miércoles, 31 de diciembre de 2025

Hasta hace sorprendentemente poco, al casarse muchas mujeres quedaban legalmente absorbidas en la identidad de su marido en Estados Unidos

 Hasta hace sorprendentemente poco, al casarse muchas mujeres quedaban legalmente absorbidas en la identidad de su marido en Estados Unidos… y los restos de esa lógica todavía influyen en tu vida hoy.



La doctrina jurídica se llamaba “coverture”.


Bajo la coverture, que Estados Unidos heredó del derecho consuetudinario inglés, la identidad legal de una mujer casada podía quedar subordinada y fusionada, en gran medida, con la de su esposo.


Al nacer, una niña estaba bajo la autoridad legal de su padre. Al casarse, su personalidad jurídica podía quedar “cubierta” por la de su marido: su identidad quedaba subsumida en la de él.


El marido y la mujer pasaban a ser “una sola persona” ante la ley.

Y, en la práctica, esa “persona” era el marido.


No era una metáfora. Era una realidad jurídica con consecuencias devastadoras.


Porque, con ese marco, muchas mujeres casadas no podían:


Tener propiedad a su nombre

Firmar contratos

Gestionar negocios

Demandar o ser demandadas en su propio nombre

Conservar íntegramente sus salarios

Hacer testamentos con plena autonomía

Servir en jurados en igualdad de condiciones


Una mujer casada podía no poseer nada. Ni su ropa. Ni sus joyas. Ni el dinero que ganaba. Ni la herencia de su familia. Legalmente, todo podía quedar bajo control del esposo.

Si trabajaba y cobraba un salario, él podía reclamarlo. Si heredaba bienes, podían pasar a su esfera en el momento del matrimonio, según las normas vigentes en cada lugar y época.


También podía perder casi por completo el control sobre su vida familiar. Si se iba de casa —por cualquier motivo, incluso por maltrato— podía quedarse sin ver a sus hijos. Durante mucho tiempo, la custodia y la autoridad paterna se inclinaban de forma abrumadora hacia el marido.


Y había algo todavía peor: derechos limitados sobre su propio cuerpo.

Durante siglos, el matrimonio se entendió como una autorización permanente al acceso sexual del marido. Retirar el consentimiento no se reconocía como un derecho propio. Con esa lógica, la violación dentro del matrimonio fue durante mucho tiempo una “imposibilidad” legal en distintos estados: si la ley no reconocía la negativa, tampoco reconocía el delito.


El control del marido sobre su esposa, en algunos contextos, solo se detenía ante la muerte. No se reconocía que pudiera matarla, pero sí se toleraban formas de “corrección” o violencia doméstica bajo argumentos de autoridad marital, incluso cuando hoy nos parecen inaceptables y brutales.


Una mujer casada podía ser golpeada, violentada, despojada de su salario y herencia, y separada de sus hijos, todo dentro de un sistema que la trataba como una persona de segunda.

Porque, para la ley, su identidad podía no ser plenamente independiente.


Y esto no es historia antigua. Esto fue derecho en Estados Unidos.


Entonces, ¿cuándo terminó?

La respuesta corta: no terminó de golpe, y sus efectos no desaparecieron por completo.


La coverture empezó a desmoronarse a mediados del siglo XIX con las Leyes de Propiedad de las Mujeres Casadas, que permitieron a muchas mujeres casadas poseer bienes en determinadas circunstancias. A comienzos del siglo XX, la mayoría de los estados ya habían reformado algunas de las disposiciones más extremas.


Pero el reconocimiento pleno y práctico llegó mucho más tarde de lo que mucha gente imagina.


En el acceso a jurados, por ejemplo, durante décadas se excluyó a las mujeres o se les permitió participar solo con excepciones, exenciones o registros especiales. En muchos lugares, esa normalización de la presencia femenina en jurados no se consolidó hasta los años 60 y 70, cuando se fueron derribando políticas y prácticas que las mantenían fuera.


En el crédito, 1974 marcó un punto de inflexión: se prohibió la discriminación por sexo o estado civil en operaciones de crédito, lo que redujo barreras que durante años habían hecho común exigir la firma o el respaldo de un hombre.


En cuanto a la violencia sexual dentro del matrimonio, el cambio fue todavía más reciente: en 1993, la violación conyugal pasó a estar tipificada como delito en los 50 estados, al menos en alguna parte de sus códigos penales, aunque no siempre con el mismo trato o las mismas condiciones que fuera del matrimonio.


Y en anticoncepción, el Tribunal Supremo de Estados Unidos protegió el acceso para parejas casadas en 1965, invalidando leyes estatales que lo prohibían.


Y el “fantasma” de la coverture todavía se nota hoy.


Cuando compras una vivienda o firmas ciertos documentos como mujer casada, puedes encontrarte con reglas antiguas sobre consentimiento del cónyuge o firmas obligatorias que no siempre se aplican de forma simétrica.


El sistema fiscal también conserva ecos: la presunción de declarar conjuntamente y las penalizaciones o complicaciones asociadas reflejan una historia en la que el matrimonio se trató como una sola unidad legal.


Derecho laboral, prestaciones, administración de beneficios, decisiones médicas: el marco histórico de la coverture influyó en todo esto, y su sombra permanece en normas, formularios y costumbres.


¿La suposición automática de que una mujer toma el apellido del marido? Eso es un símbolo heredado de aquella lógica. Nunca fue una obligación universal por ley: fue una señal social de “unidad” entendida como absorción, tan normalizada que se volvió costumbre.


Incluso cuando un formulario te pide identificar al “jefe del hogar”, estás viendo lenguaje que presupone que una sola persona representa legalmente a la familia.


Piénsalo: durante gran parte de la historia de Estados Unidos, millones de mujeres casadas no fueron tratadas como personas plenamente independientes ante la ley.


Su trabajo, su cuerpo, sus hijos, sus bienes… quedaban subordinados a la autoridad del marido.


Y esto no era una rareza. Era lo aceptado. Lo “natural”. Así funcionaba el matrimonio en términos jurídicos.


Cuando las sufragistas lucharon por el voto, también luchaban contra un sistema que asumía que las mujeres casadas no podían sostener opiniones políticas separadas de las de sus maridos.


Cuando las mujeres lucharon por la propiedad, por sus salarios, por la custodia, por negarse dentro del matrimonio, por firmar contratos, por crédito a su nombre, por ser reconocidas como personas… estaban desarmando, pieza por pieza, siglos de doctrina que las había reducido.


Ninguno de esos derechos “se regaló”. Se ganó.

Y algunos se ganaron hace muy poco.


Si eres una mujer nacida antes de 1974, naciste en un país donde el acceso al crédito podía estar condicionado por tu estado civil y por la aprobación masculina.

Si naciste antes de 1993, naciste en un país donde la violación dentro del matrimonio todavía no estaba reconocida como delito en todos los estados.


La “no existencia” legal plena de las mujeres casadas no es historia remota. Es la vida de tu abuela. Es la vida de tu madre. Para algunas, es su propia vida.


La coverture explica mucho de por qué la desigualdad persiste. Si la ley negó durante siglos la independencia jurídica de las mujeres, y eso cambió de forma gradual y reciente, ¿es raro que las actitudes sociales vayan por detrás?


Si durante tanto tiempo las mujeres casadas no pudieron emprender o poseer bienes con libertad, ¿es raro que aún haya brechas en propiedad y liderazgo?

Si el control sobre los salarios llegó tarde y con obstáculos, ¿es raro que persistan desigualdades económicas?

Si la violencia sexual en el matrimonio fue tolerada por el sistema durante tanto tiempo, ¿es raro que todavía nos cueste construir una cultura de consentimiento clara?


El fantasma de la coverture sigue rondando. Moldea leyes, instituciones y expectativas sobre matrimonio, familia y roles de género.

Vivimos en su sombra aunque la mayoría ni conozca el nombre ni lo reciente de su erosión.


De la absorción legal a la personalidad parcial, y de ahí a una igualdad todavía en construcción: la caída de la coverture es la historia de mujeres luchando por ser reconocidas como seres humanos ante la ley.


Y esa lucha no está cerrada. Porque la coverture no se abolió con un solo decreto: se fue desarmando con reformas, sentencias y derechos conquistados, uno por uno.


Sus restos siguen incrustados en sistemas legales, expectativas sociales y prácticas institucionales.


La próxima vez que veas un formulario que presupone un “jefe del hogar”, o un trámite que exige firmas conyugales, o una presión social para cambiar el apellido al casarte, estás viendo esa herencia.


El fantasma de la doctrina que trató a las mujeres como “no personas” jurídicas plenas.


Hoy es más tenue. Pero todavía está ahí.

Y reconocerlo es el primer paso para, por fin, dejarlo atrás.


Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Coverture", s. f.)

Al findador de Dubái, el jeque Rashid, una vez le preguntaron cómo veía el futuro de su país. Él respondió:

 Al fundador de Dubái, el jeque Rashid, una vez le preguntaron cómo veía el futuro de su país. Él respondió:fu


«Mi abuelo viajaba en camello, y mi padre también. Yo me muevo en un Mercedes. Mi hijo anda en un Land Rover. Mi nieto probablemente también usará un Land Rover. Pero mi bisnieto, muy seguramente, volverá a subirse a un camello…»

—¿Por qué piensa eso? —le preguntaron.

Él contestó:

«Existen leyes eternas  que rigen la vida. Dicho de forma sencilla: los tiempos difíciles forman personas fuertes. Las personas fuertes crean tiempos buenos. Los tiempos buenos producen personas débiles. Y las personas débiles vuelven a llevarnos a tiempos difíciles. No todos lo entienden, pero la abundancia en nuestro país está creando consumidores y parásitos, no luchadores de la vida…»

Lo mismo pasa cuando a un hijo se le da todo sin esfuerzo ni límites, cuando no se le exige nada y pasa los días durmiendo o sin hacer nada útil.

~ tomado de la red

En la Barcelona medieval, la palabra "bancarrota" no era una simple metáfora financiera.

 En la Barcelona medieval, la palabra "bancarrota" no era una simple metáfora financiera.



Los banqueros no tenían oficinas ni escritorios, sino bancos de madera colocados en medio del mercado. Desde allí prestaban dinero, firmaban contratos y ofrecían crédito. Pero si uno de ellos no podía pagar sus deudas, no era solo el prestigio lo que perdía: era la cabeza.


La ley era clara y despiadada. Si un banquero caía en insolvencia, el castigo no era una multa ni la cárcel. Era la decapitación pública con un hacha. Luego, como símbolo de la ruina total, su banco era destruido a golpes frente a todos. Banca rota. El origen literal de la palabra que usamos hoy.


La imagen es brutal, pero su mensaje era directo: quien se hiciera responsable del dinero ajeno debía responder con su vida si fallaba.


Hoy, cuando escuchamos la palabra "bancarrota", pocos imaginan que alguna vez fue una sentencia de muerte

San Fernando III

 

San Fernando III

PFA89439Rey de Castilla y León, miembro de la Tercera Orden de San Francisco, nacido en 1198 cerca de Salamanca; murió en Sevilla, el 30 de mayo de 1252. Fue hijo de Alfonso IX, Rey de León y de Berenguela, hija de Alfonso III, Rey de Castilla, a su vez hija de Blanca, la madre de San Luis IX.

En 1217 Fernando fue coronado Rey de Castilla, la corona que su madre había renunciado a favor de él; y en 1230 heredó la corona de León, aunque sin poder evitar una guerra civil, ya que muchos se oponían a la unión de los dos reinos. Eligió como consejeros a los hombres más sabios del Estado, se ocupó de administrar estrictamente la justicia y tenía mucho cuidado en no sobrecargar a sus vasallos con impuestos, por temer más, según decía, la maldición de una vieja pobre que a un ejército entero de sarracenos.

Siguiendo el consejo de su madre, Fernando se casó con Beatriz, la hija de Felipe de Suabia, Rey de Alemania, una de las princesas más virtuosas de la época. Dios bendijo la unión con siete hijos: seis príncipes y una princesa.

Las metas más altas en la vida de Fernando fueron la propagación de la fe y la liberación de España del yugo sarraceno. De aquí sus guerras continuas contra los sarracenos. Él les quitó territorios vastos, solo los reinos de Granada y Alicante quedaron en el poder de ellos a su muerte.

En las ciudades más importantes fundó obispados, restableció el culto católico por todas partes, construyó iglesias, fundó monasterios y hizo donaciones a hospitales. Los mayores gozos de su vida fueron las conquistas de Córdoba (1236) y Sevilla (1248).

Convirtió en catedrales las grandes mezquitas de esos lugares, dedicándolas a la Santa Virgen. Vigilaba la conducta de sus soldados, confiando más en la virtud que en el valor de ellos, ayunando estrictamente él mismo; siempre llevaba un cilicio áspero, y a menudo se pasaba la noche rezando, sobre todo antes de las batallas. En medio del tumulto del campamento vivía como un religioso en el claustro. La gloria de la Iglesia y la felicidad de su gente eran los motivos que guiaban su vida.

Fundó la Universidad de Salamanca, la Atenas de España. Fernando fue enterrado en la gran catedral de Sevilla ante la imagen de la Santa Virgen, vestido, según su propia petición, con el hábito de la Tercera Orden de San Francisco.

Ocurrieron muchos milagros junto a su sepulcro, y Clemente X lo canonizó en 1671. Su cuerpo sigue incorrupto, pudiéndose contemplar en el 30 de mayo, la fiesta particular de San Fernando que se celebra en España y entre los minoritas.

FERDINAND HECKMANN Traducido por Ryan D. Giles (Fuente: Enciclopedia Católica)

Cuando se rompió la palabra: Crónica narrativa de las rebeliones apaches en el México del siglo XIX.

 🌵 🏹  Cuando se rompió la palabra: Crónica narrativa de las rebeliones apaches en el México del siglo XIX.



En los últimos años del dominio español, la frontera norte era un territorio duro, pero no ingobernable. Entre desiertos interminables, sierras abruptas y ríos que aparecían y desaparecían como espejismos, los comandantes virreinales habían aprendido una verdad simple: nadie sobrevivía en aquellas tierras sin acuerdos.


Por eso, a finales del siglo XVIII, los presidios de Sonora, Nueva Vizcaya y Coahuila se convirtieron en puntos de encuentro. Allí, bajo el sol implacable, jefes apaches (y comanches) y oficiales españoles se reunían para sellar pactos. No eran tratados escritos en pergamino, sino acuerdos vivos, sostenidos por la reciprocidad: raciones a cambio de paz, protección a cambio de lealtad, comercio a cambio de respeto.


Los españoles llamaban a estos grupos “naciones amigas”. Y aunque la paz era frágil, funcionaba. Los apaches recibían maíz, tabaco, mantas y herramientas; los españoles ganaban rutas seguras, menos ataques y la posibilidad de expandir sus asentamientos. Era un equilibrio imperfecto, pero era equilibrio al fin.


En 1821: el viento cambia. Cuando México proclamó su independencia, ese sistema —tan delicado como una vasija de barro— se resquebrajó de inmediato. El nuevo país nació pobre, dividido y sin un plan claro para la frontera. Los presidios quedaron sin paga, los soldados desertaron, las raciones dejaron de llegar.


En los campamentos apaches, la noticia corrió como un rumor inquietante: “Los nuevos gobernantes no cumplen la palabra de los antiguos.”


Para los apaches, la palabra era ley. Un acuerdo roto no era un simple error administrativo: era una afrenta, una traición. Y la traición exigía respuesta.


La frontera se enciende: Los primeros ataques no fueron grandes incursiones, sino golpes quirúrgicos: robo de caballos, emboscadas a caravanas, recuperación de territorios que consideraban suyos. Pero la violencia creció como crece un incendio en la hierba seca.


Los pueblos del norte —Arizpe, Janos, Fronteras, Santa Cruz, Chihuahua— comenzaron a vivir con el sobresalto permanente. Las campanas de alarma sonaban de madrugada, los caminos se vaciaban, las haciendas se fortificaban. Familias enteras abandonaron sus tierras, dejando atrás casas que pronto serían ruinas.


Mientras tanto, en la Ciudad de México, los gobiernos cambiaban con la rapidez de las estaciones. Ninguno tenía recursos para reconstruir el sistema virreinal de pactos. En su lugar, enviaban órdenes de “castigo”, “persecución” y “guerra total”.


Pero la guerra total en el desierto era una ilusión.

Los apaches conocían cada cañón, cada manantial, cada sombra.


Los jefes de la resistencia; En este escenario surgieron figuras que hoy parecen casi legendarias:

Cochise, Mangas Coloradas, Delgadito, Ponce, Victorio.


No eran “bandidos”, como los describían los partes militares, sino líderes que defendían a su gente en un mundo donde los acuerdos habían sido borrados de un plumazo. Para ellos, la guerra no era un capricho: era la única respuesta posible cuando la diplomacia había sido destruida.


México lucha… y se desgasta: El gobierno mexicano intentó responder con milicias locales, recompensas por cabelleras y campañas militares improvisadas. Pero cada ofensiva terminaba igual: soldados exhaustos, recursos agotados, territorios perdidos.


Mientras tanto, desde el norte, Estados Unidos avanzaba. Sus propias guerras contra los apaches empujaron a muchos grupos hacia Sonora y Chihuahua, intensificando aún más la presión sobre México.


La frontera se convirtió en un torbellino de fuerzas que el joven país no podía controlar.


Un siglo de heridas: Así, las rebeliones apaches del siglo XIX no fueron un estallido espontáneo ni un conflicto “eterno”. Fueron la consecuencia directa de un sistema de acuerdos que había funcionado —con dificultades, sí, pero funcionado— y que México no pudo sostener.


Cuando se rompió la palabra, se rompió la paz.

Y la frontera norte pagó el precio durante casi cien años.


©2025 (cc) Genealogía Sonorense ✍️


Referencias:


• Velasco Ávila, C. (2009). Los tratados de paz con los apaches. UNAM.

• Weber, D. J. (1982). The Mexican Frontier, 1821–1846: The American Southwest Under Mexico. University of New Mexico Press.

• Radding, C. (1997). Wandering Peoples: Colonialism, Ethnic Spaces, and Ecological Frontiers in Northwestern Mexico, 1700–1850. Duke University Press.

•Registros históricos de AGES, AGN y PARES

La división de España en proviñ

 TAL DÍA COMO HOY... En 1833 se establece la división de España en 49 provincias que siguen vigentes en la actualidad (con la excepción de Canarias, que era una y posteriormente se dividió en dos) y que se agrupaban en 15 regiones, en parte teniendo en cuenta la historia y en parte no. Casi todas las provincias recibieron el nombre de sus capitales (excepto algunas que conservaron sus antiguas denominaciones, como Navarra, Álava, Guipúzcoa, Vizcaya) y desaparecieron algunas que habían existido en la división de 1822, como la de Calatayud.



Respecto a los límites de las provincias, aunque a veces pueden parecer arbitrarios siguen criterios racionales: extensión (desde el punto más alejado de la provincia debería poder llegarse a la capital en un día), población (las provincias deberían tener una población entre 100.000 y 400.000 habitantes) y coherencia geográfica. Eso sí, persistieron algunos enclaves que tenían su origen en la historia, como el Rincón de Ademuz (un trozo de Valencia incrustado en Teruel) o Treviño.


A lo largo de este tiempo ha habido algunas modificaciones (p.ej., la comarca de Caspe pasó de Teruel a Zaragoza, y la de Calamocha hizo lo contrario), pero estas provincias son asumidas tanto por la Primera como por la Segunda República y por la Constitución de 1978, en la que las regiones pasaron a llamarse Comunidades Autónomas y cambiaron algunas de ellas (p.ej., Santander se convirtió en Cantabria, y antes pertenecía a Castilla la Vieja).

29 DE DICIEMBRE DE 1853

 29 DE DICIEMBRE DE 1853 



FUSILAMIENTO DE LEANDRO ANTONIO ALÉN Y DEL CORONEL CIRIANO CUITIÑO


Por Revisionismo Historico Argentino 


LA JUSTICIA DE LOS VENCEDORES


El 29 de diciembre de 1853 quedó inscripto como una fecha amarga en la historia argentina. Aquella mañana, en la plaza de la Concepción, ante una multitud convocada como testigo y advertencia, fueron fusilados Leandro Antonio Alén y el coronel Ciriaco Cuitiño. No se trató de un simple acto judicial, sino del cierre sangriento de una guerra civil que continuó, aun después de Caseros, por otros medios. El nuevo poder necesitaba escarmentar, y lo hizo sobre los cuerpos de dos hombres que no habían renegado de su pasado federal.


DOS TRAYECTORIAS, UNA MISMA CONDENA


Leandro Antonio Alén encarnaba al federal plebeyo, al hombre del Buenos Aires popular, formado en el trabajo y no en los salones. Pulpero, matarife, herrador, pequeño propietario y miliciano, su vida fue la de tantos hombres comunes que acompañaron las puebladas que llevaron a Dorrego al poder y luego sirvieron al gobierno de Juan Manuel de Rosas desde funciones modestas pero constantes. Su adhesión política no fue oportunista ni tardía: fue coherente y pública, incluso cuando esa fidelidad dejó de ser conveniente.


Ciriaco Cuitiño representaba otro rostro del mismo proceso histórico. Mendocino de origen, con extensa trayectoria en milicias y policía, fue alcalde de Quilmes, comandante de partidas rurales y jefe del cuerpo de serenos en Buenos Aires. Integrante activo de la Sociedad Popular Restauradora, fue durante años una pieza central del dispositivo de orden rosista. Esa misma función, que bajo un gobierno constituía autoridad legal, se transformó tras la derrota federal en prueba suficiente para la condena.


Incluso adversarios ideológicos dejaron testimonios que matizan la imagen demonizada. José María Ramos Mejía, crítico feroz del rosismo, admitió que “un amigo de cuya sinceridad no puedo dudar me ha referido que Cuitiño era un hombre ejemplar; su moralidad y buenas costumbres como empleado y como hombre le granjearon el aprecio de sus superiores”.


DEL SERVICIO AL DELITO RETROACTIVO


Tras la caída de Rosas y el fracaso de la sublevación federal encabezada por Hilario Lagos, Alén y Cuitiño regresaron a Buenos Aires. No huyeron ni buscaron ocultarse. Fueron arrestados y sometidos a un proceso judicial que, desde su inicio, estuvo marcado por la excepcionalidad. Las causas no podían ser consultadas libremente, los cargos se acumularon sin pruebas documentales accesibles y el expediente terminó desapareciendo.


Durante las audiencias de diciembre de 1853, las actitudes de los acusados quedaron registradas por la crónica. Cuitiño escuchó los cargos en absoluto silencio. Alén, en cambio, interrumpía una y otra vez con desesperación: “Eso es falso, no ha sucedido tal cosa, yo no dije eso”. No era una estrategia defensiva, sino la reacción de quien comprendía que el juicio no buscaba esclarecer hechos, sino sancionar una pertenencia política.


El doctor Marcelino Ugarte asumió la defensa y desplegó argumentos sólidos. Nada fue suficiente. La sentencia parecía escrita de antemano y fue confirmada sin oír apelación.


LA MIRADA REVISIONISTA: JUSTICIA O VENGANZA


La historiografía revisionista ha sido clara al interpretar estos hechos. Autores como José María Rosa, Fermín Chávez y Vicente Sierra coincidieron en señalar que los procesos de 1853 no constituyeron juicios ordinarios, sino tribunales de excepción. Para José María Rosa, se trató de “una justicia aplicada con retroactividad política, donde se juzgó como crimen lo que había sido ejercicio de autoridad bajo un gobierno legítimo”.


Fermín Chávez sostuvo que el fusilamiento de Alén y Cuitiño fue “una advertencia simbólica”, un mensaje dirigido tanto a los federales sobrevivientes como al pueblo: la derrota debía ser completa, moral además de militar. Vicente Sierra, por su parte, remarcó que la desaparición de los expedientes judiciales no fue un accidente administrativo, sino “la prueba más elocuente de que no se quería dejar rastros de un procedimiento que no resistía el examen histórico”.


Desde esta perspectiva, no se niega la violencia del período rosista, pero se subraya la hipocresía de un orden que castigó selectivamente a los vencidos mientras absolvió, integró o recicló a muchos responsables que supieron adaptarse al nuevo régimen.


EL PATÍBULO COMO ESCENA DE PODER


La ejecución fue cuidadosamente escenificada. Alén, quebrado física y anímicamente tras meses de prisión, no pudo caminar hacia el paredón y debió ser llevado en brazos. Cuitiño, firme hasta el final, lo alentó a levantar la cabeza y enfrentar la muerte con dignidad. Según los testigos, le dijo que no tuviera miedo, que “una sola vez se moría”.


Cuando un oficial le preguntó por su último deseo, Cuitiño respondió con serenidad: “Denme una aguja y un hilo”. Se cosió el pantalón a la camisa y explicó: “Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones”. Rechazó la venda, abrió su camisa y señaló el pecho. Protestó en voz alta que había servido a una autoridad legal y obedecido órdenes de un gobernador legítimo. “Muero inocente”, afirmó, “y muero como buen federal”.


MULTITUD, SERMONES Y OLVIDO


Miles de vecinos presenciaron la escena. Un sermón expiatorio intentó dotar de sentido moral cristiano a lo que era, en esencia, un acto político. Los cuerpos permanecieron colgados durante horas como advertencia pública. Luego fueron arrojados a una fosa común, sin tumba ni señal. El silencio debía completar lo que el fusil había iniciado.


Para la historiografía revisionista, ese ocultamiento posterior fue parte del castigo. No bastaba con matar: era necesario borrar.


LA HERENCIA DEL ESTIGMA


La muerte de Leandro Antonio Alén proyectó una sombra duradera. Su hijo, Leandro Nicéforo Alem, cargaría durante años con el rótulo de “hijo del fusilado”. Cambió una letra de su apellido para atenuar una marca que la sociedad no estaba dispuesta a olvidar. Paradójicamente, esa herida sería uno de los motores de su vida política y del radicalismo naciente.


Cuitiño, en cambio, quedó reducido durante décadas a caricatura o demonización. Sin embargo, como señaló José María Rosa, “el silencio que se impuso sobre su tumba dice más sobre los vencedores que sobre el vencido”.


EFEMÉRIDE Y MEMORIA HISTÓRICA


Recordar el 29 de diciembre de 1853 no implica absolver ni idealizar. Implica comprender. Alén y Cuitiño murieron no solo por lo que hicieron, sino por lo que representaban en una Argentina que no supo cerrar sus conflictos sin sangre. Su fusilamiento fue el cierre brutal de una guerra civil prolongada y el inicio de una memoria oficial construida sobre el olvido selectivo.


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FUENTES


Rosa, José María. Historia Argentina. Buenos Aires,


Chávez, Fermín. Civilización y barbarie.


Chávez, Fermín. El revisionismo histórico argentino. 


Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación 


Sierra, Vicente D. Historia de la Argentina.


Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina 1515-1938. 


Galasso, Norberto. Vida de Leandro N. Alem.

El Cruzado o Peregrino


 🇸🇯 Sigurd I Magnusson, también conocido como Sigurd el Cruzado o el Peregrino, fue un monarca noruego que desempeñó un papel significativo en la historia medieval escandinava. Nació alrededor del año 1090 y ascendió al trono en 1103, su reinado estuvo marcado por su participación en la Cruzada de 1107-1110, convirtiéndose así en el primer monarca europeo en emprender una.


Sigurd, con solo 18 años, lideró la expedición que duró tres años (1108-1111). Pasó el invierno en el sur de Inglaterra, donde se entrevistó con el rey Enrique I. En la primavera de 1109 continuó el viaje a lo largo de la costa francesa y el norte de la península ibérica. El jóven rey permanecería un largo tiempo en la ciudad santa de Santiago de Compostela.


Cuando prosiguió el viaje hacia el sur, se enfrentó en constantes escaramuzas contra los musulmanes, tanto para conseguir provisiones como para debilitar el dominio islámico en la península ibérica. Combatió en Sintra, Lisboa y Alcácer do Sal, contribuyendo a que esas ciudades fuesen incorporadas al dominio cristiano.


En la primavera de 1110 atravesó el Estrecho de Gibraltar y continuó combatiendo contra los musulmanes y los piratas en Formentera, Ibiza y Menorca. En el verano llegó a Sicilia, y en esa isla permanecería un tiempo, hospedado por el conde normando Rogelio II de Sicilia.


De esta manera su viaje a Tierra Santa es particularmente notable, ya que se convirtió en el único monarca noruego en llegar a Jerusalén durante la Edad Media. Su presencia en estas tierras le otorgó reconocimiento y prestigio, contribuyendo a aumentar la reputación de los monarcas nórdicos en la escena europea.


En el año nuevo de 1111, trás ayudar al rey Balduino I a ampliar su reino, Sigurd abandonó Tierra Santa. Visitaría Chipre y el Peloponeso, y posteriormente Constantinopla (que los noruegos llamaban Miklagard). En la ciudad imperial recibió los honores por parte de Alejo I, y ahí permaneció un corto tiempo, antes de regresar a Noruega por vía terrestre.


A su regreso a Noruega, Sigurd consolidó su poder y fortaleció las relaciones con otros monarcas europeos. Además, su participación en la cruzada dejó una huella duradera en la historia noruega, influyendo en la visión de Noruega como un reino cristiano comprometido con las cruzadas y la expansión territorial.


A pesar de su impacto en la política exterior, el reinado de Sigurd también enfrentó desafíos internos. La división de Noruega entre sus hermanos y las tensiones con la Iglesia reflejaron la complejidad de la época. Sigurd falleció en 1130, pero su legado perduró, dejando una marca única en la historia noruega y en la narrativa de la Europa medieval.


Gracias por tu lectura 👍 


🎨 Sigurd I Magnusson desfilando con sus hombres por las calles de Constantinopla / Mapa de la ruta seguida por la llamada Cruzada Noruega.

Animales de Europas en America

 Para aprender hoy: Estos animales transformaron la vida americana para siempre: dieron carne, leche, cuero y lana, ayudaron en el transporte y la agricultura, poblaron campos y ciudades, y en pocas generaciones se volvieron tan cotidianos que hoy parecen parte natural del paisaje de América.



Comparación.

Pero el caso del caballo es distinto: este animal no fue realmente “nuevo”, sino un antiguo hijo de América que se había extinguido hace unos 10 000 años y que los europeos trajeron de vuelta, como una reintroducción histórica. En cambio, el llamado jabalí americano sí es un cerdo verdadero de origen europeo —cruce entre jabalí y cerdo doméstico— que escapó y se volvió salvaje, a diferencia del pecarí nativo que muchos confunden con cerdo pero que pertenece a otra familia. Así, mientras el caballo regresó a la tierra donde nació, el jabalí y los cerdos llegaron por primera vez para quedarse y cambiar para siempre los ecosistemas del continente.🧐


Fuente: (Columbian Exchange)


#hoyaprendi #aniamles #animalplanet

El petroleo

 En 1859 ocurrió un hecho que cambiaría la historia moderna, por primera vez, el petróleo brotó del suelo de forma controlada. Sucedió en Titusville, Pensilvania, cuando Edwin Drake perforó un pozo buscando una manera más eficiente de obtener aceite para iluminación. Hasta ese momento, el petróleo era una sustancia molesta que aparecía de forma accidental en la superficie y nadie sabía realmente qué hacer con ella.



El pozo alcanzó apenas 21 metros de profundidad, pero fue suficiente. De la tierra comenzó a salir un líquido oscuro y espeso que pronto se almacenó en barriles. Ese momento marcó el inicio de la industria petrolera. En pocos años, el petróleo pasó de ser un residuo incómodo a convertirse en el motor del desarrollo industrial.


Gracias a ese descubrimiento surgieron nuevos combustibles, se impulsó el transporte moderno y se transformaron economías enteras. Ciudades crecieron alrededor de los pozos, surgieron grandes empresas energéticas y el mundo comenzó a depender de este recurso.


Lo que empezó como una simple perforación cambió la forma en que la humanidad se mueve, produce energía y entiende el progreso. Ese día, sin saberlo, comenzó la era del petróleo.

Herrera

 El apellido Herrera tiene un origen español, concretamente de la región de Castilla. Su significado está ligado a lugares y oficios relacionados con el trabajo del hierro.



🔍 Origen y significado


El nombre proviene directamente del término castellano "herrera", que significa herrería o taller de un herrero. Su raíz etimológica se encuentra en la palabra latina "ferraria", que hace referencia a un lugar donde se trabaja el hierro.


Existen dos teorías principales sobre cómo las familias adoptaron este apellido, y es posible que ambas sean válidas para diferentes linajes:


· Origen toponímico (por lugar): Muchas familias tomaron el apellido por vivir en alguno de los muchos lugares de España llamados Herrera, ubicados en regiones como Castilla y León, Andalucía o Cantabria.

· Origen ocupacional (por oficio): Otras familias lo adoptaron porque alguno de sus antepasados ejercía el oficio de herrero, un trabajo fundamental en la Edad Media.


📜 Historia y expansión


El apellido aparece documentado desde el siglo XII. Se consolidó durante la Edad Media y se expandió por toda la Península Ibérica, especialmente durante el proceso de la Reconquista.


Posteriormente, con la colonización de América, el apellido Herrera cruzó el Atlántico y se estableció con fuerza. Hoy es muy común en países como México, Colombia, Argentina, Chile y Venezuela.


⚜️ Escudo de armas (Heráldica)


No existe un único escudo para el apellido. Diferentes ramas familiares adoptaron blasones con elementos que aluden al origen del nombre. Estos son algunos de los diseños más conocidos:


· Castillo de gules (rojo) sobre campo de oro: Simboliza fortaleza y nobleza.

· Herraduras de plata o azur: Referencia directa al oficio de la herrería.

· Calderas jaqueladas (en damero): Un símbolo distintivo de algunas ramas importantes de Andalucía.


🏠 Datos genealógicos destacados


La historia genealógica del apellido es extensa. Según diversas fuentes:


· Uno de los linajes principales tuvo su casa solar (origen) en la villa de Pedraza (Segovia) y se le relaciona con la noble Casa de Lara, aunque esta conexión es discutida por algunos expertos.

· Otra teoría sitúa el origen principal en el valle de Camargo, en Cantabria.

· Los portadores del apellido probaron repetidamente su nobleza para ingresar en órdenes militares como Santiago, Calatrava y Alcántara.


Si estás investigando tu árbol genealógico y tu apellido es Herrera, saber la región específica de España de donde procedía tu familia puede ser de gran ayuda para encontrar más información.