En 1879, en un pequeño taller de Menlo Park, Nueva Jersey, ocurrió uno de los momentos más importantes de la historia moderna. Tras cientos de intentos fallidos, Thomas Edison y su equipo lograron que una bombilla eléctrica permaneciera encendida durante horas sin quemarse. Hasta ese momento, el mundo dependía de velas, lámparas de aceite y gas, fuentes de luz peligrosas, costosas y poco eficientes.
Aquella noche, cuando el filamento comenzó a brillar, no solo se iluminó una habitación: se encendió una nueva era. Por primera vez, la luz podía producirse de forma segura, constante y controlada. Esto cambió por completo la forma en que las personas vivían, trabajaban y se organizaban. Las ciudades pudieron extender sus actividades más allá del atardecer, las fábricas aumentaron su productividad y los hogares se transformaron para siempre.
Aunque Edison no inventó la electricidad, sí consiguió algo crucial: hacerla práctica para el uso cotidiano. Su bombilla marcó el inicio de la electrificación del mundo y sentó las bases de la vida moderna tal como la conocemos hoy.
Una pequeña luz, con un impacto gigantesco en la historia de la humanidad.


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