantándolos en la tierra.

El león y el pavo
El león y el pavo

Pasó el tiempo y cuando los dos amigos volvieron a encontrarse en el claro del bosque, estaba repleto de ciruelos cargados de frutos.

El pavo real sonrió satisfecho, mas el león estaba muy triste. Aquel día no había atrapado nada para comer y tendría que pasar hambre mientras su amigo se atracaba de jugosas ciruelas.

— Es una lástima que no seas tan listo como yo —dijo el pavo real con orgullo—. Yo siempre tendré suficiente para comer, mientras tú vas a pasar hambre en más de una ocasión.Pero el pavo real hubiera debido saber que la paciencia tiene un límite y que el orgullo resulta molesto.

Total que el león, harto de la soberbia de su amigo, se abalanzó sobre el pavo real y se lo comió enterito de un solo bocado.

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