miércoles, 31 de diciembre de 2025

29 DE DICIEMBRE DE 1853

 29 DE DICIEMBRE DE 1853 



FUSILAMIENTO DE LEANDRO ANTONIO ALÉN Y DEL CORONEL CIRIANO CUITIÑO


Por Revisionismo Historico Argentino 


LA JUSTICIA DE LOS VENCEDORES


El 29 de diciembre de 1853 quedó inscripto como una fecha amarga en la historia argentina. Aquella mañana, en la plaza de la Concepción, ante una multitud convocada como testigo y advertencia, fueron fusilados Leandro Antonio Alén y el coronel Ciriaco Cuitiño. No se trató de un simple acto judicial, sino del cierre sangriento de una guerra civil que continuó, aun después de Caseros, por otros medios. El nuevo poder necesitaba escarmentar, y lo hizo sobre los cuerpos de dos hombres que no habían renegado de su pasado federal.


DOS TRAYECTORIAS, UNA MISMA CONDENA


Leandro Antonio Alén encarnaba al federal plebeyo, al hombre del Buenos Aires popular, formado en el trabajo y no en los salones. Pulpero, matarife, herrador, pequeño propietario y miliciano, su vida fue la de tantos hombres comunes que acompañaron las puebladas que llevaron a Dorrego al poder y luego sirvieron al gobierno de Juan Manuel de Rosas desde funciones modestas pero constantes. Su adhesión política no fue oportunista ni tardía: fue coherente y pública, incluso cuando esa fidelidad dejó de ser conveniente.


Ciriaco Cuitiño representaba otro rostro del mismo proceso histórico. Mendocino de origen, con extensa trayectoria en milicias y policía, fue alcalde de Quilmes, comandante de partidas rurales y jefe del cuerpo de serenos en Buenos Aires. Integrante activo de la Sociedad Popular Restauradora, fue durante años una pieza central del dispositivo de orden rosista. Esa misma función, que bajo un gobierno constituía autoridad legal, se transformó tras la derrota federal en prueba suficiente para la condena.


Incluso adversarios ideológicos dejaron testimonios que matizan la imagen demonizada. José María Ramos Mejía, crítico feroz del rosismo, admitió que “un amigo de cuya sinceridad no puedo dudar me ha referido que Cuitiño era un hombre ejemplar; su moralidad y buenas costumbres como empleado y como hombre le granjearon el aprecio de sus superiores”.


DEL SERVICIO AL DELITO RETROACTIVO


Tras la caída de Rosas y el fracaso de la sublevación federal encabezada por Hilario Lagos, Alén y Cuitiño regresaron a Buenos Aires. No huyeron ni buscaron ocultarse. Fueron arrestados y sometidos a un proceso judicial que, desde su inicio, estuvo marcado por la excepcionalidad. Las causas no podían ser consultadas libremente, los cargos se acumularon sin pruebas documentales accesibles y el expediente terminó desapareciendo.


Durante las audiencias de diciembre de 1853, las actitudes de los acusados quedaron registradas por la crónica. Cuitiño escuchó los cargos en absoluto silencio. Alén, en cambio, interrumpía una y otra vez con desesperación: “Eso es falso, no ha sucedido tal cosa, yo no dije eso”. No era una estrategia defensiva, sino la reacción de quien comprendía que el juicio no buscaba esclarecer hechos, sino sancionar una pertenencia política.


El doctor Marcelino Ugarte asumió la defensa y desplegó argumentos sólidos. Nada fue suficiente. La sentencia parecía escrita de antemano y fue confirmada sin oír apelación.


LA MIRADA REVISIONISTA: JUSTICIA O VENGANZA


La historiografía revisionista ha sido clara al interpretar estos hechos. Autores como José María Rosa, Fermín Chávez y Vicente Sierra coincidieron en señalar que los procesos de 1853 no constituyeron juicios ordinarios, sino tribunales de excepción. Para José María Rosa, se trató de “una justicia aplicada con retroactividad política, donde se juzgó como crimen lo que había sido ejercicio de autoridad bajo un gobierno legítimo”.


Fermín Chávez sostuvo que el fusilamiento de Alén y Cuitiño fue “una advertencia simbólica”, un mensaje dirigido tanto a los federales sobrevivientes como al pueblo: la derrota debía ser completa, moral además de militar. Vicente Sierra, por su parte, remarcó que la desaparición de los expedientes judiciales no fue un accidente administrativo, sino “la prueba más elocuente de que no se quería dejar rastros de un procedimiento que no resistía el examen histórico”.


Desde esta perspectiva, no se niega la violencia del período rosista, pero se subraya la hipocresía de un orden que castigó selectivamente a los vencidos mientras absolvió, integró o recicló a muchos responsables que supieron adaptarse al nuevo régimen.


EL PATÍBULO COMO ESCENA DE PODER


La ejecución fue cuidadosamente escenificada. Alén, quebrado física y anímicamente tras meses de prisión, no pudo caminar hacia el paredón y debió ser llevado en brazos. Cuitiño, firme hasta el final, lo alentó a levantar la cabeza y enfrentar la muerte con dignidad. Según los testigos, le dijo que no tuviera miedo, que “una sola vez se moría”.


Cuando un oficial le preguntó por su último deseo, Cuitiño respondió con serenidad: “Denme una aguja y un hilo”. Se cosió el pantalón a la camisa y explicó: “Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones”. Rechazó la venda, abrió su camisa y señaló el pecho. Protestó en voz alta que había servido a una autoridad legal y obedecido órdenes de un gobernador legítimo. “Muero inocente”, afirmó, “y muero como buen federal”.


MULTITUD, SERMONES Y OLVIDO


Miles de vecinos presenciaron la escena. Un sermón expiatorio intentó dotar de sentido moral cristiano a lo que era, en esencia, un acto político. Los cuerpos permanecieron colgados durante horas como advertencia pública. Luego fueron arrojados a una fosa común, sin tumba ni señal. El silencio debía completar lo que el fusil había iniciado.


Para la historiografía revisionista, ese ocultamiento posterior fue parte del castigo. No bastaba con matar: era necesario borrar.


LA HERENCIA DEL ESTIGMA


La muerte de Leandro Antonio Alén proyectó una sombra duradera. Su hijo, Leandro Nicéforo Alem, cargaría durante años con el rótulo de “hijo del fusilado”. Cambió una letra de su apellido para atenuar una marca que la sociedad no estaba dispuesta a olvidar. Paradójicamente, esa herida sería uno de los motores de su vida política y del radicalismo naciente.


Cuitiño, en cambio, quedó reducido durante décadas a caricatura o demonización. Sin embargo, como señaló José María Rosa, “el silencio que se impuso sobre su tumba dice más sobre los vencedores que sobre el vencido”.


EFEMÉRIDE Y MEMORIA HISTÓRICA


Recordar el 29 de diciembre de 1853 no implica absolver ni idealizar. Implica comprender. Alén y Cuitiño murieron no solo por lo que hicieron, sino por lo que representaban en una Argentina que no supo cerrar sus conflictos sin sangre. Su fusilamiento fue el cierre brutal de una guerra civil prolongada y el inicio de una memoria oficial construida sobre el olvido selectivo.


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FUENTES


Rosa, José María. Historia Argentina. Buenos Aires,


Chávez, Fermín. Civilización y barbarie.


Chávez, Fermín. El revisionismo histórico argentino. 


Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación 


Sierra, Vicente D. Historia de la Argentina.


Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina 1515-1938. 


Galasso, Norberto. Vida de Leandro N. Alem.

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