El 8 de enero de 1879 murió en Logroño Baldomero Espartero, militar y político que ostentó los títulos de príncipe de Vergara, duque de la Victoria, duque de Morella, conde de Luchana y vizconde de Banderas, todos ellos en recompensa por su actuación en el campo de batalla, en especial en la primera guerra carlista, donde su dirección del Ejército isabelino fue de vital importancia para la victoria final. Además, ejerció el cargo de virrey de Navarra. Si el siglo XIX español tiene un nombre, ese es el suyo.
Nacido en el seno de una humilde familia de Granátula de Calatrava, era el menor de ocho hermanos. Su padre, carpintero, había encauzado su formación para un destino eclesiástico, pero la guerra de la Independencia lo arrastró desde muy joven al frente de batalla, que no abandonó hasta veinticinco años después. Combatiente en tres de los cuatro conflictos más importantes de España en el siglo XIX, fue soldado en la guerra contra la invasión francesa a muy temprana edad, oficial durante la guerra de independencia del Perú y general en jefe en la primera guerra carlista. Vivió en Cádiz el nacimiento del liberalismo español, senda que no abandonaría jamás. Combatió en primera línea, fue herido en ocho ocasiones. Fue dos veces presidente del Consejo de Ministros y llegó a la jefatura del Estado como regente durante la minoría de edad de Isabel II. A pesar de todas sus contradicciones, supo pasar inadvertido sus últimos veintiocho años. Rechazó la Corona de España y fue tratado como una leyenda desde muy joven.
Cuando fue destronada la reina Isabel II por la Revolución de 1868, se le ofreció la Corona de España, cargo que no aceptó. Los años habían hecho mella en su persona y no se consideraba con fuerzas para tan alta empresa. La ciudadanía y buena parte de la prensa reclamaba al viejo general septuagenario para ser proclamado rey. Panfletos, artículos e incluso canciones populares pedían en las grandes ciudades que se ofreciera al general la Corona. Pero Espartero rechazó la corona y advirtió sobre el alcance funesto que podía tener para España una monarquía extranjera y la frustración que entre el pueblo eso iba a generar, como finalmente pasó con Amadeo de Saboya. Tras el fracaso de la monarquía democrática de Amadeo I que dio paso a la Primera República Española, fue sondeado para que aceptara la presidencia de la República, si bien Espartero la rechazó.
Espartero era extremadamente popular entre el pueblo, un buen ejemplo lo ofrece el embajador británico en Madrid que declaró:
“No hay duda de que las clases bajas y la mayoría de las principales ciudades son esparteristas... Al igual que Napoleón en Francia, su retrato es universal en las barracas de los pobres, y es el único.”
Emilio Castelar, quien sería posteriormente presidente de la Primera República Española, recordaba lo siguiente de su infancia:
“Yo me acuerdo siempre de cuando en las noches de Navidad estaba en el hogar al calor de la lumbrera, acompañado de mis padres, y cuando la lluvia azotaba los cristales, me contaban aquella guerra y me decían: Bendice, hijo mío, al general Espartero, porque ha vencido en la guerra y nos ha dado la paz”.
O José Roger, que dejó escrito en 1857 lo siguiente:
“”Muy niño, mis padres me enseñaron a pronunciar el nombre de Espartero con el entusiasmo y la veneración que se merecía el hombre que aseguró la libertad en nuestra querida España”.
Fue considerado también como el símbolo de la lucha de la clase obrera. Cuando estalló la primera huelga obrera de la historia de España en Barcelona, se elaboró un manifiesto que concluía con un «¡Viva Espartero! ¡Viva la Milicia Nacional! ¡Viva la libertad! ¡Viva la libre asociación, orden, trabajo y pan!».
Sin embargo, Espartero ha sido borrado de la memoria histórica española. Al tiempo que otras figuras cuyo papel en la historia del país fue mucho menos significativo permanecen vivas en el recuerdo, su nombre ha pasado de la idolatría al olvido. Miguel Maura relata que, durante los primeros días de la Segunda República Española, se encontró con una multitud que intentó derribar la estatua ecuestre de Espartero situada frente al Retiro; alguien gritó: «Vamos a derribar a ese tío», a lo que él respondió que ese tío había sido un liberal, que luchó por la libertad. Hoy el recuerdo de Espartero es todavía más débil. Poco es lo que queda: algunas estatuas; algunos nombres de calles y un dicho grosero sobre su caballo. En Bilbao, lugar donde se produjo su gran victoria en socorro de la ciudad contra las tropas carlistas, nada queda: el primer ayuntamiento democrático, dirigido por el PNV, renombró la calle de Espartero en favor de uno de sus propios héroes nacionalistas, Juan Ajuriaguerra. Sin embargo, Zumalacárregui (carlista) se quedó con la calle que le habían dado los franquistas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario