El día que Pancho Villa apuntó su rifle a un apache… LA CONSECUENCIA TE VA A DEJAR SIN ALIENTO
El sol ardía sobre la sierra de Chihuahua cuando Pancho Villa bajó del caballo y apuntó su rifle al pecho de una apache herido. Todos pensaban que era un espía. Nadie sabía que ese encuentro cambiaría la guerra y también su destino. Porque a veces el verdadero enemigo no es quien llevas enfrente, sino el odio que traes dentro.
La sierra de Chihuahua ardía bajo el sol de mayo. Las piedras secas del desfiladero crujían bajo los cascos de los caballos dorados, mientras Pancho Villa cabalgaba al frente con la mirada fija en el horizonte. A su lado, Rodolfo Fierro murmuraba maldiciones entre dientes. Habían recibido informes de que una patrulla federal se escondía por esa zona, pero en horas de búsqueda no habían encontrado más que silencio y polvo.
Fue entonces cuando uno de los hombres alzó la mano desde la retaguardia. Allí, gritó, a unos metros, medio enterrado entre las rocas y los matorrales, ycía un cuerpo. Parecía muerto. Pero al acercarse, Villa notó que el hombre respiraba, aunque apenas. Era un indígena apach, la piel curtida, el rostro marcado por cicatrices antiguas y el torso abierto por una herida aún fresca.
Vestía ropas tradicionales, aunque desgarradas por la batalla. Su sangre había formado un charco oscuro que empapaba la tierra. "Federal", preguntó Fierro apuntándole con su pistola. "No", dijo Villa observando los collares de cuentas, los símbolos tribales, las botas sin espuelas. "Este no es de ellos." El herido abrió los ojos lentamente, no mostró miedo, solo una firmeza serena que descolocó a todos.
Con voz débil dijo, "Me llamo Taza. No soy su enemigo. Vine a hablar, pero me dispararon antes de llegar. Villa frunció el ceño. Hablar con quién, contigo", susurró y cayó inconsciente. Los hombres de villa se miraron entre sí. Un silencio tenso se apoderó del grupo. ¿Qué demonios hacía un pache buscando a Pancho Villa, "Cárguenlo, no lo vamos a dejar morir aquí", ordenó el general para sorpresa de muchos.
Durante el resto del día lo llevaron amarrado a una de las mulas, cubierto con una manta. Villa no dijo una palabra más, pero algo en la mirada de ese hombre, incluso al borde de la muerte, le había llamado la atención. Esa noche acamparon en una quebrada protegida del viento. Mientras el fuego crepitaba, Villa se sentó frente al Pache, quecía recostado sobre una cama improvisada.
Le habían limpiado la herida y le habían dado agua, pero seguía débil. "¿Qué querías de mí, indio?", preguntó Villa al notar que Taza abría los ojos nuevamente. "Vine a ofrecer una alianza", dijo Taza con esfuerzo. Su acento era fuerte, pero sus palabras eran claras. "Mi gente también sufre por culpa del gobierno. Los federales mataron a mis hermanos, quemaron nuestras casas.
Algunos de tus hombres también lo hicieron." Villa lo interrumpió con dureza. Nosotros luchamos por el pueblo, no por el oro ni por las tierras, pero no todos mis hombres entienden eso. Taz lo miró con ojos intensos. Mi gente no confía en ustedes, pero yo quise ver con mis propios ojos. Quise creer que había un hombre entre los tuyos que no nos vería como animales. Villa se acercó más.

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