miércoles, 1 de octubre de 2025

Díaz de Vivar, Rodrigo. El Cid Campeador.

 Díaz de Vivar, Rodrigo. El Cid Campeador. ¿Vivar? (Burgos), 1048-1050 – Valencia,


Sobre el hombre que fue Rodrigo Díaz de Vivar existen dos biografías: una, la más conocida y popularizada, la tejida con los datos de la creación literaria, esto es, con el Poema de Mío Cid y el romancero; y otra muy distinta, la única verdaderamente histórica, construida con el Carmen Campidoctoris, canto coetáneo en loa de Rodrigo; con la Historia Roderici, una extensa e informada biografía escrita tan sólo algún decenio tras la muerte del héroe y cuyo autor utilizó documentos del archivo familiar del biografiado; con las crónicas y noticias árabes, especialmente las obtenidas de las obras de Ibn ‘Alqama e Ibn Bassªm, y con los documentos y diplomas coetáneos que otorga o confirma Rodrigo Díaz de Vivar. Naturalmente aquí sólo nos ocuparemos de esta segunda, dejando la primera para el mundo de la literatura y de la leyenda.

Ninguna fuente histórica o diplomática consigna el lugar o la fecha de nacimiento de Rodrigo Díaz de Vivar; probablemente vio la luz del mundo en Vivar del Cid, pequeño lugar sito nueve kilómetros al norte de Burgos, ya que todas las fuentes épicas designan a Rodrigo como “el de Vivar”, y este dato parece pertenecer al núcleo mínimo de veracidad de esas fuentes. En la aldea de Vivar, sita entonces en el extremo límite de Castilla, sería su padre un noble fronterizo, que el año 1054, tras la muerte en Peñalen del rey Sancho de Pamplona recuperaría de manos de los navarros las fortalezas de Ubierna, Úrbel y La Piedra. En cuando a la fecha de su nacimiento Menéndez Pidal la situó entre los años 1041 y 1047, mientras Ubieto Arteta prefería retrasarla hasta 1054-1057; nosotros creímos en su día deber colocarla entre los años 1048-1050 basados en el dato del Carmen Campidoctoris que califica a Rodrigo de “aún adolescente” cuando en 1067 en “su primer combate singular venció al navarro” y en su tardío matrimonio en 1074, pues, si hubiera nacido el año 1043, una soltería prolongada hasta los 31 años de edad resultaría difícil de admitir.

La ascendencia del Cid, especialmente el linaje paterno nos viene dado en la Historia Roderici remontándose hasta la séptima generación representada por Laín Calvo, aunque no sea posible probar documentalmente la exactitud de esos datos genealógicos. El linaje arranca de Laín Calvo, que no es citado en la Historia Roderici como juez de Castilla; como la leyenda de los jueces es posterior a la Historia Roderici es bien posible que la leyenda haya tomado el nombre del juez del linaje del Campeador; en todo caso es evidente que la familia paterna del Campeador no se contaba entre la más alta nobleza de Castilla. En cambio sí que pertenecía a esa alta nobleza la familia materna: el abuelo materno del Cid, Rodrigo Álvarez, fue tenente nada menos que de cinco importantes alfoces, y su hermano Nuño Álvarez subscribe asiduamente los diplomas de Fernando I, desempeñando además las tenencias de Amaya y Carazo.

Dada la categoría social de la familia materna de Rodrigo Díaz, nada tiene de extraño que éste fuera a completar su formación humana y militar en la corte de Fernando I al lado de algunos de los vástagos regios, y así la Historia Roderici nos dirá que Rodrigo fue “criado diligentemente por Sancho, rey de toda Castilla y dominador de España, que le ciñó el cinto militar”. El término nutriuit o crió excluye una relación de compañerismo o igualdad y más bien supone una diferencia de edad y de posición; en la pequeña Corte del infante Sancho crecería Rodrigo y se formaría en las artes militares y también en las letras, dentro de los límites de la época, esto es, en la escritura, y asistiendo a las actuaciones de la Curia Regia en su aspecto consultivo o judicial.

Acompañando al infante don Sancho, enviado por su padre a Zaragoza en 1063 para cobrar las parias, fue Rodrigo, quizás como paje o ya armado caballero, cuando por las mismas fechas el rey aragonés Ramiro I estaba atacando Graus. El infante don Sancho con su hueste castellana acudió en ayuda de su tributario al-Muqtadir, resultando muerto en el encuentro el rey Ramiro. La Historia Roderici no atribuye ninguna participación especial al joven Rodrigo, sólo nos dice que acompañaba al infante castellano.

El 27 de diciembre de 1065 moría Fernando I, e inmediatamente asumía Sancho el gobierno de la parte del reino paterno que le había correspondido, Castilla. A su lado estaba el joven Rodrigo que “era querido por el rey Sancho con mucho cariño e inmenso amor y que le puso al frente de toda su mesnada; Rodrigo crecía y se hacía un guerrero fortísimo y un campeador en el palacio del rey Sancho” (Historia Roderici). Según el Carmen Campidoctoris el título de Campeador le fue atribuido a nuestro Rodrigo con ocasión de su victoria en combate singular sobre un guerrero navarro, combate que creemos poder datar el año 1067. Otra lid singular del Campeador aparece recogida en la misma Historia Roderici; se trata de un sarraceno de Medinaceli, que no sólo fue vencido, sino también muerto.

No sabemos si en estas acciones bélicas de 1067 actuaba ya Rodrigo como alférez o abanderado de la hueste castellana; tenemos como más probable la negativa, pues nada nos dice sobre ello la Historia Roderici, que en cambio nos informa cómo “en todas las guerras que el rey Sancho hizo contra el rey Alfonso en Llantada (1068) y en Golpejera (1072) venciéndolo, Rodrigo era el portador de la insignia real de Sancho, prevaleciendo y destacando entre todos los guerreros del ejército castellano”.

Las victorias del rey Sancho lo condujeron a su coronación en León el 12 de enero de 1072 como rey emperador de todo el reino leonés de Fernando I, Galicia incluida; únicamente en Zamora su hermana Urraca se negaba a obedecer sus órdenes, por lo que al fin del verano de ese año 1072 Sancho, llevando a Rodrigo en su ejército, puso sitio a la plaza. Durante el asedio Bellido Dolfos dio muerte a traición al rey Sancho; nada sabemos de la intervención del Campeador en este episodio, que atribuimos más bien a la invención juglaresca. Lo que sí haría, sería acompañar al cuerpo de su Rey hasta el monasterio de Oña (Burgos) elegido por el difunto para su sepultura.

En el rey Sancho había perdido Rodrigo al señor que le había criado y que tanto le había distinguido; pero según la Historia Roderici no parece que el Campeador entrara con mal pie con el nuevo Monarca, ya que el rey Alfonso lo recibió con todo honor como vasallo y lo conservó a su lado con todo amor y respeto. Ni una sola palabra sobre la jura de Santa Gadea, emotiva escena de invención juglaresca. Alfonso VI, al aceptar el vasallaje de Rodrigo Díaz, lo unía a sí con el vínculo personal del homenaje y fidelidad, al mismo tiempo que se obligaba a protegerlo y favorecerlo; Rodrigo no era un súbdito más del nuevo rey, sino que era recibido en el círculo mucho más íntimo y reducido de los fideles y vasallos personales de Alfonso VI.

Obligación especialísima del señor era procurar un buen matrimonio a sus vasallos y a fe que Alfonso cumplió espléndidamente este deber señorial en relación con Rodrigo Díaz al procurarle el enlace con una dama asturiana, Jimena Díaz, hija de Diego, el conde de Asturias y hermana de otros tres condes, y descendiente, exactamente biznieta, del rey leonés Alfonso V, abuelo del rey Alfonso VI, del que era por lo tanto sobrina en sentido medieval como hija de prima carnal del Rey. Jimena Díaz pertenecía a un linaje de la más alta nobleza del reino. La carta de arras, datada el 19 de julio de 1074, se conserva en la catedral de Burgos, y por ella Rodrigo otorga a fuero de León a doña Jimena la mitad de todos sus bienes; esta mitad comprendía cuatro villas íntegras y parte de otras 39 sitas entre Burgos y Torquemada.

Celebrado el enlace Rodrigo acompañará el año 1075 al rey Alfonso VI en un viaje por Asturias, la tierra de su esposa, donde por delegación del Rey actuará como juez en dos famosos pleitos, uno entre el obispo y el conde y otro entre un grupo de infanzones y el mismo obispo.

Tras tres años de residencia en Castilla, el año 1079 surgirá el primer incidente grave que pudo dañar la imagen de Rodrigo ante el Rey; ese año Alfonso VI enviaba dos embajadas a cobrar las parias anuales que los reyes taifas solían abonar al Rey leonés; una presidida por el Campeador se dirigió a Sevilla, otra dirigida por el conde García Ordóñez y otros importantes nobles navarros tuvo como destino Granada. Ambos reyes taifas, de Sevilla y de Granada estaban en pugna; el de Granada, aprovechando la presencia de la embajada de Alfonso VI y con el auxilio de esta, penetra en los dominios del taifa sevillano; este reclama el auxilio de Rodrigo, que se encontraba en Sevilla.

El Campeador envió cartas a los intrusos rogándoles que por respeto al rey Alfonso desistan de su ataque, pero ellos confiando en su superioridad numérica no sólo no acceden a estos ruegos, sino que se burlaron de ellos y continuaron su avance saqueando toda la tierra hasta alcanzar el castillo de Cabra. Informado de ello Rodrigo parte de Sevilla y se enfrenta con el ejército granadino al que deshace, apresando al conde García Ordóñez y a los nobles que le acompañaban, a los que tras mantenerlos tres días como prisioneros y despojarlos de las tiendas y demás pertrechos como legítimo botín de guerra les permitió marchar libres sin rescate, mientras él victorioso regresaba a Sevilla. De este episodio, sin necesidad de que Rodrigo aumentara la derrota con afrentas innecesarias, nacería una perdurable enemistad entre el Campeador y García Ordóñez, que no dejaría de acusarlo ante el Rey de haberse quedado con parte de los regalos del Rey de Sevilla. El año 1081 el rey Alfonso había salido en campaña por tierras toledanas. Rodrigo alegando enfermedad se había quedado en su casa, cuando los musulmanes atacaron por sorpresa Gormaz obteniendo un importante botín; ante la noticia de este percance, reacciona Rodrigo y reuniendo rápidamente una mesnada sale a perseguir a los atacantes, penetra en el reino toledano y regresa trayendo consigo hasta 7.000 cautivos entre hombres y mujeres. De nuevo este segundo episodio es presentado ante el Rey como una grave imprudencia o más aún como una traición destinada a provocar a los musulmanes toledanos para que estos reaccionaran violentamente, atacaran y dieran muerte al rey Alfonso, que se encontraba entre ellos. El Rey irritado por esta cabalgada del noble de Vivar decreta su destierro; es bien posible que no le faltaran razones al Monarca, y que la cabalgada hubiera ido más allá de lo oportuno y que hubiera violado alguno de los pactos que el Monarca mantenía con los moros toledanos.

La expulsión del Reino era la pena usual cuando un vasallo incurría en la “ira del rey”; no llevaba consigo la pérdida de los bienes ni afectaba a los familiares próximos del desterrado. El Campeador podía dejar a Jimena y a sus hijos en su casa o en cualquiera de sus propiedades esparcidas a través de casi 80 villas y aldeas; en cambio sus vasallos debían extrañarse con él hasta “ganarle el pan o señor que le hiciera bien”. Por la Historia Roderici sabemos que marchó en primer lugar a Barcelona a ofrecer sus servicios a los condes de aquella ciudad, los hermanos Ramón II y Berenguer II, sin duda atraído por las aspiraciones reconquistadoras de aquellos magnates catalanes; pero no habiendo llegado a un acuerdo con los mismos, a continuación se dirigió a Zaragoza, donde reinaba el taifa al-Muqtadir, de la familia de los Ibn Hñd, que acogió a Rodrigo con gran satisfacción, pensando que los servicios del desterrado podrían ahorrarle las parias que su reino venía pagando a los cristianos desde hacía más de veinte años, ya a Castilla, ya a Aragón, ya a Barcelona.

Pero apenas llegado a Zaragoza muere el rey al-Muqtadir, dividiendo el reino entres sus dos hijos: al hijo mayor, Yñsuf al-Mu’tamin, le deja Zaragoza, y a su hermano Alfagit el Reino de Denia con Tortosa y Lérida. La guerra que se enciende entre los dos hermanos va a revalorizar los servicios militares de Rodrigo, que sigue a las órdenes de al-Mu’tamin. A su vez Alfagit recabará y conseguirá la ayuda del rey de Aragón Sancho I Ramírez y del conde Berenguer Ramón II de Barcelona. El choque de Rodrigo con los cristianos aliados del Rey moro de Lérida se hace inevitable; primeramente con Sancho Ramírez al socorrer Rodrigo con éxito a Monzón (Huesca) y luego al reforzar el castillo de Almenar, 20 kilómetros al norte de Lérida donde el Campeador se enfrenta con el Rey de Lérida a cuyo lado se encuentran el conde de Barcelona Berenguer Ramón II, el conde de Cerdaña, el hermano del conde de Urgel y los gobernantes de los condados de Besalú, del Ampurdán, del Rosellón y aún de Carcasona. Enfrentadas las dos huestes la de Zaragoza y la de Lérida con sus respectivos auxiliares, Rodrigo convence a al-Mu’tamin a que curse propuestas de paz y acceda a pagar un censo por el castillo de Almenara, pero los aliados del Rey de Lérida con una superioridad numérica aplastante rechazan todas las propuestas. No queda otra salida que el combate en el que la hueste cidiana resulta vencedora poniendo en fuga a todo el ejército de Alfagit y sus auxiliares catalanes, que sufrieron importantes bajas dejando tras de sí un inmenso botín; entre los cautivos se contaba el conde de Barcelona y muchos de sus caballeros, que fueron entregados por Rodrigo a al-Mu’tamin, que a los cinco días los dejó volver libres a su tierra.

La gran victoria de Almenar, datable el año 1082, pondrá fin a la primera campaña de Rodrigo al servicio del Rey moro de Zaragoza; al volver triunfador a la ciudad fue acogido con grandes honores y muestras de agradecimiento y respeto por el Rey y la población musulmana. Algún historiador ha querido rebajar al Campeador a la simple categoría de un mercenario; ese mismo criterio habría que aplicar al rey de Aragón Sancho Ramírez y a todos los condes catalanes que prestaban sus servicios al Rey moro de Lérida, y a los condes castellanos que aparecen en la historia participando en las discordias musulmanas luchando al lado de una de las facciones contra la otra. Ese mismo año el alcaide del castillo de Rueda (Zaragoza) se substrajo a la obediencia de al-Mu’tamin y ofreció la entrega de la fortaleza a Alfonso VI; este acudió a tomar posesión de Rueda el 6 de enero de 1083, pero las fuerzas leonesas cayeron en una terrible celada en la que murieron muchos nobles y caballeros, llegando a peligrar la propia vida del Rey. Rodrigo, que se encontraba en la región de Tudela, al tener noticia del desastre acude rápidamente en auxilio de su Rey, que lo recibe con los brazos abiertos y lo invita a regresar con él a Castilla; el Campeador inicia el regreso con Alfonso, pero pasada la emoción del encuentro Rodrigo observa ciertas reticencias, que le decidieron a no continuar el camino hacia Castilla y regresar a Zaragoza. Creemos que a partir de este momento el Campeador ya no es un desterrado, sino un caballero que no quiere cambiar la envidiable situación de que gozaba en Zaragoza por un destino incierto en Castilla.

En este su segundo período al servicio de al-Mu‘tamin, el Campeador, siguiendo las órdenes de aquel, realizará desde Monzón (Huesca) una algara de cinco días por tierras de Sancho I Ramírez sin que este monarca llegara a enfrentarse con él; otra campaña de Rodrigo se dirigirá contra las tierras de Morella, sometidas al Rey de Denia-Lérida. Estas dos campañas contribuirán a estrechar todavía más los lazos entre el Rey de Aragón y el musulmán de Lérida, hasta el punto que unidos ambos se deciden a marchar a tierras de Morella para acabar con el Campeador. Éste no rehúsa la batalla campal que tuvo lugar el 14 de agosto de 1084 y dio el triunfo total a la hueste cidiana, que puso en fuga y persiguió largo trecho a ambos monarcas, haciendo numerosos prisioneros entre los que se encontraban el obispo de Roda Raimundo Dalmacio, el conde Sancho Sánchez de Pamplona, el conde Nuño de Portugal, y otros tres notables que la Historia Roderici enumera por su nombre. Tras la victoria, el recibimiento apoteósico en Zaragoza; al-Mu‘tamin, sus hijos y los habitantes de la ciudad salieron al encuentro del vencedor hasta Fuentes de Ebro, a unos 22 kilómetros de camino, que entró en Zaragoza entre las aclamaciones de la población. El año 1085 fallece el rey al-Mu‘tamin; le sucede su hijo al-Musta‘Ìn II, pero la posición de Rodrigo no sufre ningún cambio.

El 25 de mayo de 1085 Alfonso VI incorporaba a su territorio el reino musulmán de Toledo; los reyes de taifas se alarman ante el avance cristiano y reclaman el socorro de los almorávides africanos; que pasarán el Estrecho y el 23 de octubre de 1086 se enfrentarán con Alfonso VI en Zalaca o Sagrajas (Badajoz), infligiéndole una severa derrota y poniendo en peligro las nuevas conquistas del reino de Toledo. Noticioso el Campeador de la crítica situación de su rey, abandona el servicio del taifa de Zaragoza y se presenta en 1086 ó 1087 en Toledo para ponerse a las órdenes de su señor, que le otorga el gobierno de siete alfoces: Dueñas (Valladolid), Ordejón (Burgos), Ibia (Palencia), Campoo (Palencia), Iguña (Santander), Briviesca (Burgos) y Langa (Soria). Será ahora, 1087, cuando Alfonso VI envíe al Campeador a Valencia con órdenes de asegurar en el trono de aquella ciudad a al-Qªdir, el antiguo rey de Toledo, al que el cristiano había ofrecido Valencia a cambio de Toledo. El Campeador pasa por Zaragoza donde refuerza su mesnada y se le añade el rey al-Musta‘in que también aspiraba a adueñarse de Valencia; la llegada de Rodrigo obliga a retirarse a Berenguer Ramón II que estaba sitiando la ciudad; al-Musta‘in quiere apoderarse de Valencia, pero el Campeador se lo impide alegando que sólo obedece órdenes de su rey Alfonso. Al-Qªdir honra a Rodrigo como a su salvador.

El año 1088 Alfonso VI ordenará a Rodrigo que una su mesnada valenciana al ejército real en marcha hacia Aledo (Murcia) para levantar el asedio que habían puesto los almorávides a la guarnición cristiana; la reunión entre ambos ejércitos no tuvo lugar por algún mal entendido acerca de las rutas a seguir. Este fallo fue aprovechado por los enemigos de Rodrigo para culparlo de traición y de haber abandonado al Rey en peligro; el Monarca dio oídos a estas acusaciones y declaró reo de este delito al Campeador, confiscando sus bienes y apresando a su mujer e hijos. De nada sirvieron las exculpaciones de Rodrigo y sus ofertas de probar su inocencia mediante un juramento solemne o un duelo como juicio de Dios. Lo único que consiguió fue la liberación de doña Jimena y de sus hijos. Declarado traidor por Alfonso, a partir de este momento el Campeador tendrá que sobrevivir en territorio musulmán mediante su espada; tampoco volverá a servir a ningún otro príncipe taifa, como había hecho antes durante cinco años, entre 1081 y 1086, cuando se puso al servicio del Rey de Zaragoza.

En enero de 1089 ataca por sorpresa el castillo de Polop (Alicante) apoderándose del tesoro del Rey moro de Denia depositado en esa fortaleza; este golpe de mano le permitirá invernar en la región y reforzar y sostener a su mesnada en su marcha hacia Valencia. En el verano de ese mismo año se instala en la huerta de Valencia donde es agasajado por al-Qªdir y recibido por el Rey de Lérida, que se adelanta hasta Sagunto para entrevistarse con él, sin que llegara a establecerse un acuerdo. Rápidamente el Campeador somete a todos los alcaides de las fortalezas de la zona al pago de una tributación o parias.

El gran poder adquirido por el Campeador en Levante alarmó al Rey de Lérida, que reclamó la ayuda del conde de Barcelona Berenguer Ramón II, que no podía olvidar la afrentosa derrota sufrida a manos del Cid cinco años atrás. Llegada la primavera de 1090 Berenguer se puso en camino con un inmenso ejército; el Campeador buscó el refugio de las montañas de Morella, hasta donde le seguirá el conde catalán, concretamente hasta el Pinar de Tévar Tras cruzarse unas cartas desafiantes, ambos contendientes inician el combate un día de junio de 1090; superados unos primeros momentos difíciles para Rodrigo, que fue derribado del caballo, la lucha acaba con la más estrepitosa derrota de Berenguer II que cayó prisionero de Rodrigo con otros 5.000 guerreros más. La libertad del conde y la de Giraldo Alamán fue convenida mediante el pago de un rescate de 80.000 monedas de oro; los demás cautivos tuvieron que pactar cada uno de ellos el precio de su libertad. Poco después los dos enemigos, Rodrigo y Berenguer Ramón, llegan a un acuerdo de paz por el que este pone en manos de aquel las tierras de su protectorado levantino.

El año 1091 la reina Constanza que deseaba reconciliar al Rey con el Cid, comunicó a éste cómo el Monarca proyectaba una operación militar contra Granada, sugiriéndole que se sumara a esa campaña para ganarse así el favor del Rey. Rodrigo, que no ansiaba ninguna otra cosa más que la vuelta a la gracia del Rey, partió con su mesnada hacia Granada acompañando a la hueste real, aunque con campamentos separados. La expedición no alcanzó sus objetivos y el resentimiento de Alfonso contra Rodrigo se desató de nuevo; ciertas decisiones del Campeador fueron interpretadas como fanfarronerías, provocando la ira del Rey que trató de apresar al Cid, pero este logró escabullirse, maldiciendo el haber seguido el consejo de la Reina y regresando rápidamente a Levante donde tenía asentado su protectorado. La irritación de Alfonso contra el Cid decidirá al Rey leonés a organizar una coalición para acabar de una vez para siempre con su molesto vasallo. A mediados del verano de 1092 Alfonso VI con todo su ejército se puso en marcha hacia Valencia para atacarla por tierra, al mismo tiempo que 400 naves de Pisa y Génova la aislarían y atacarían por mar. El ataque así planeado fracasó por falta de coordinación entre las fuerzas de tierra y de mar y porque el Cid había abandonado la ciudad en manos de al-Qªdir y de un visir de su confianza, mientras marchaba hacia la comarca de Borja. Desde aquí, tras enviar un mensaje al Rey proclamando su inocencia y fidelidad, manifestaba que no quería luchar contra su Rey, pero que se vengaría en los malos consejeros y enemigos suyos. Cumpliendo su amenaza desencadenó una terrible algara de represalia contra la Rioja, gobernada por su rival y enemigo el conde García Ordóñez, que no osó hacerle frente, asolando y saqueando todas las comarcas desde Alfaro hasta Haro y Nájera.

El fracaso ante Valencia y el saqueo de la Rioja habían puesto de manifiesto una vez más hasta qué punto Rodrigo sobresalía sobre todos los magnates del reino tanto por su valor y capacidad de reclutar una mesnada imbatida cómo por su habilidad política en crear y mantener un protectorado sobre Valencia y todo el Levante. Había llegado para Alfonso la hora de rendirse a la realidad y, como gran monarca y hombre de estado que era, no lo dudó un instante, y dejando a un lado, si no olvidando, los pasados conflictos, envió a Rodrigo su perdón y vuelta a la gracia real más amplia y generosa, devolviéndole todos sus bienes. El Cid se alegró sobremanera y a partir de este año 1092 ya nunca más se alteró la concordia entre Alfonso y Rodrigo.

Musulmanes de Valencia, que deseaban acabar con el gobierno de al-Qªdir y el protectorado cidiano, aprovecharon la ausencia de Rodrigo para llamar a los almorávides a los que abrieron las puertas de Valencia, asesinando a al-Qªdir el 28 de octubre de 1092. Esta injerencia de los almorávides en Valencia va dar origen al gran duelo de nuestro héroe con estos hasta entonces imbatidos africanos. Vuelto el Cid a Levante en noviembre, tras restaurar y reforzar su protectorado en toda la región comenzó a hostigar y a preparar el asedio de la ciudad de Valencia, ahora enemiga. Año y medio duraron estas operaciones hasta que finalmente el 16 de junio de 1094, tras un terrible cerco con todos los horrores y espantos del hambre, Valencia se rindió sin condiciones. Mientras el Cid asediaba la ciudad del Turia, el emir almorávide envió en enero de 1094 contra Rodrigo un enorme ejército que llegó hasta Almusafes a la vista de los asediados y que sorprendentemente retrocedió sin atreverse a atacar a la mesnada del Cid, atrapada entre las murallas de Valencia y el ejército almorávide. Este fracaso dolió enormemente al emir Yñsuf b. TªëufÌn, que pocos meses después enviaba otro segundo ejército contra el Cid, cuando éste era ya dueño de la ciudad; Rodrigo se preparó a resistir tras las murallas; las fuerzas almorávides llegaron hasta el arrabal de Cuarte e iniciaron el asedio entre bravatas y amenazas, pero la mañana del 21 de octubre de 1094, sorprendidas por una salida de los sitiados y por una emboscada tendida durante la noche, al ver perdido su campamento, presas del pánico se dieron a la fuga abandonando un inmenso botín.

Todavía volverían los almorávides sobre Valencia por tercera vez, sufriendo otro descalabro más: fue en la batalla de Bairén, cinco kilómetros al norte de Gandía, en enero de 1097. En esta ocasión al lado del Cid lucharía el infante aragonés, el futuro Pedro I, quedando aniquilado el ejército almorávide que sufrirá enormes pérdidas. Las alegrías del triunfo se verían amargadas pocos meses después el 15 de agosto cuando en la derrota cristiana muera el joven Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid, luchando al lado de Alfonso VI en los campos de Consuegra (Toledo). Dos años más tarde, cuando se hallaba en todo el esplendor de su poder, el 10 de julio de 1099, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, moriría de muerte natural el insigne guerrero que fue Rodrigo Díaz de Vivar, dejando el señorío de Valencia y su mesnada en manos de doña Jimena. Además del hijo muerto en Consuegra dejó el Cid dos hijas: la mayor, Cristina, casaría con el infante navarro Ramiro Sánchez, y un vástago de este matrimonio sería García Ramírez, el Restaurador, rey de Navarra, y a través de ella se pudo decir “Oy los reyes d’España sos parientes son”. La otra de nombre María enlazaría con el joven conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande, y las dos hijas de este último matrimonio, María y Jimena, casarían con el conde de Foix y el conde de Besalú respectivamente.

Tras la muerte del Cid doña Jimena vivió dos años pacíficamente en Valencia, pero el año 1101 de nuevo los almorávides se presentaron ante la ciudad; iniciado el asedio, la mesnada cidiana resistió desde septiembre hasta marzo del año siguiente, en que doña Jimena solicitó el auxilio de Alfonso VI. Llegado este a Valencia fue acogido con la máxima alegría, pero tras analizar la situación juzgó indefendible la plaza y ordenó su evacuación, dejando tras de sí algunos incendios. Con el rey Alfonso abandonaron Valencia doña Jimena, el obispo don Jerónimo y la mesnada cidiana llevando consigo los restos mortales de Rodrigo, que fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña, junto a Burgos.

DON PELAYO

Pelayo

Pelayo. Don Pelayo. ?, s. VII – Cangas de Onís (Asturias), 737. Rey de Asturias.

Caudillo cristianoRey, reina de Asturias

Con él se inicia la serie de los reyes de Asturias y su nombre se asocia estrechamente a los hechos germinales de ese Reino: insumisión de los astures contra el dominio islámico, batalla de Covadonga y consiguiente creación de un primer núcleo local independiente del poder musulmán con centro en el lugar de Cangas de Onís, en el valle del curso medio del Sella y al abrigo de la formidable fortaleza natural de los Picos de Europa.

Los comienzos de la lucha de los astures contra los árabes y del caudillaje de Pelayo se conocen fundamentalmente a través de los relatos que han transmitido las crónicas hispanocristianas más antiguas —la llamada Albeldense y la de Alfonso III en sus dos versiones, Rotense y “a Sebastián”, ambas escritas probablemente en Oviedo en el penúltimo decenio del siglo IX—, y por los testimonios mucho menos elocuentes de algunos diplomas asturianos dignos de crédito, sobre los que destaca la famosa donación de Alfonso II en el 812 a la iglesia de San Salvador de Oviedo, y de la tradición historiográfica musulmana.

La fuente más próxima a la rebeldía pelagiana —la Crónica Mozárabe del 754—, en la que su anónimo autor se lamenta amargamente de la “pérdida de España” a manos de los invasores árabes, silencia, sin embargo, los hechos primeros de la resistencia astur. Ese silencio, unido a las contradicciones que se encuentran en los más antiguos relatos cristianos y musulmanes y a las adherencias fabulosas del más explícito de aquéllos, el contenido en la Crónica de Alfonso III, fueron el motivo principal del demoledor escepticismo con el que algunos historiadores se enfrentaron a la reconstrucción histórica de los orígenes del Reino de Asturias, antes de que en el tercer decenio del pasado siglo Claudio Sánchez-Albornoz iniciase su densa y rigurosa producción historiográfica dedicada a perfilar los contornos de ese hecho y de Pelayo, su personaje central. Hoy, gracias sobre todo a esa aportación albornociana, matizada con las correcciones que imponen nuevos enfoques del problema y la inevitable revisión crítica sugerida por nuevas lecturas e interpretaciones de las fuentes disponibles, es ya posible una aproximación histórica, razonablemente aceptable, a la figura de Pelayo y de la comunidad que él acaudilló y a los hechos que, con Pelayo como principal protagonista, se desarrollaron en Covadonga y su entorno pocos años después de que los musulmanes iniciasen la rápida conquista de la Península. Y detrás de las contradicciones de las fuentes, de los datos irreconciliables, de las deformaciones fantásticas que ofrecen en muchos casos y de unos silencios no tanto atribuibles a la inexistencia de los hechos como al desconocimiento o minusvaloración, impremeditada o consciente, de los mismos por quienes los historiaban, la realidad de Pelayo y Covadonga, de los sucesos que esos dos nombres evocan, es actualmente incuestionable y de general aceptación por la historiografía más autorizada.

Tras el descalabro sufrido en la batalla de Guadalete por el Ejército de don Rodrigo (711), la afirmación del poder musulmán sobre la Península se logró rápidamente. La Crónica de Alfonso III en su versión “a Sebastián” refiere la huida hacia Asturias y las tierras de más allá de los Pirineos de los supervivientes de la vencida facción del último monarca godo. Entre los que se acogieron a la “tierra de los asturianos” figuraría, según el mismo texto, Pelayo, a quien se hace aquí hijo del duque Favila, de linaje real, y en la redacción Rotense, más fiable, espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo. La Crónica Albeldense, sin embargo, presenta a Pelayo en Asturias, tras su expulsión de Toledo por Vitiza, donde se encontraría en el tiempo en que los musulmanes ocuparon la Península.

Las expediciones musulmanas de conquista del noroeste peninsular seguirían los cauces de penetración marcados por las antiguas vías romanas y en concreto, y por lo que a las Asturias transmontanas se refiere, seguramente la que desde León conducía a Gijón, ciudad marítima en la que se presenta como gobernador a cierto Munuza, de quien dicen las crónicas cristianas que “cumplía en la ciudad de Gijón las órdenes de los sarracenos sobre los astures”.

En Asturias, siguiendo la atendible referencia de la Albeldense, viviría Pelayo sometido a la autoridad del prefecto musulmán, gozando de una cierta tranquilidad obtenida al precio de ese sometimiento y acaso asumiendo unas ciertas responsabilidades sobre su propia región y su pueblo, tanto si era un representante de la nobleza local del país como si se trataba de un individuo de origen godo con fuerte arraigo familiar entre los astures y sólida implantación en el territorio. Se reproduciría así en Asturias una situación similar a las que se sabe que ocurrieron en otras regiones al producirse el derrumbamiento de la autoridad central toledana que aceleraría el proceso de fragmentación del Reino Visigodo, bastante avanzado ya a principios del siglo VIII.

La Crónica Albeldense, sin duda la más fiable entre las fuentes narrativas que historian la génesis del Reino de Asturias, a pesar de su extremado laconismo, dice que “una vez que España fue ocupada por los sarracenos, éste [Pelayo] fue el primero que inició la rebelión contra ellos en Asturias”, pero no proporciona ninguna indicación sobre las causas de esa insumisión pelagiana. La versión “a Sebastián” de la Crónica de Alfonso III, también muy parca en este punto, afirma que fueron los godos refugiados en Asturias los que “eligieron por su príncipe” a Pelayo, para referirse seguidamente a la expedición represora de Alkama contra el rebelde. Mucho más explícitas son las informaciones de la versión Rotense de la crónica regia, que componen un detallado relato de la rebeldía pelagiana tras el que es posible descubrir una serie de acontecimientos coherentes en relación con la génesis de la insumisión de los astures y del caudillaje de Pelayo.

Siguiendo el relato cronístico, parece que enamorado el prefecto musulmán Munuza, residente en Gijón, de la hermana de Pelayo, cuyo nombre se oculta, aquél decidió alejarlo de la tierra enviándolo a Córdoba “con el pretexto de una comisión”, acaso relacionada con las condiciones de sometimiento de los astures. Aprovechando esa ausencia, el musulmán se habría unido en matrimonio con dicha hermana, provocando la reacción de Pelayo, ya de regreso en Asturias. No hay razones para atribuir carácter legendario a estos hechos, que se ajustan a las pautas de comportamiento seguidas por los nuevos ocupantes de la Península y de las que existen algunos expresivos ejemplos perfectamente acreditados. Más problemático es, sin embargo, atribuirles en exclusiva el carácter de causa próxima de la rebeldía pelagiana, a la que no debió ser ajeno algún tipo de conflicto relacionado seguramente con las condiciones de sometimiento y el pago de tributos a los nuevos gobernantes musulmanes. Ya en el camino de la rebelión abierta contra la autoridad islámica, Pelayo se vería forzado a eludir el acoso de las tropas encargadas de su captura; y en su huida por terrenos bien conocidos y en los que no dejaría de contar con apoyos de la población local, terminaría acogiéndose a la protección que brindaban las estribaciones montañosas de los Picos de Europa.

El relato de esta huida tal como la presenta la versión Rotense —la más antigua y fiable— de la Crónica de Alfonso III, no ofrece acontecimientos inverosímiles. La llegada de Pelayo a las tierras ribereñas del Sella la hace coincidir el texto con la celebración de un concilium o asamblea popular de los habitantes de la comarca. Sintiéndose seguro en aquella fortaleza natural —“un gran monte cuyo nombre es Auseva”—, dice la Crónica que “hizo correr sus órdenes por entre todos los astures”, alentándoles a la insumisión contra los dominadores musulmanes y siendo elegido por aquéllos “como su príncipe”. Son así los astures los que legitiman con su elección a Pelayo como jefe de una sublevación que no parece haber tenido en sus orígenes ninguna conexión con la tradición política visigótica, truncada en el año 711. La más manipulada versión erudita o “a Sebastián” de la crónica regia hace de Pelayo un caudillo elegido por la propia nobleza visigoda refugiada en la región, tratando de legitimar retrospectivamente el nacimiento de la nueva Monarquía asturiana que entroncaría así directamente con la extinta monarquía gótica.

Los comienzos de la rebeldía de Pelayo deben situarse, como propone Sánchez-Albornoz, en el año 718, coincidiendo con el valiato de al-Ḥurr; y transcurriría seguramente algún tiempo hasta que los musulmanes decidieran sofocarla, empeñados como estaban en empresas militares más urgentes. En aquel año debe fijarse, en todo caso, el comienzo del caudillaje efectivo de Pelayo sobre los astures, siguiendo los cómputos de la Crónica de Alfonso III al datar su muerte en el 737 y fijar en diecinueve años la duración de su mandato. En el 721 es designado valí de al-Andalus el yemení ‘Anbasa, que estará al frente de la España musulmana hasta el 726. Es durante su gobierno cuando se decide reducir por la fuerza a los rebeldes astures y reintegrarlos a la obediencia.

La expedición de castigo contra Pelayo y sus partidarios debió ponerse en marcha en la primavera del 722, al mando de Alkama y figurando entre sus acompañantes el obispo Oppa, a quien la Crónica alfonsina hace hijo del rey Vitiza, cuya facción, enemiga de la de don Rodrigo, apoyó la entrada de los musulmanes en la Península, cooperando después en la consolidación de su nueva autoridad.

Los primeros encuentros entre las tropas islámicas y los rebeldes debieron ser favorables a aquéllos. Acosados por el ejército de Alkama, reducidos en sus efectivos, aunque acaso no tanto como pretenden hacer creer los historiadores musulmanes que refieren estos hechos, Pelayo y los suyos se acogen al refugio seguro de la fortaleza natural de los Picos de Europa. Replegándose por el valle de Cangas los astures, buenos conocedores del terreno, atraen a sus perseguidores hacia su parte más angosta, cerrada ya completamente por el monte Auseva. Allí localizan el encuentro final y decisivo entre los musulmanes y los rebeldes las dos versiones de la Crónica de Alfonso III, con todo lujo de pormenores geográficos, mientras que los testimonios de los historiadores árabes, aunque sin aportar detalles, describen unas condiciones del terreno que se avienen perfectamente con esa misma localización o, por lo menos, no la contradicen.

La crónica regia habla en su versión primitiva o Rotense de la “coba dominica” y en el texto erudito o “a Sebastián” de la “coua Sancte Marie”; y en ambas se sitúa la cueva en el monte Auseva (“Aseuua”). El relato de la batalla entre musulmanes y cristianos se ofrece seguidamente con gran detalle, introduciendo, al lado de noticias dignas de crédito, circunstancias y pormenores fantásticos, exageraciones desmesuradas y atribuciones providencialistas que no dejan, sin embargo, de tener una explicación si se interpretan desde la perspectiva de la ideología que informaba la tradición historiográfica cristiana de aquella época y a la luz de la importancia decisiva que debió ofrecer a los ojos de los sucesores de los astures de Pelayo, bastante tiempo después, el encuentro de Covadonga, constituido en verdadero hecho fundacional del nuevo reino. La desmesurada extensión que en la Crónica de Alfonso III, de suyo tan lacónica, se da al relato del choque entre musulmanes y cristianos es la mejor prueba del valor fundamental que se les atribuía en los ambientes cortesanos de fines del siglo IX en los que ese texto narrativo se redacta.

Los astures, dominando el escenario de la batalla desde la cueva excavada en la roca del Auseva y desperdigados quizá por las escarpaduras de las montañas que flanquean el valle, convertido ya en aquel lugar en estrecha garganta, derrotaron de forma contundente a las tropas islámicas, desfavorablemente situadas en el fondo del mismo. Muchos encontrarían la muerte, como el propio Alkama; y otros, como el obispo Oppa, serían hechos prisioneros. Cortada la retirada hacia el Oeste, donde el valle de Cangas se abre, una parte de la vanguardia musulmana buscó la salvación adentrándose en las fragosidades de los Picos de Europa, en una penosa travesía que puede reconstruirse en algunos jalones de su itinerario a través de las indicaciones que facilita la propia Crónica de Alfonso III y que concluiría en el valle de Liébana, a orillas del Deva, con un nuevo descalabro de los derrotados musulmanes como consecuencia de un desprendimiento de tierras que bien pudiera obedecer a causas naturales —son frecuentes en esa zona— y que el cronista atribuye a intervención divina.

Los hechos hasta aquí expuestos, deducidos de las informaciones debidamente depuradas que ofrecen los relatos de las crónicas cristianas, de la observación del propio escenario de esos hechos y de las condiciones sociales del momento, pueden resumir lo que pudo ser la batalla de Covadonga y sus antecedentes inmediatos, a partir de la insumisión de los astures y de la elección de Pelayo como su caudillo.

Sobre esos hechos actuó, deformándolos, para exagerarlos fantásticamente o para restarles importancia, la historiografía cristiana y árabe más próxima en el tiempo. Y así, la Crónica de Alfonso III, principal fuente de información de los episodios germinales del Reino de Asturias, exagera fabulosamente el número de musulmanes presentes en Covadonga —187.000 hombres— e introduce abundantes elementos fantásticos en la narración de la batalla, trufados de atribuciones providencialistas, en un interesado y hasta cierto punto comprensible intento de sublimación de orígenes. Mucho más sobria y fiable y sin las adherencias retóricas y fabulosas de la crónica regia, la llamada Albeldense, redactada igualmente durante el reinado de Alfonso III aunque anterior en algunos años a aquélla, se limita a consignar escuetamente los hechos esenciales de la rebeldía de Pelayo y del encuentro entre cristianos y musulmanes, sobre los que aporta también un testimonio de extraordinario valor la donación de Alfonso II a San Salvador de Oviedo, otorgada en el año 812, bastante temprana pues, y de segura autenticidad. En ella se hace a Pelayo, encumbrado al rango de príncipe, vencedor de los árabes y “defensor del pueblo de los cristianos y los asturianos”. El silencio que guarda el anónimo autor de la Crónica Mozárabe del 754 sobre los hechos de Covadonga puede justificarse por el nulo o escaso eco que tendría en los círculos cordobeses en los que probablemente él escribe, la fallida expedición de castigo dirigida hacia un lejano y apartado lugar de la frontera norteña de la España islámica, salvo el supuesto, poco probable, de que cierto pasaje de dicha crónica relativo al fracaso de una expedición musulmana contra los pueblos del Pirineo, no estuviese en realidad haciéndose eco del triunfo de Pelayo.

Por su parte, los historiadores musulmanes, recogiendo tradiciones antiguas, constatan también la rebeldía pelagiana y la campaña contra sus partidarios, restando importancia a los hechos. Ibn Ḥayyān e Isa al-Razi limitan a un reducido número de combatientes hambrientos la hueste astur acorralada con su jefe en los refugios naturales de la montaña a consecuencia del continuo hostigamiento de las tropas islámicas; y hacen a éstas cuya situación “llegó a ser penosa” —confiesa uno de los cronistas— por las dificultades del terreno, abandonar finalmente el intento de someter a los “treinta asnos salvajes” mandados por Pelayo y supervivientes de los combates contra los musulmanes, despreciando su porfiada resistencia.

En lo fundamental —la rebeldía astur y el intento fallido de los musulmanes para sofocarla— concuerdan pues las fuentes cristianas y las islámicas. La exageración de aquéllas al relatar el triunfo y el laconismo de éstas disimulando la propia derrota no contradicen la historicidad esencial de los hechos ni pueden dar base a su negación, como en algún caso se ha hecho. Su cronología, desde la rebeldía pelagiana a la batalla de Covadonga —del 718 al 722— se aviene con la reconstrucción que de la etapa germinal del Reino de Asturias haría Sánchez-Albornoz, aunque algunas propuestas recientes la hayan modificado ligeramente, adelantando el encuentro bélico al primero de esos años o retrasándolo incluso hasta una fecha de difícil acoplamiento al cómputo cronístico del tiempo de duración del caudillaje de Pelayo. No parece probable, en todo caso, que en Covadonga se restaurase el antiguo reino de los godos y que fuera la propia nobleza gótica, vencida y maltrecha, la que en un primer momento elevase a Pelayo a la jefatura de la insumisión contra los musulmanes. La rebeldía de los astures y el propio caudillaje de Pelayo tuvo seguramente en sus orígenes un carácter y alcance estrictamente locales, planteándose con independencia de la tradición política visigoda. Sería después, con el arraigo en Asturias de un sentimiento neogoticista que debe no poco a la influencia de los hispanos inmigrados del sur, cuando se quiso ver en la Monarquía asturiana la continuadora directa y legítima del desaparecido reino godo. Y es ese ideal neogoticista el que inspira a los cronistas que en las postrimerías del siglo IX atribuyen a la rebeldía pelagiana una finalidad restauracionista que probablemente nunca existió en aquellos momentos.

Pelayo es, lo apunta certeramente un historiador musulmán, un rey nuevo que reina sobre un pueblo nuevo. La muy autorizada donación del 812 no permite dudar sobre la identificación del caudillaje de Pelayo con los astures ni del final del reino visigodo tras el descalabro sufrido por don Rodrigo a manos de los invasores musulmanes. La cesura efectiva entre ese reino y el surgido en las montañas de Covadonga se afirma también tajantemente en otras fuentes dignas de todo crédito, como la Crónica Albeldense cuyo anónimo autor, influido sin duda en este punto más por las tradiciones locales que por el ideario progótico de la Corte ovetense, donde seguramente escribe, dice con la sencillez que le caracteriza y tras la referencia escueta del triunfo de Pelayo sobre los árabes, que “desde entonces se devolvió la libertad al pueblo cristiano [...] y por la divina providencia surge el reino de los astures”.

La explotación del éxito obtenido por los asturianos en Covadonga se produciría con el vencimiento final del representante del poder musulmán en la región —Munuza— y de sus tropas en un lugar que la Crónica de Alfonso III llama Olalíes (“locum Olaliense”) y que tradicionalmente se venía localizando en el valle de Proaza, bastante distante del escenario de aquellos hechos y sobre una de las rutas que conduce a la más importante vía transmontana de La Mesa. El hecho de documentarse allí, en la Edad Media, una villa de “Olalíes” y la proximidad a aquella vía abonaba tal identificación. Sin embargo, la presencia del mismo topónimo en las proximidades de Oviedo y sobre la vía que unía la ciudad marítima de Gijón con León, muy cerca de Lugones y en un lugar abierto a la comunicación directa con la llanada centro-oriental de Asturias, hace más razonable situar en este lugar de “Olali” aquel choque final en el que encontraría la muerte el propio Munuza.

Después de ese triunfo, dice la crónica regia en su versión “a Sebastián” que no quedó ni un solo musulmán en las Asturias transmontanas, poblándose la tierra y restaurándose las iglesias. Pelayo establece el centro de poder del núcleo insumiso astur en el lugar de Cangas de Onís, próximo a Covadonga, elección que podría explicarse por una posible vinculación familiar a la zona, muy romanizada y, con toda seguridad, cristianizada antes de la rebelión. La propia geografía favorecía la elección de tal lugar, bien protegido de eventuales ataques exteriores por la fortaleza natural de los Picos de Europa y en una comarca —la Primorias de los textos cronísticos— vecina al área de poblamiento de los cántabros, con los que el caudillo de los astures aparecerá pronto estrechamente asociado por el matrimonio de su hija Ermesinda con Alfonso, hijo del duque de Cantabria Pedro.

Tanto la Crónica Albeldense como la de Alfonso III coinciden en la datación de la muerte de Pelayo en el año 737, tras diecinueve de reinado, puntualizando que ocurrió en Cangas.

En la interpolación al texto erudito de la crónica regia, hecha por el obispo Pelayo de Oviedo en el siglo XII, se dice que el Monarca y su esposa Gaudiosa recibieron sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en el territorio de Cangas.