lunes, 5 de enero de 2026

Indios Verdes: La Historia Que CDMX Quiso Olvidar Pero Te La Contamos

 Indios Verdes: La Historia Que CDMX Quiso Olvidar Pero Te La Contamos



Todo el mundo ha oído el nombre. Miles de personas pasan por ahí cada día, pero muy pocos saben realmente quiénes son los indios verdes, por qué están ahí y cómo terminaron convirtiéndose en los guardianes del acceso principal a la capital. Pero muy pocos saben realmente quiénes son los indios verdes, por qué están ahí y cómo terminaron convirtiéndose en los guardianes del acceso principal a la capital.

Por eso, en este video vas a conocer la historia real de estas dos enormes figuras mágicas. Un recorrido lleno de cambios, polémicas y contradicciones que los llevó desde el centro de la ciudad hasta convertirse en iconos del transporte y la vida urbana actual. Quédate porque esta historia va mucho más allá de dos estatuas.

Es también la historia de una ciudad que nunca deja de moverse. Al norte de la ciudad de México, justo donde termina la línea 3 del metro y comienza el caos del transporte público, se alzan dos figuras enormes que muchos ubican, pero pocos conocen. Todos los días miles de personas pasan junto a ellas, quizás sin saber que esas estatuas tienen más de 100 años de historia y que originalmente no estaban destinadas a estar ahí.

Hoy las conocemos como los indios verdes y su nombre ha terminado por bautizar a toda la zona. Pero estas estatuas tienen una historia tan particular que si no fuera porque está documentada, costaría creerla. Para entender por qué están en ese punto exacto, hay que regresar a finales del siglo XIX, cuando México intentaba mostrarle al mundo una cara moderna, sofisticada, digna de Europa.

En 1889 se organizó en París la Exposición Universal, un evento monumental que buscaba mostrar los avances tecnológicos, científicos y artísticos de cada país. Fue ahí donde se presentó por primera vez pirado en elementos de las culturas prehispánicas, una mezcla de arquitectura monumental y símbolos mesoamericanos que pretendían demostrar que México tenía una identidad única, milenaria y valiosa.

Los encargados del pabellón fueron Antonio Peñafiel y Antonio Ansa. Y entre sus propuestas estaba incluir esculturas representativas de la civilización mexica. Para eso convocaron al escultor Alejandro Casarín Salinas, quien decidió representar a dos grandes Tlatoanis, Itcoatl y Aitsol. Ambos gobernantes habían sido figuras clave en la consolidación del Imperio Mexica, así que eran ideales para representar la grandeza prehispánica.

Casarín fundió las estatuas en bronce puro. Cada una medía cerca de 4 m de alto y pesaba alrededor de 3 toneladas. Pero más allá de su tamaño, lo que las hacía únicas era el acabado. El artista aplicó una fórmula química a base de sales de cobre que aceleraba el proceso de oxidación, creando una pátina verdosa sobre el metal.

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