El kaiser de Alemania trata de comerse el mundo, pero encuentra “demasiado difícil” morder más de lo que puedes masticar...
El último emperador de Alemania, Guillermo II, podría resultar hoy una figura casi cómica, con su gran bigote, apuntando hacia arriba, su reluciente uniforme y su distintivo casco prusiano. Sin embargo, durante su reinado, el kaiser fue la persona más fotografiada y filmada del mundo. Y, sin duda, una de las más poderosas de su tiempo. Con diferencia, era todo un personaje, dejando bastante atrás, y por mucho, a sus primos los “aburridos” monarcas de Reino Unido y Rusia.
¿Pero es justo achacarle la responsabilidad por el estallido de la Gran Guerra en 1914?
Las opiniones de los historiadores son dispares.
Algunos consideran que fue el gran responsable, sobre todo por alimentar, en los años previos al conflicto mundial, la rivalidad entre su país y el Reino Unido (en ese momento la potencia indiscutible en el mundo) y por aislar a Alemania del resto de potencias. A Guillermo se le recuerda por sus declaraciones, a veces muy poco diplomáticas e imprudentes, como cuando mostró abiertamente su apoyo a los bóers durante la guerra que estos libraban contra los británicos en África o el discurso que dió a las tropas alemanas que partían a luchar contra la Rebelión de los Boxers en China, que luego sus rivales usarían para dar a los alemanes el apodo de “hunos”. También se cuentan sus acciones, como cuando visitó Marruecos y desencadenó la Crisis Marroquí de 1905 o el Asunto del Daily Telegraph en 1908, que golpeó la imágen y confianza del kaiser en los últimos años de su reinado.
Por el contrario, otros historiadores consideran que el emperador no tuvo la culpa de todo. Señalan que las clases dirigentes manipularon a la monarquía para satisfacer sus intereses políticos y sociales, y que sus acciones negligentes tuvieron una responsabilidad mucho mayor en las decisiones que llevaron al estallido de la guerra.
A pesar de sus deseos de que el Imperio Alemán fuera una potencia mundial, nunca fue intención de Guillermo II provocar un conflicto de gran escala para lograr tales fines. Si se analizan los hechos queda claro que el emperador alemán no quiso ir a la guerra de forma vehemente. Intento por lo menos en dos ocasiones frenar la maquinaria bélica ya puesta en marcha.
La primera ocasión llegó cuando el reino de Serbia aceptó la mayoría de las demandas del ultimátum austrohúngaro después del atentado mortal del 28 de junio de 1914 contra el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio y su amigo. Guillermo se mostró entonces aliviado y afirmó que de esta forma desaparecía “toda razón para la guerra” y se arrepentía de haber aceptado firmar la orden para la movilización del ejército. El entonces ministro de Guerra de Alemania, Erich von Falkenhayn, constató consternado que el kaiser “ya no quiere más la guerra y está decidido por ello incluso a dejar plantada a Austria”. El canciller Theobald von Bethmann Hollweg, sin embargo, torpedeó los esfuerzos en pos de la paz al retocar ostensiblemente la reacción del emperador en un mensaje a Austria. La verdadera opinión de Guillermo II de que Austria no debía comenzar la guerra nunca llegó a Viena, donde los ministros y generales austrohúngaros ya habían convencido a Francisco José I, de 83 años, de firmar una declaración de guerra contra Serbia. Si Guillermo hubiese tenido el poder que se le atribuía, podría tranquilamente haber intervenido en estos momentos para influir en el curso de la historia. Pero eso no ocurrió.
El kaiser emprendió otro intento de impedir la catástrofe en el último minuto o al menos limitar sus daños. El 1 de agosto ordenó detener las tropas poco antes de cruzar la frontera belga pese a las airadas protestas del jefe del Estado mayor Helmuth von Moltke, alentado por noticias de que Londres no intervendría. Cuando la información resultó ser falsa, el emperador germano cedió a la presión de sus militares. “Ahora puede hacer lo que quiera”, dijo a Moltke. En este punto al menos pudo convencer a sus generales de no invadir también Holanda.
Su suerte estaba echada.
Tras el inicio de la guerra, el emperador fue despojado de poder rápidamente por sus generales. “El Estado mayor no me dice casi nada y tampoco me pregunta”, se quejó en noviembre de 1914. “Si se creen en Alemania que yo mando al ejército, se equivocan mucho. Tomo el té y salgo a caminar y de vez en cuando me entero de que se hizo esto o lo otro”. Al final de la guerra, el emperador fue forzado a abdicar y a exiliarse en los Países Bajos.
🎨 Cartel propagandístico italiano del año 1915 titulado “El Codicioso”.
Muchas gracias por tu lectura y difusión 👍
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