jueves, 8 de enero de 2026

MARTINA CHAPANAY LA MONTONERA DEL ZONDA, GAUCHO HEMBRA DE LA CAUSA FEDERAL

 MARTINA CHAPANAY

LA MONTONERA DEL ZONDA, GAUCHO HEMBRA DE LA CAUSA FEDERAL



Por Revisionismo Historico Argentino 


ORÍGENES EN LA FRONTERA CUYANA


Martina Chapanay nació a la vera de las lagunas del Guanacache, entre San Juan y Mendoza, en los primeros años del siglo XIX. Algunas tradiciones fijan su nacimiento en 1811, el mismo año que Domingo Faustino Sarmiento; otras lo adelantan hacia 1800. Como ocurre con los hombres y mujeres del pueblo borrados por la historia oficial, su vida se mueve entre el dato escrito y la memoria oral, entre el documento escaso y la leyenda persistente.


Fue hija de sangre india y destino mestizo. Según algunas versiones, su padre era un huarpe del Valle del Zonda; según otras, un cacique toba chaqueño llamado Juan Chapanay, que habría buscado refugio entre los huarpes tras la persecución y la guerra, en una región que más tarde el poder llamaría “desierto”, aunque estaba poblada desde siempre. Su madre fue una cautiva blanca, Teodora, huérfana, rescatada por Juan Chapanay en medio de una sangrienta pelea donde dos hombres terminaron decapitados. De esa unión nació Martina, criolla de frontera, síntesis viva de la Argentina real que el proyecto liberal jamás aceptó.


INFANCIA, FORMACIÓN Y CARÁCTER


Se crió en el hogar de sus padres, que por su tamaño y por la dedicación de Teodora se convirtió en escuela, refugio y centro de catequesis del lugar. Allí aprendió a leer la naturaleza antes que los libros, a orientarse en los valles y montañas, a rastrear, a montar y domar caballos, a manejar el arco, el cuchillo y las boleadoras. Vivía y trabajaba a la par de los hombres, sin concesiones ni privilegios, forjando un carácter recio, austero y valiente. No fue una excepción pintoresca: fue una combatiente plena, un verdadero “gaucho hembra”, figura que desafiaba no sólo al poder político, sino también al orden social heredado de la colonia.


La muerte prematura de su madre quebró ese mundo inicial. Juan Chapanay quedó turbado y Martina, aún joven, quedó librada a su propio temple, aprendiendo a sobrevivir en un territorio donde la ley escrita casi nunca protegía a los pobres.


EN LAS MONTONERAS FEDERALES


Desde muy temprana edad se incorporó a la vida montonera, en el marco de las guerras civiles argentinas que enfrentaron a Buenos Aires con las provincias. A partir de la década de 1820 se la encuentra enrolada en las fuerzas de Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, participando en la lucha federal contra el centralismo porteño. En ese tiempo se forjó su fama: audaz en el combate, incansable en las marchas, conocedora del terreno y profundamente leal a sus jefes, pero sobre todo cercana al pueblo llano, que la protegía, la ocultaba y transmitía su historia.


Tras el asesinato de Quiroga, volvió por un tiempo a su comunidad. Pero la estructura de poder que concentraba riquezas en el puerto y empobrecía al interior volvió inevitable la guerra. Se sumó entonces a las fuerzas del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez, participando en la batalla de Angaco y en el sitio a San Juan, defendiendo un federalismo vivido como justicia concreta para las provincias.


DEL ORDEN FEDERAL A LA PERSECUCIÓN


Durante los años del predominio federal, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, las montoneras del interior formaron parte de un equilibrio precario pero real. Tras Caseros, ese mundo fue arrasado. La caída del orden federal abrió paso a una persecución sistemática del gaucho, del indio y de todo vestigio de autonomía provincial.


En 1859, Nazario Benavídez fue asesinado por los liberales sanjuaninos, expresión local del proyecto político que Domingo Faustino Sarmiento encarnaba con fanatismo: civilizar significaba someter, disciplinar y borrar al interior. Martina volvió a quedar del lado de los vencidos.


EL CHACHO PEÑALOZA Y LA GUERRA FINAL


Poco después se incorporó a la montonera de Ángel Vicente Peñaloza, El Chacho, último gran caudillo federal del interior profundo. Allí volvió a destacarse por su coraje, su capacidad militar y su compromiso absoluto con las familias humildes de los llanos y los valles.


El asesinato de El Chacho, degollado y exhibido como trofeo por las fuerzas vencedoras, marcó definitivamente su destino. Para el poder fue el fin de la barbarie; para el pueblo, un crimen fundacional. La tradición popular sostiene que Martina Chapanay juró venganza, que persiguió delatores y que nunca aceptó la derrota moral del federalismo.


LA LEYENDA VIVA Y EL BANDOLERISMO SOCIAL


Desde entonces, su figura se confunde con la del bandolerismo social cuyano. No como delincuente común, sino como justiciera popular. Protegía arrieros perseguidos, auxiliaba a paisanos pobres, castigaba a estancieros abusivos y repartía ganado o provisiones entre quienes nada tenían. Por eso fue temida por los vencedores y resguardada por el pueblo, que la convirtió en leyenda.


Vestía como gaucho, montaba a horcajadas, dormía a la intemperie y rechazaba cualquier rol subordinado. En un mundo que pretendía devolver a la mujer al silencio, Martina eligió la intemperie, el caballo y la lanza.


MUERTE, OLVIDO Y MEMORIA


En sus últimos años regresó a Valle Fértil. Vivió pobre, sin pensión ni reconocimiento oficial, sostenida por la solidaridad de los vecinos. Murió en 1874, en la zona de Mogna. Una cruz de madera marca su tumba, como marca la historia de tantos que dieron todo y no recibieron nada.


Su nombre fue excluido de manuales, academias y enciclopedias, o reducido a la categoría de forajida. Pero el pueblo no la olvidó. Su historia sobrevivió en coplas, relatos orales y memoria compartida.


Martina Chapanay no fue una excepción ni un mito aislado. Fue expresión de un país derrotado pero no vencido, de una Argentina profunda que resistió la conquista interna. Su vida recuerda que la Nación no se construyó sólo desde Buenos Aires, sino también desde el interior, a caballo, con coraje, lealtad y memoria popular.


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