EXPLICACION FACIL..
Cuando un jefe de Estado o dictador cae preso y el país no estalla —sin motines, sin generales descompuestos, sin calles teñidas de rojo— no estamos ante un colapso, sino ante una maniobra calculada. Las caídas auténticas hacen ruido; los acuerdos bien amarrados pasan casi en silencio.
Aquí no hay gestas ni épica de manual. Hay conversaciones a puerta cerrada, números sobre la mesa y decisiones frías. Y esas decisiones no se negocian con la gente, sino con quienes pueden mantener el orden. Pensar que el objetivo es justicia, democracia o una reparación moral es no entender el tablero: lo que se persigue es estabilidad, control de activos y pasar página. El resto es utilería.
Por eso el punto decisivo no es la valentía ni la ideología, sino la deserción práctica del círculo de poder. No es traición por principios; es reacomodo. El momento en que se asume que el ciclo terminó y conviene reubicarse antes que resistir. Ahí aparecen nombres por pura lógica del poder —Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López— no como héroes ni villanos, sino como operadores del aterrizaje.
Lo que realmente inquieta no es una grabación ni una filtración. Es la serenidad. La calma de quien no teme el golpe porque sabe que hay red. Nadie atraviesa una tormenta sin pánico si tiene un refugio asegurado. Esa tranquilidad no es ingenua; es táctica.
Y lo más incómodo: las transiciones guiadas no emancipán países, los reordenan. Cambian el guion, redistribuyen cuotas, lavan reputaciones y sacrifican piezas. El ciudadano entra solo como coartada: se le promete mañana mientras el reparto se decide hoy, en despachos cerrados.
Esto no va de izquierdas ni derechas. Va de quién se queda con los recursos, el dinero, las armas y el relato cuando cae el telón. Si todo avanza sin sobresaltos, no es por humanismo repentino, sino porque ya está acordado quién paga la cuenta y quién sale ileso.


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