"LE DIERON UNA PALA Y UNA ORDEN: ""EMPIEZA A CAVAR"" — LA VENGANZA MÁS FRÍA DE LA MAFIA
George McManus, un gánster de poca monta y jugador empedernido, llevaba casi una hora cavando. Sus manos estaban llenas de ampollas reventadas, la sangre hacía que el mango de madera se le resbalara entre los dedos y su respiración era un estertor agónico. No estaba cavando en busca de un tesoro. Estaba cavando porque el hombre sentado en una caja de madera a tres metros de distancia se lo había ordenado.
Ese hombre era Lucky Luciano.
Lucky no gritaba. No amenazaba. Simplemente estaba allí, fumando un cigarrillo con una calma aterradora, observando cada movimiento de McManus con ojos fríos y vacíos.
—¿Qué tan profundo? —preguntó McManus, con la voz quebrada por el terror y el agotamiento. Lucky expulsó el humo lentamente antes de responder. —Hasta que yo te diga que pares.
McManus sabía por qué estaba allí. Todo el bajo mundo lo sabía. Dos días antes, el mentor de Lucky, el legendario Arnold Rothstein, había sido asesinado. Rothstein no era solo un jefe criminal; era el hombre que había enseñado a Lucky Luciano a pensar, a vestir y a convertir el crimen en un negocio. Era el ""cerebro"" de la mafia. Y McManus, en un acto de estupidez impulsiva por una deuda de póquer, le había disparado en el estómago.
La policía no había logrado encontrar al culpable. Pero Lucky sí.
—Lucky, fue un accidente... el arma se disparó sola... —suplicó McManus, deteniéndose para secarse el sudor frío de la frente. —Sigue cavando —dijo Lucky, sin siquiera parpadear.
La tortura no era física, era psicológica. Lucky estaba aplicando una de las lecciones más importantes que Rothstein le había enseñado: ""La violencia debe ser la última opción, pero cuando la uses, asegúrate de que la lección sea imposible de olvidar"".
Pasaron dos horas más. McManus, al borde del colapso, había logrado romper parte del hormigón, convencido de que estaba cavando su propia tumba. Finalmente, cayó de rodillas, llorando, incapaz de levantar la pala una vez más. —No puedo... por favor, Lucky, mátame ya. No puedo más.
Lucky se levantó despacio, caminó hasta el borde del agujero irregular y miró el trabajo de McManus con desprecio. —Llevas tres horas cavando y no has logrado nada. ¿Sabes por qué? McManus negó con la cabeza, temblando. Lucky señaló un punto a tres metros a la izquierda, donde unos periódicos viejos cubrían el suelo. —Porque estás cavando en el lugar equivocado. Allí el suelo es de tierra.
La crueldad de la revelación rompió la mente de McManus. Había destrozado sus manos contra el cemento por nada, solo porque Lucky quería verlo sufrir, quería verlo romperse antes de terminar el trabajo.
Lucky le devolvió la pala con una suavidad que helaba la sangre. —Ahora vas a empezar de nuevo. Y vas a cavar lo suficientemente profundo para ti mismo.
¿Qué sucedió en ese almacén cuando salió el sol? ¿Cuál fue la ""lección final"" que Lucky Luciano le dio al asesino de su mentor y cómo este acto definió el futuro del crimen organizado?
Esta es una historia brutal sobre lealtad, respeto y las reglas de sangre de la mafia.

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