viernes, 2 de enero de 2026

Bruselas marzo de 1864

 Bruselas, marzo de 1864. En los salones del Palacio Real, el rey Leopoldo I de Bélgica firma el decreto que cambiará el destino de 150 jóvenes belgas: la Legión Belga para México. 150 voluntarios reclutados con un propósito singular: proteger a la princesa Carlota, hija del rey, ahora emperatriz de un imperio que existe solamente en los mapas franceses y en las fantasías de Napoleón III.



Los oficiales que se presentan como voluntarios no son soldados cualquiera. Son hijos de familias nobles, graduados de academias militares europeas, veteranos de expediciones coloniales en África, hombres que han leído sobre las glorias de Waterloo, que han estudiado las tácticas que conquistaron Argelia, que creen con absoluta certeza que un soldado europeo vale por 10 nativos de cualquier tierra.


El teniente coronel Alfred Van der Smissen, comandante de la Legión, lo declara en su discurso de despedida. "Vamos a proteger a nuestra princesa y a llevar la civilización a una tierra de salvajes. Regresaremos cubiertos de gloria."


El 14 de diciembre de 1864, la legión belga desembarca en Veracruz. 150 hombres con uniformes azul oscuro, quepis rojos, rifles Minié de última generación. Cada soldado carga 60 libras de equipamiento diseñado para guerras europeas. Cada oficial lleva cartas de recomendación firmadas por la propia emperatriz Carlota. Son la guardia personal de una princesa belga, la élite de la élite, los protectores del sueño imperial.


3 de abril de 1865. Cuatro meses después, 280 soldados belgas bajo el mando del mayor Titgat marchan hacia un pueblo llamado Tacámbaro, en el corazón de Michoacán. Sus órdenes son simples: ocupar el pueblo, establecer presencia imperial, pacificar a los bandidos que, según los reportes, infestan la región.


El mayor Titgat, 32 años, bigote perfectamente recortado, graduado con honores de la Academia Militar de Bruselas, estudia el mapa con expresión de aburrimiento profesional. "Michoacán", dice a sus oficiales mientras cenan esa noche en una hacienda confiscada. "Bosques, montañas, campesinos ignorantes. Los franceses dicen que hay guerrilleros, pero ¿qué pueden hacer unos bandidos con machetes contra soldados belgas? Nuestros hombres entrenaron para enfrentar ejércitos prusianos. Esto será como cazar conejos."


El Dr. Lejeune, cirujano del destacamento, levanta su copa de vino. "He escuchado que el líder de estos bandidos es un tal Régules. Aparentemente estudió en España, se cree general, otro abogado jugando a la guerra, como todos los mexicanos."


Los oficiales ríen. El capitán De Preter añade entre carcajadas: "¿Saben qué encontré hoy? A la esposa de ese supuesto general aquí mismo en Tacámbaro. La muy estúpida estaba curando a dos guerrilleros heridos en su propia casa. La arresté inmediatamente. Ahora tenemos a la señora Régules y a sus dos hijos como nuestros huéspedes."

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