EL INMERECIDO FIN DEL EMPECINADO
Juan Martín Díez (1775-1825), conocido como el Empecinado, fue uno de los guerrilleros más famosos de la Guerra de Independencia Española contra la invasión napoleónica.
Nació en Castrillo de Duero (Valladolid), hijo de campesinos modestos. Desde joven trabajó en el campo, pero su vida cambió con la guerra. En 1808, tras el levantamiento contra las tropas francesas, organizó una partida de guerrilleros en su tierra natal.
Destacó por su valentía, inteligencia militar y conocimiento del terreno. Con sus hombres hostigó constantemente a los franceses mediante tácticas de guerrilla, emboscadas y ataques sorpresa que desmoralizaron a las tropas napoleónicas. Su reputación creció hasta ser uno de los líderes guerrilleros más temidos y respetados en toda la península.
Tras la guerra, cuando el rey Fernando VII regresó a España y restauró el absolutismo, tomó medidas contra los que consideraba enemigos liberales, entre otros el Empecinado, que fue desterrado a Valladolid. En 1820 tuvo lugar el pronunciamiento de Riego y el caudillo volvió a las armas, pero esta vez contra los leales al régimen absolutista del rey. Durante los años siguientes, el Trienio Liberal (1820-1823), fue nombrado gobernador militar de Zamora y finalmente, capitán general.
Al parecer, el rey Fernando VII intentó que el Empecinado se adhiriese a su causa (a pesar de previamente haber jurado la Constitución de Cádiz) y se uniera a los «Cien Mil Hijos de San Luis»; ofreció otorgarle un título nobiliario y una gran cantidad de dinero, pero su respuesta fue: «Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos».
Cuando acaba el régimen liberal, marchó al destierro en Portugal. Decretada la amnistía el 1 de mayo de 1824, pidió un permiso para regresar sin peligro, permiso que le fue concedido. Pero Fernando VII no estaba dispuesto a someter sus odios a la benevolencia del decreto y el 23 de mayo había ordenado: «Ya es tiempo de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y el Empecinado». Volviendo el héroe a su tierra con unos sesenta de sus hombres que le habían acompañado como escolta a Portugal, fue detenido en la localidad de Olmos de Peñafiel junto con sus compañeros por los Voluntarios Realistas de la comarca y llevado preso a Nava de Roa, donde durante diez meses sufrió insultos y vejaciones de todo tipo, hasta el punto de que los días de mercado lo exhibían en la plaza dentro de una jaula de hierro.
La causa debería haber sido llevada a la Real Cancillería de Valladolid, donde el liberal Leopoldo O'Donnell habría conseguido que fuese juzgado con benevolencia, pero el corregidor de la comarca Domingo Fuentenebro, enemigo personal del preso, dio parte al rey que lo nombró comisionado regio para formar la causa en Roa que quedó concluida el 20 de abril de 1825, siendo sentenciado a morir por la horca, muerte que se reservaba a los bandidos, en lugar de ser fusilado, "¿No hay balas en España para fusilar a un general?", se lamentó el prisionero. La ejecución se llevó a cabo el 19 de agosto de 1825 en la Plaza Mayor de Roa, a dónde fue llevado a lomos de un burro desorejado para más deshonra.
El alcalde de Roa, que llevó a cabo los preparativos de la ejecución y fue testigo de la misma, cuenta la escena:
«Cuando se dio cuenta de que lo iban a subir por la escalera del cadalso, dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas. Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados.
La confusión fue terrible. Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas y las autoridades; los sacerdotes y el verdugo se quedaron como paralizados...
Gritando a los voluntarios realistas —que intentaban atravesarle con las bayonetas— que no le hiciesen daño, que este reo lo que quería era hacer alguna de las suyas, mandé a un grupo de soldados que lo sacasen de entre las dos o tres filas que había logrado atravesar. [...]
Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca.
Los sacerdotes intentaron exhortarle, pero, viendo que no les hacía caso, y, por el contrario, parecía burlarse, el fray Ramón, dirigiéndose al público como si echase una plática cristiana, gritó: —¡No recéis por este perverso, que muere condenado!— [...]
Entonces, para evitar forcejeos y trabajos, se trajo una gruesa maroma y se ató por medio del cuerpo, y así se le subió hasta el punto donde tenía que hacer su trabajo el ejecutor de la justicia, que, ayudado por algunos voluntarios realistas, le sujetó fuerte, cogiéndole por los cabellos, y le preparó bien los cordeles. [...]
Se dio la última orden y quedó colgado con tanta violencia que una de las alpargatas fue a parar a doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón.»
Años más tarde, en 1843, se produjo el traslado solemne de sus restos a Burgos, con todos los honores militares y el monumento a su memoria.
Todo lo que había referencia a él, desde su foja de servicio hasta los monumentos que se levantaron en su honor, fue destruido por orden de Fernando VII, sin embargo su figura quedó en la memoria popular como símbolo de resistencia, libertad y lucha contra la tiranía, tanto contra los franceses como contra el absolutismo español.
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