lunes, 28 de julio de 2025

Beato Urbano II, Papa 29 Julio


Julio 29
159 -Beato Urbano II: Francia; Marzo 12, 1088-Julio 29, 1099. Nació en Francia. Elegido el 12.III.1088, murió el 29.VII.1099. Las luchas por la supremacía del Papa o del emperador, le obligaron a exiliar. Enrique V, logró hacerse coronar con el derecho de investidura. Se construyó la iglesia de S. María del pueblo, donde los romanos veían el fantasma de Nerón
El Beato Urbano II (1040-1099) es, indudablemente, uno de los papas más insignes de la Edad Media, cuyo mérito principal consiste, aparte de la santidad de su vida, en haber hecho progresar notablemente y llevado adelante la reforma eclesiástica, ampliamente emprendida por San Gregorio VII (1073-1085). El resultado brillante de sus esfuerzos aparece bien de manifiesto en los grandes sínodos de Piacenza y de Clermont, de 1095, y en la primera Cruzada, iniciada en este último concilio (1095-1099).
Nacido de una familia noble en la diócesis de Soissons, en 1040, llamábase Eudes u Otón; tuvo por maestro en Reims al fundador de los cartujos, San Bruno: fue allí mismo canónigo, y el año 1073 entró en el monasterio de Cluny, donde se apropió plenamente el espíritu de la reforma cluniacense, entonces en su apogeo. De esta manera se modeló su carácter suave y humilde, pero al mismo tiempo entusiasta y emprendedor. Por esto llegó fácilmente a la convicción de que el espíritu de la reforma cluniacense, que iba penetrando en todos los sectores de la Iglesia, era el destinado por Dios para realizar la transformación a que aspiraban los hombres de más elevado criterio eclesiástico. Por esto, ya desde el principio de la gran campaña reformadora emprendida por Gregorio VII, Otón fue uno de sus más decididos partidarios.
Estaba entonces al frente de la abadía de Cluny el gran reformador San Hugón, a cuya propuesta Gregorio VII elevó en 1078 al monje Otón al obispado de Ostia. Bien pronto pudo éste dar claras pruebas de sus extraordinarias cualidades de gobierno, pues, enviado por el Papa como legado a Alemania, supo allí defender victoriosamente los derechos de la Iglesia frente a las arbitrariedades del emperador Enrique IV. Al volver de esta legación acababa de morir Gregorio VII.
La situación de la Iglesia era en extremo delicada. Al desaparecer el gran Papa, personificación de la reforma eclesiástica, dejaba tras sí un ejército de hombres eminentes, discípulos o admiradores de sus ideas. Frente a ellos estaban sus adversarios, entre los cuales se hallaban el violento Enrique IV y el antipapa puesto por él, Clemente III. En estas circunstancias fue elegido el Papa Víctor III (1086-1087), antiguo abad de Montecasino, gran amigo de las letras, pero indeciso, reconciliador y poco partidario de las medidas violentas. Pero muerto inesperadamente al año de su pontificado, fue elegido entonces nuestro Otón de Ostia, quien tomó el nombre de Urbano II.
Era, indudablemente, el hombre más a propósito, el hombre providencial en aquellas circunstancias. Dotado de las más eximias virtudes cristianas, era un amante y entusiasta decidido de la reforma eclesiástica, de que ya había dado muestras suficientes. Precisamente por esto su elección fue considerada por todos como el mayor triunfo de las ideas gregorianas, y rápidamente recobraron todo su influjo los elementos partidarios de la reforma eclesiástica. Así lo entendieron también Enrique IV, el antipapa Clemente III y todos los adversarios de la reforma, los cuales se aprestaron a la lucha más encarnizada.
Ya desde el principio quiso el nuevo Papa dar muestras inequívocas de su verdadera posición. En diferentes cartas, dirigidas a los obispos alemanes y franceses, escritas en los primeros meses de su pontificado, expresó claramente su decisión de renovar en todos los frentes la campaña de reforma gregoriana. Así lo manifestó en el concilio Romano de la cuaresma de 1089, y, sobre todo, así lo proclamó en el concilio de Melfi, de septiembre del mismo año, en el que se renovaron las disposiciones contra la simonía, contra el concubinato y contra la investidura laica, y que constituye el programa que Urbano II se proponía realizar en su gobierno.
Mas, por otra parte, con su carácter más flexible y diplomático con su espíritu de longanimidad y mansedumbre, siguió un camino diverso del que se había seguido anteriormente, y con él obtuvo mejores resultados. Inflexible en los principios y genuino representante de la reforma gregoriana, sabía acomodarse a las circunstancias, procurando sacar de ellas el mayor partido posible. Símbolo de su modo de proceder son Felipe I de Francia, vicioso y afeminado, pero hombre en el fondo de buena voluntad, y Enrique IV de Alemania, bien conocido por sus veleidades y mala fe. Del primero procuró sacar lo que pudo con concesiones y paternales amonestaciones. Con el segundo ni siquiera lo intentó, manteniendo frente a él los principios de reforma y alentando siempre a los partidarios de la misma.
Con clara visión sobre la necesidad de intensificar el ambiente general de reforma fomentó e impulsó los trabajos de los apologistas. Movidos por este impulso pontificio, muchos y acreditados escritores lanzaron al público importantes obras, que contribuyeron eficazmente a que ganaran terreno y se afianzaran las ideas de reforma. Así Gebhardo de Salzburgo compuso una carta, dirigida a Hermann de Metz, típico representante de la oposición a la reforma, en la que defiende con valiente argumentación la justicia del Papa. Bernardo de Constanza dirigió a Enrique IV un tratado, en el que establece como base la expresión de San Mateo (18, 17): "El que rehusa escuchar a la Iglesia sea para ti como un pagano y un publicano"; y poco después publicó una verdadera apologética de la reforma. Otro escritor insigne, Anselmo de Lucca, redactó una obra contra Guiberto, es decir, el antipapa Clemente III. Indudablemente este movimiento literario, impulsado por Urbano II, fue un arma poderosa y eficaz para la realización de la reforma.
Así, pues, mientras con prudentes concesiones y convenios ventajosos para la Iglesia Urbano II logró robustecer su influjo en Francia, España, Inglaterra y otros territorios, en Alemania siguió la lucha abierta y decidida con Enrique IV. En Francia mantuvo con energía la santidad del matrimonio cristiano frente al divorcio realizado por el rey al separarse de la reina Berta, llegando en 1094 a excomulgarlo; mas, por otra parte, en la cuestión de la investidura laica, por la que los príncipes defendían su derecho de nombramiento de los obispos, llegó a un acuerdo, que fue luego la base de la solución final y definitiva: el rey renunciaba a la investidura con anillo y báculo, dejando a los eclesiásticos la elección canónica; pero se reservaba la aprobación de la elección, que iba acompañada de la investidura de las insignias temporales. También en Inglaterra tuvo que mantenerse enérgico Urbano II frente al rey Guillermo, quien, a la muerte de Lanfranco, no quería reconocer ni a Urbano II ni al antipapa Clemente III; pero al fin se llegó a una especie de reconciliación.
El resultado fue un robustecimiento extraordinario del prestigio pontificio y de la reforma eclesiástica por él defendida. El espíritu religioso aumentaba en todas partes. Los cluniacenses se hallaban en el apogeo de su influjo y por su medio la reforma penetraba en todos los medios sociales. El estado eclesiástico iba ganando extraordinariamente, por lo cual se formaban en muchas ciudades grupos de canónigos regulares, de los cuales el mejor exponente fueron los premonstratenses, fundados poco después.
Es cierto que, durante casi todo su pontificado, Urbano II se vio obligado a vivir fuera de Roma, pues Enrique IV mantenía allí al antipapa Clemente III. Pero, esto no obstante, desplegó una actividad extraordinaria y fue constantemente ganando terreno. En una serie de sínodos, celebrados en el sur de Italia, renovó las prescripciones reformadoras, proclamadas al principio de su gobierno. Pero donde apareció más claramente el éxito y la significación del pontificado de Urbano II fue en los dos grandes concilios de Piacenza y de Clermont, celebrados en 1095.
En el gran concilio de Piacenza, celebrado en el mes de marzo ante más de cuatro mil clérigos y treinta mil laicos reunidos, proclamó de nuevo los principios fundamentales de reforma. Pero en este concilio presentáronse los embajadores del emperador bizantino, en demanda de socorro frente a la opresión de los cristianos en Oriente. Así, pues, Urbano II trató de mover al mundo occidental a enviar al Oriente el auxilio necesario para defender los Santos Lugares. Fue el principio de las Cruzadas; mas, como se trataba de un asunto de tanta trascendencia, se determinó dar la respuesta definitiva en otro concilio, que se celebraría en Clermont.
Efectivamente, dedicáronse inmediatamente gran número de predicadores del temple de Pedro de Amiéns, llamado también Pedro el Ermitaño, a predicar la Cruzada en todo el centro de Europa. Urbano II, con su elocuencia extraordinaria y el fervor que le comunicaba su espíritu ardiente y entusiasta, contribuyó eficazmente a mover a gran número de príncipes y caballeros de la más elevada nobleza. El resultado fue el gran concilio de Clermont, de noviembre de 1095, en el que, en presencia de catorce arzobispos, doscientos cincuenta obispos, cuatrocientos abades y un número extraordinario de eclesiásticos, de príncipes y caballeros cristianos, se proclamaron de nuevo los principios de reforma y la Tregua de Dios. Después de esto, a las ardientes palabras que dirigió Urbano II, en las que describió con los más vivos colores la necesidad de prestar auxilio a los cristianos de Oriente y rescatar los Santos Lugares, respondieron todos con el grito de Dios Lo quiere, que fue en adelante el santo y seña de los cruzados. De este modo se organizó inmediatamente la primera Cruzada, cuyo principal impulsor fue, indudablemente, el papa Urbano II.
Después de tan gloriosos acontecimientos, mientras Godofredo de Bouillón, Balduino y los demás héroes de la primera Cruzada realizaban tan gloriosa empresa, Urbano II continuaba su intensa actividad reformadora. En las Navidades de 1096 pudo, finalmente, entrar en Roma, donde celebró una gran asamblea o sínodo en Letrán. En enero de 1097 celebró otro importante concilio en Roma; otro de gran trascendencia en Bari, en octubre de 1088; pero el de más significación de estos últimos años fue el de la Pascua, celebrado en Roma en 1099, donde, en presencia de ciento cincuenta obispos, proclamó de nuevo los principios de reforma y la prohibición de la investidura laica.
Poco después, en julio del mismo año 1099, moría el santo papa Urbano II, sin conocer todavía la noticia del gran triunfo final de la primera Cruzada, con la toma de Jerusalén, ocurrida quince días antes.
En realidad, el Beato Urbano II fue digno sucesor en la Sede Pontificia de San Gregorio VII y digno representante de los intereses de la Iglesia en la campaña iniciada de la más completa renovación eclesiástica. En ella tuvo más éxito que su predecesor, logrando transformar en franco triunfo y en resultados positivos la labor iniciada por sus predecesores. Esta impresión de avance y de triunfo aparece plenamente confirmada y enaltecida con el principio de una de las más sublimes epopeyas de la Iglesia y de la Edad Media cristiana, que son las Cruzadas, y con el éxito final de la primera, que es la conquista de Tierra Santa y la formación del reino de Jerusalén con que termina este glorioso pontificado. Por eso la memoria de Urbano II va inseparablemente unida a la primera Cruzada, la única plenamente victoriosa.

San Félix de Roma 29 Julio

 San Félix de Roma


Mártir
En Roma, en el tercer miliario de la vía Portuense, en el cementerio dedicado a su nombre, san Félix, mártir (s. III/IV).
Celebración 29 de julio

San Lupo de Troyes, Obispo Julio 29

 San Lupo de Troyes, Obispo  Julio 29

(478 d. C.) San Lupo nació en Toul hacia el año 383. Después de seis años de matrimonio con la hermana de San Hilario de Arles, ambos esposos se separaron de común acuerdo para consagrarse al servicio de Dios. Lupo vendió sus posesiones y repartió el producto entre los pobres. Después se retiró a la famosa abadía de Lérins, gobernada entonces por San Honorato. Pero algo más tarde, hacia el año 426, fue elegido obispo de Troyes. En su cargo se mostró tan humilde y mortificado como antes y siguió practicando la pobreza como si se hallase en el monasterio. Sus vestidos eran sencillísimos, dormía en un lecho de tablas, pasaba largas horas en oración y ayunaba con mucha frecuencia. Así vivió cincuenta años, cumpliendo celosamente sus deberes pastorales.
El año 429, cuando San Germán de Auxerre pasó por Troyes de camino a Inglaterra, a donde iba a combatir la herejía pelagiana, San Lupo fue elegido para acompañarle. Los dos obispos aceptaron esa misión con tanto mayor entusiasmo cuanto que prometía ser difícil y laboriosa. Con sus oraciones, predicación y milagros lograron extirpar la herejía, cuando menos por algún tiempo. A su vuelta a Francia, San Lupo se entregó con renovado vigor a la reforma de su grey. La prudencia y piedad que desplegó fueron tan grandes que San Sidonio Apolinar le llama "padre de padres, obispo de obispos, cabeza de los prelados de las Galias, norma de conducta, columna de verdad, amigo de Dios e intercesor de los hombres ante El." San Lupo no vacilaba en arrostrar lo peor por salvar la oveja perdida, y su apostolado tenía un éxito que rayaba frecuentemente en lo milagroso. Entre otros ejemplos, se cuenta que un hombre de su diócesis había abandonado a su esposa y se había ido a vivir a Clermont. San Lupo escribió a San Sidonio, el obispo de esa ciudad, una carta muy firme, pero al mismo tiempo de un tono tan suave y comedido que, cuando el desertor la leyó, se arrepintió y regresó a su casa. A ese propósito comenta San Sidonio: "¿Qué milagro mayor puede darse que una reprimenda que mueve al pecador al arrepentimiento y le have amar a quien le reprende?"
Por aquella época, Atila, a la cabeza de un innumerable ejército de hunos, invadió la Galia. La invasión fue tan bárbara, que las gentes consideraban a Atila como "el azote de Dios" que venía a castigar los pecados del pueblo. Reims, Cambrai, Besangon, Auxerre y Langres habían sufrido ya la cólera del invasor. La amenaza se cernía, pues, sobre Troyes. El obispo, después de haber encomendado fervorosamente su grey a Dios, salió al encuentro de Atila y consiguió que no entrase a la provincia, pero en cambio, el rey de los hunos se llevó consigo a San Lupo como rehén. Después de la derrota de los bárbaros en la llanura de Chálons, se acusó a San Lupo de haber ayudado a Atila a escapar y el santo tuvo que salir de su diócesis y abandonarla durante dos años, víctima de lo que podríamos llamar "histeria anticolaboracionista." En el exilio vivió como ermitaño en un bosque, con gran austeridad, entregado a la contemplación. Cuando la malicia de sus enemigos cedió finalmente ante la caridad y paciencia del obispo, volvió éste a su diócesis y la gobernó con el mismo entusiasmo de siempre, hasta su muerte, ocurrida el año 478.
Dado que acompañó a San Germán a Inglaterra, antiguamente se veneraba a San Lupo en ese país. Se ha puesto en duda la historicidad de la resistencia que el santo opuso a Atila y las consecuencias que se derivaron de ello. En todo caso, lo cierto es que los hombres de Dios se santifican por la oración y son capaces de obrar maravillas. Por la oración obtuvo Elías que bajase fuego del cielo, alcanzó misericordia Manases en la prisión, vio Ezequías restablecida su salud; la oración salvó a los ninivitas de la catástrofe, con la oración preservaron Judit y Ester al pueblo de Dios y, finalmente, la oración libró a Daniel de los leones y a San Pedro de sus cadenas.

San Próspero 29 Julio

  San Próspero de Galicia


a Se cree que San Próspero era natural de Aquitania y nació a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.

San GUILLERMO PINCHON DE SAINT-BRIEUC. 29 Julio

 San GUILLERMO PINCHON DE SAINT-BRIEUC. (1184-1234).


Martirologio Romano: En el pueblo de Saint-Brieuc en la Bretaña en Francia, san Guillermo Pinchon, obispo, que trabajó para la construcción de la catedral, resplandeció por su bondad y sencillez y por defender a sus ovejas y los derechos de la Iglesia padeció con impávida fuerza de ánimo asperas vejaciones y el exilio.
Nació en Saint-Alban, Bretaña, en el seno de una familia modesta campesina. Fue uno de los jóvenes que el obispo Gocelino educó y transformó en sus colaboradores. Después de ser ordenado sacerdote, fue nombrado canónigo en la catedral de Tours, donde fue un sacerdote digno y ejemplar.
Fue elegido obispo de Saint-Brieuc en 1220. Enérgico en la defensa de la fe y la moral, se opuso con los otros obispos al duque Pedro de Mauclerc, lo que le valió el destierro. Durante los 14 años de su episcopado fue confinado en Poitiers y soportó innumerables sufrimientos por su defensa de los derechos de la Iglesia y ayudando al anciano obispo de la ciudad. En 1230, el duque Mauclerc se sometió al papa san Gregorio X y Guillermo pudo volver a su diócesis. Se distinguió por su caridad para con lo pobres. Es el 2º patrón de la diócesis de Saint-Brieuc. Fue canonizado por el papa Inocencio IV el 24 de marzo de 1247.

Beato José Calasanz Marqués 29 Julio

 Beato José Calasanz Marqués


El 18 de julio de 1936 estalló la guerra civil en España, acompañada, en ocasiones, de persecución religiosa. Laicos, religiosos y sacerdotes fueron encarcelados y asesinados por su fe religiosa, entre ellos 29 salesianos (entre los cuales el P. Inspector don José Calasanz) de la antigua Inspectoría Tarraconense, 2 Hijas de María Auxiliadora (sor Carmen Moreno y sor Amparo Carbonell) de la Inspectoría de Santa Teresa de Jesús, y un laico (Alejandro Planas), los que dieron su vida entre julio de 1936 y abril de 1938. Murieron dando ejemplo de fidelidad a su fe cristiana y a su vocación salesiana, con sentimientos de confianza en Dios y de perdón a sus asesinos. De las cartas que los beatos José Calasanz, Jaime Ortiz y Julio Junyer escribieron en aquellos momentos.(Positio super martyrio servorum Dei Josephi Calasanz et sociorum, Roma 1995. Informatio pp. 103-104 y 170; Summarium, pp. 204-205) Nuestra confianza está puesta en Dios, en la protección de María Auxiliadora y de nuestro Padre San Juan Bosco Desde el cautiverio en la cárcel de Valencia escribía el Inspector, don José Calasanz, a don Pedro Ricaldone, Rector Mayor de la Congregación Salesiana, informándole sucintamente de la situación que se estaba viviendo: «Sólo unas líneas para comunicarle noticias de algunos y mías, ya que de otros no me es posible. Estábamos en Ejercicios Espirituales en nuestra Casa de Valencia y pensábamos terminarlos hoy. A pesar de haberse declarado la huelga general el lunes, pasamos tranquilos todo el día y la primera parte de la noche; pero desde la una de la madrugada comenzaron a sonar disparos alrededor de toda nuestra casa, y se iban repitiendo constantemente llegando a romper los cristales de nuestras ventanas los proyectiles que disparaban contra la Casa; después hemos sabido que desde el anochecer tenían sitiada la casa. Ya puede imaginar la honda impresión y hasta miedo con que apresuradamente nos levantamos todos, y más no habiendo en casa una triste arma con que defendernos, si por ventura hubiéramos tratado de hacerlo; pero sin arma alguna, ¿qué podíamos hacer? Para fortificar nuestras almas y para evitar una profanación algunos fueron a la iglesia a retirar el Santísimo y comulgamos todos, consumiendo todas las sagradas formas. Sobre las cinco de la mañana y convencidos seguramente de que no nos defendíamos por que no teníamos armas, asaltaron nuestra Casa y, destruyendo cuanto encontraban a su paso, llegaron donde estábamos todos reunidos. Según cálculos debían ser más de doscientos los asaltantes, y venían empuñando toda clase de armas y hasta palos: nos cachearon y nos encerraron en una habitación. Según nos dieron a entender, la intención era la de asesinarnos. Pocos momentos después llegaron las fuerzas de seguridad, que tan repetidamente habíamos reclamado durante toda la noche desde que notamos los primeros disparos. Creíamos que estas fuerzas, reclamadas por nosotros, venían en nuestro socorro, pero lo acontecido es que nos han traído a todos (37 de los nuestros y 5 empleados) a esta cárcel celular de Valencia, desde donde le escribo no sé en calidad de qué: alguno me ha dicho que como presos gubernativos, y hasta creo se ha dicho que acusados de haber hecho disparos, lo que es completamente falso porque, como he dicho, no teníamos en casa ni una triste arma. No sé el tiempo que nos tendrán aquí: Dios sabe si se prolongará por unos días o por semanas; y sé mucho menos la muerte que puede esperarnos. Pero nuestra confianza está puesta en Dios y en la protección de María Auxiliadora y de nuestro Padre San Juan Bosco: no dudamos tampoco de su bendición y de las oraciones de usted y demás Superiores y hermanos. Ya puede figurarse cuánto lamento no poder comunicarle noticias de ninguna Casa: estamos incomunicados, y las noticias de este movimiento sedicioso son lo más contradictorias. Por si puede salir pronto esta carta, pongo punto final, encomendándonos a sus oraciones y pidiendo su bendición». También el salesiano coadjutor Jaime Ortiz, semanas antes de morir, escribió a su madre dos cartas, de las que entresacamos los siguientes sentimientos: «Tal vez Dios nuestro Señor ha permitido este estado de cosas para que no nos durmamos, para que trabajemos con nuevos bríos, para que sólo busquemos su mayor gloria y no nuestro bienestar... No todo sale como nos gustaría a nosotros o nos parece mejor. Seguramente Dios nuestro Señor sacará muchísimo bien así, mejor que de otra manera, y por esto ha permitido este aparente fracaso [...] Ciertamente estaréis preocupados por lo que pudiera ocurrirnos si continuasen las salvajadas de los últimos días... Nosotros seguimos trabajando normalmente, tanto los salesianos como los chicos, con tranquilidad, sin preocuparnos gran cosa por lo que pueda ocurrir. Quiero decir, sin dejarnos abatir por el pesimismo... Ya veremos cuánto nos querrá probar el Señor... Rezad para que amemos un poco más nuestra vocación y contribuyamos en lo que podamos, a la mayor gloria de Cristo Rey». Por su parte, el sacerdote Julio Junyer escribía a su primo, horas antes de su muerte: «Apreciado Paco: Ha llegado el día último de mi vida y a ti y a toda la familia dirijo mi último saludo, que quisiera ser un abrazo. Os espero en el cielo, al cual espero poder ir por la misericordia de Dios. Muero inocente; y ofrezco mi vida al Señor por el bien de la Iglesia y de España. En cuanto a mis padres, tu prudencia te dirá lo que debes hacer. A los jueces que me condenaron, de todo corazón los perdono. Nada más, Paco. De la tía Salvadora pido sólo resignación y conformidad con la voluntad de Dios. Rogad por mí y hasta el cielo».

Beatos Lucio Martínez Mancebo y compañeros Julio 29

 Beatos Lucio Martínez Mancebo y compañeros Julio 29


Religioso Sacerdote Mártir
En Calanda, población cercana a Teruel, en España, beatos Lucio Martínez Mancebo, presbítero de la Orden de Predicadores, y compañeros, mártires, que, apoyándose en la fortaleza de Cristo, dieron su vida durante la misma persecución. Cuyos nombres son: Antonio López Couceiro, Felicísimo Díez González, Saturio Rey Robles, Tirso Manrique Melero, presbíteros; Gumersindo Soto Barros y Lamberto de Navascués y de Juan, religiosos, de la Orden de Predicadores; y Manuel Albert Ginés, presbítero.
Celebración 29 de julio