El 29 de diciembre de 1788 nació Tomás de Zumalacárregui, militar absolutista que llegó a liderar al ejército carlista durante la primera guerra carlista.
Nacido en el caserío Arandi de Ormáiztegui, de familia perteneciente a la clase media-alta, al comienzo de la guerra de la Independencia, en 1808, se alistó en Zaragoza, donde participó en el primer sitio de la ciudad. También tomó parte en la batalla de Tudela y en el segundo sitio de Zaragoza. Durante el segundo Sitio participó en una fallida salida de tropas que trataban de romper el cerco de la ciudad siendo hecho prisionero por los franceses. Consiguió escapar de estos rompiendo sus ligaduras y huyó a su localidad natal.
Tras esto se echó al monte y se unió a la partida de Gaspar de Jáuregui, apodado El Pastor, un guerrillero guipuzcoano de que se convirtió enseguida en su secretario personal. En 1811 las guerrillas vascas, navarras y las de otras regiones cercanas fueron asimiladas como cuerpos regulares en el Séptimo Ejército español, bajo el mando del general Gabriel de Mendizábal. Jáuregui, nombrado coronel, había agrupado bajo su mando a todas las guerrillas guipuzcoanas, que en el nuevo esquema organizativo se convirtieron sobre el papel en el Primer Batallón de Guipúzcoa. Tomás, con el grado de teniente, pasó a ser oficial del Ejército.
Permaneció el resto de la guerra como oficial en este Primer Batallón de Guipúzcoa, primero con el grado de teniente y a partir de 1812 como capitán. Tomó parte en buena parte de las acciones de guerra que tuvieron lugar en Guipúzcoa y el norte de Navarra durante esos años; Zumárraga, Puente de Belascoain, Unzué, Ataun, Urrestilla, Irurzun, Arechavaleta, Vergara, Loyola, Descarga, Sasiola, Mendaro o Salinas. A las órdenes del general Freire tomó parte en la batalla de San Marcial que puso fin a la ocupación francesa y por la cual fue condecorado. Durante esos años también viajó a Cádiz, comisionado por Jauregui, para efectuar diversas gestiones. Allí se reunió con su hermano Miguel Antonio de Zumalacárregui, que era diputado provisional por Guipúzcoa en las Cortes.
Durante los años que estuvo a las órdenes de Jáuregui, Zumalacárregui se convirtió en un experto de la guerra de guerrillas; tanto en el plano táctico como en el logístico, organizativo o de inteligencia. Zumalacárregui se familiarizó asimismo con la vida en la montaña y con la agreste geografía vasco-navarra. Todo este aprendizaje sería años más tarde fundamental cuando asumió la organización del ejército carlista.
Terminada la guerra, Zumalacárregui permaneció en el Ejército, siendo nombrado capitán archivero. Tomás de Zumalacárregui no simpatizaba con los principios liberales que en aquella época se extendían por España, comenzando a significarse como monárquico absolutista. Cuando en 1820 se repuso la Constitución de 1812, aún era capitán. Fue denunciado al nuevo Gobierno por oficiales liberales, que solicitaron su expulsión del ejército. Aunque la denuncia no prosperó, fue apartado del servicio activo. Después se puso a las órdenes de Quesada, ascendiendo a teniente coronel en 1822.
Tras la restauración de Fernando VII en el trono de España y la vuelta del absolutismo en 1823, formó parte de una comisión militar para la represión de delitos políticos, alcanzando el grado de coronel en 1829. En 1832 fue nombrado gobernador militar del Ferrol. Por entonces, Zumalacárregui era ya reconocido como integrante del partido absolutista que pretendía favorecer las opciones sucesorias del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón (Don Carlos). Cuando se planteó el pleito sucesorio al morir el monarca, Zumalacárregui participó desde Pamplona en el levantamiento de los reaccionarios que apoyaban al infante Carlos María Isidro en defensa del absolutismo monárquico (1833).
Fracasado el pronunciamiento en la ciudad, Zumalacárregui se retiró al interior de la provincia, en donde unificó a las fuerzas carlistas navarras y organizó uno de los contingentes más eficaces del ejército rebelde. Durante la Primera Guerra Carlista que entonces se inició (1833-40), don Carlos le confió el mando de sus fuerzas en Navarra y le ascendió a general. Se resistió a todos los intentos de atraerle hacia el bando de Isabel II, por parte de su propio hermano Miguel y de su antiguo jefe, el general Quesada.
Consciente de su inferioridad numérica y armamentística, Zumalacárregui reprodujo la táctica guerrillera que conocía desde la Guerra de la Independencia, amparándose en lo accidentado del relieve y en el apoyo de gran parte de la población civil. Fue muy popular entre sus tropas (que le apodaban el tío Tomás), pero no dudó en mostrarse cruel en la represión de los liberales ni en emplear el terror para mantener controlado el territorio.
Durante el año 1834 se sucedieron las victorias en pequeñas escaramuzas (como las batallas de Alegría y las Amézcoas), hasta el punto de provocar la dimisión de Rodil en el mando del ejército enemigo. Animado por esos éxitos y por la necesidad de conseguir dinero y apoyos internacionales, don Carlos le ordenó al año siguiente tomar Bilbao, a pesar de la opinión contraria de Zumalacárregui (que hubiera preferido atacar Vitoria).
La operación comenzó con éxito, al abrirse paso la marcha hacia Bilbao venciendo a Espartero en Durango. Luego, ya dueño de la mayor parte de las Provincias Vascongadas, puso sitio a la capital vizcaína; pero, en su empeño por reconocer personalmente las fortificaciones enemigas y las posiciones de sus hombres, resultó alcanzado por un disparo del ejército que defendía Bilbao.
Herido en una pierna, Zumalacárregui se trasladó a su pueblo para ponerse en manos de un curandero de su confianza y murió, probablemente de septicemia. El ejército carlista perdió así a su militar más prestigioso, debilitándose notablemente sus posibilidades de éxito en la contienda y abriéndose en su seno fuertes disensiones políticas. Con él desapareció no sólo el principal ariete por la causa del infante, lo que influiría de modo decisivo en el desarrollo de la Primera Guerra Carlista; lo hizo también un tipo de héroe o caudillo profundamente identificado con el pueblo llano, tal y como lo retrató Galdós en uno de sus más célebres Episodios Nacionales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario