jueves, 31 de julio de 2025

Caracalla, el fratricida (211-217 d. C.)

 

Caracalla, el fratricida (211-217 d. C.)

El poder compartido, aunque sea con tu propio hermano, puede acabar muy mal. Buena prueba de ello la ofrecieron Caracalla y Geta, quienes heredaron el trono de manera conjunta tras la muerte de su padre, Septimio Severo. La relación entre ambos no era buena, y Caracalla, temeroso de que su hermano se alzara contra él –o por simples celos y afán de poder, según algunas fuentes– acabó por ordenar matar a Geta. A él y, ya de paso, a 20 000 de sus seguidores. Por si las moscas... Y es que, debido a su carácter paranoico, Caracalla veía conspiraciones en cada rincón y ordenó múltiples ejecuciones preventivas, lo que le granjeó muchas enemistades.Un día, de camino a una batalla, se detuvo para hacer sus necesidades y, agachado tras un arbusto, uno de sus propios guardias lo acuchilló hasta la muerte. La orden la dio el prefecto del pretorio, Macrino, un bereber de baja cuna que fue nombrado inmediatamente emperador por sus soldados y ostentó el poder durante un año.

Septimio Severo, el militarista (193-211 d. C.)

 


Septimio Severo, el militarista (193-211 d. C.)

Consciente de que si contaba con el apoyo del ejército podría pasar por alto las opiniones del senado, Septimio Severo aumentó la paga de los legionarios y mejoró sus condiciones de vida. Sus éxitos militares contra los partos otorgaron al imperio el control de Mesopotamia y, a él, un prestigio que no dudó en utilizar para convertir Roma en una dictadura militar: hizo acampar a 50 000 legionarios alrededor de la capital y ordenó ejecutar a decenas de senadores díscolos bajo el pretexto de que eran corruptos y conspiraban contra él.  

Pese a su férreo autoritarismo y la crueldad de sus decisiones a la hora de tomar represalias contra sus enemigos –ya fueran políticos o militares–, la mayor parte del pueblo amaba a Septimio Severo, pues había devuelto la gloria a Roma tras el decadente gobierno de Cómodo. No opinaban lo mismo los cristianos, quienes contemplaron, aterrorizados, cómo se multiplicaba el número de mártires durante su reinado.


Cómodo el gladiador (177-192 d. C.)

 




Cómodo el gladiador (177-192 d. C.)

El reinado de Cómodo, hijo de Marco Aurelio, es considerado por muchos historiadores como el inicio de la decadencia de Roma.  Fuerte y bien parecido, creía ser la encarnación de Hércules, por lo que erigió́ a lo largo de todo el imperio estatuas de sí mismo ataviado como el héroe griego. Bajó a combatir en la arena del Coliseo cientos de veces –siempre ganaba, por supuesto–, y cada una de sus actuaciones suponía un dispendio terrible para el erario público. Además, mantenía una pésima relación con el senado y era muy dejado en sus tareas administrativas.  Después de sufrir varios intentos de asesinato, perdió́ la razón. En el Coliseo, ordenaba atar en el centro de la arena a soldados con alguna amputación de guerra para matarlos él mismo con su espada. Su imagen pública se derrumbó́ estrepitosamente hasta que, finalmente, su maestro de lucha lo estranguló en la bañera.

Domiciano, el paranoico (81-96 d. C.)

 


Domiciano, el paranoico (81-96 d. C.)

Era un tipo culto e inteligente, pero tras sofocar una rebelión su carácter se agrió y ordenó ejecutar a muchos opositores políticos. Cuenta Suetonio que, un día, el astrólogo Ascletarión predijo que Domiciano moriría a la quinta hora –entre las 10 y las 11 de la mañana actuales, más o menos–. El emperador  lo llamó a palacio y le preguntó cómo sería la muerte de Ascletarión, a lo que el astrólogo respondió́ que muy pronto sería devorado por perros. Para demostrar que el sabio era falible, Domiciano mandó degollarlo al instante, quemar su cadáver y enterrarlo. Pero una tormenta apagó la pira y unos canes comenzaron a morder sus restos.Desde entonces, Domiciano no se separaba de su guardia hasta que pasaba la quinta hora, y tenía un sirviente cuya única función era comunicarle la hora exacta. Unos conspiradores lograron convencer al criado para que, en el momento propicio, dijera al emperador que ya era la hora sexta y cuando este, al creerse a salvo un día más, se quedó́ a solas, lo apuñalaron.

Nerón, el pirómano (54-68 d. C.)

 




Nerón, el pirómano (54-68 d. C.)

Uno de los emperadores con peor fama de la historia es Nerón, retratado por la literatura y el cine como un loco asesino, debido, sobre todo, a su implacable persecución contra los cristianos y la posterior venganza historiográfica de estos a lo largo de los siglos.  Se acusa a Nerón de ordenar innumerables asesinatos, incluidos los de su propia madre, hermanastro y primera esposa. A su segunda mujer, narran los cronistas, la mató él mismo a patadas pese a encontrarse embarazada del hijo de ambos.  

Pero si hay un episodio trágico por el que Nerón es recordado, ese es el gran incendio de Roma del 19 de julio del año 64, que duró cinco días y afectó gravemente a once de los catorce distritos de la ciudad. Nunca se supo si el incendio fue accidental o provocado. Según Suetonio y Dion Casio, Nerón cantaba mientras la ciudad ardía. Para Tácito, Nerón se encontraba fuera de Roma, regresó corriendo a la ciudad en cuanto supo la noticia y utilizó su propio tesoro para tratar de paliar la tragedia. Fuera como fuese, entre el pueblo corrió́ la voz de que el responsable había sido el emperador; y Nerón, para desviar las sospechas, acusó a los cristianos, a quienes se dedicó́ a perseguir con saña.


Tiberio, el pedófilo (14-37 d. C.)

 


Tiberio, el pedófilo (14-37 d. C.)

Fue durante su gobierno, según los textos sagrados, que Jesús fue crucificado. Hombre alto y fornido, aunque acomplejado por su calvicie y unas úlceras faciales que le afeaban el rostro, Tiberio fue un buen gobernante que consolidó el poder y la riqueza de Roma. Sin embargo, algunos historiadores romanos destacan también su carácter huraño, a la vez tímido y cruel.  Suetonio, por ejemplo, cuenta que, como estaba prohibido estrangular a las mujeres vírgenes, Tiberio ordenaba al verdugo que las violara primero. Y habla de las supuestas depravaciones sexuales –pedofilia, voyerismo y sadomasoquismo– a las que se entregaba en su villa de Capri. Según el cronista, Tiberio había adiestrado a niños de tierna edad, a quienes llamaba pececillos, para que jugaran entre sus piernas en el baño y lo excitaran con la boca.  

Suetonio escribe también acerca de una roca escarpada en Capri desde donde el emperador arrojaba al mar a sus víctimas después de torturarlas. Al parecer, era una persona bastante creativa a la hora de infligir dolor. Por ejemplo, obligaba a los invitados a beber una gran cantidad de vino y les ataba con fuerza el pene para someterlos al doble suplicio de la presión de la cuerda y no poder orinar.

Se dice que un pescador se acercó a él para regalarle un espléndido barbo que había capturado, pero lo hizo de manera tan repentina que asustó a Tiberio, así que este ordenó que le restregaran la cara con el pez. En medio del castigo, el pescador aún tuvo ánimo de bromear: “Menos mal que no le he ofrecido la langosta que he capturado esta mañana”. Tiberio, que oyó sus palabras, ordenó ir a buscar la langosta e hizo que le desgarraran la cara con ella.

Calígula, el insomne (37-41 d. C.)

 




Calígula, el insomne (37-41 d. C.)

Más allá́ de los excéntricos caprichos por los que es recordado hoy –como pretender nombrar cónsul a su caballo preferido, Incitatus–, Calígula, sucesor de Tiberio, fue retratado por los cronistas Suetonio y Dion Casio como un auténtico psicópata criminal. Hay que decir, sin embargo, que ninguno de los dos fue coetáneo del monarca y es muy posible que sus narraciones fueran tendenciosas.  

Emperador a los veinticuatro años, Calígula padecía insomnio. Según los relatos de Suetonio, apenas lograba dormir tres horas y se pasaba las noches recorriendo los pasillos de su palacio mientras invocaba la llegada de la luz diurna. Al poco de alcanzar el poder, cayó gravemente enfermo debido, dicen, a su vida de excesos, como sus famosas bacanales, donde las mujeres sufrían todo tipo de agresiones y perversiones sexuales. Logró recuperarse, pero, cuando lo hizo, su carácter había empeorado: una de sus primeras órdenes fue la de ejecutar a una serie de personas que habían ofrecido sus vidas a los dioses si el emperador recobraba la salud –lo prometido es deuda, ¿no?–.  

Calígula se consideraba a sí mismo una deidad, y construyó tres templos en su propio honor. Veía conspiraciones por todas partes y se deleitaba contemplando la tortura y la ejecución de aquellos a quienes, de modo preventivo, decidía señalar. Ejemplo de paranoia autocumplida, murió́ apuñalado por una conspiración de senadores y pretorianos sublevados contra su tiranía.