El 29 de diciembre de 1895 la columna invasora del Ejército Libertador, bajo el mando de los mayores generales Máximo Gómez y Antonio Maceo,
sostuvo uno de los más importantes combates de la invasión a Occidente en las cercanías de este poblado del sureste de Matanzas,
contra una tropa española en composición de batallones.
El ejercito español estaba formado por los regimientos de Navarra y María Cristina,
un pelotón de infantería de marina y uno de caballería, que sumaban en total 850 hombres.
Las fuerzas cubanas ascendían a unos 4 000 efectivos; pero de estos solo la tercera parte estaba armada.
Frente al dispositivo cubano, los iberos se formaron en una extensa línea de batalla a lo largo del cañaveral situado entre el pueblo y el batey del central Godínez,
a 100 metros de este, desde donde los infantes de los hermanos Ducasse ( de la tropa de Maceo) abrieron fuego.
En ese instante, el general Serafín Sánchez avanzó con la caballería hasta situarse entre el poblado y la fuerte columna enemiga
y se lanzó en una impetuosa carga al machete sobre el cuadro de fusiles y bayonetas de la infantería española, con el fin de disminuir la presión de los flancos.
Aunque tuvieron éxito de inicio, el adversario no se desmoralizó, mantuvo su formación y fuego e introdujo la retaguardia para apoyar una inteligente y bien ejecutada maniobra de repliegue.
Lo que pasó a continuación lo describió en su momento un testigo de excepción:
el general Enrique Loynaz del Castillo, quien embistió junto a Serafín en aquella carga de leyenda.
Loynaz anotó textualmente:
“A escape, los machetes en alto, llegamos al cuadro.
Abrióse a nuestro empuje una brecha de sangre, cuando parecía el cuadro desmoronarse en confusa remolina de bayonetas y machetes,
cortó nuestra acometida un vigoroso contraataque que llegaba a la carrera.
“Los pocos jinetes que penetraron el cuadro al lado del general Sánchez pudimos de milagro retroceder, abriéndonos paso hacia los nuestros que no lograron entrar
(…) Reuniendo el general Sánchez a su caballería, la alineó de nuevo y con breves, encendidas palabras, la lanzó a la carga. Llegaron nuestros machetes a dos metros del muro de bayonetas solo para retroceder, dispersos en confusión.
El suelo quedó cubierto de heridos y agonizantes y caballos muertos y errantes, sin jinetes.
“Rojo de ira el general Sánchez, rehizo a gritos y a planazos la maltrecha caballería, y a su frente, espoleando el caballo —ya herido—, se lanzó, delantero en la línea, como a buscar la muerte.
Esta vez no llegaron tan lejos sus jinetes, desparramados por el fuego de la fusilería máuser.
Para lanzarlos desplegados otra vez contra el cuadro mortífero se irguió el General Sánchez frenético”.
En ese momento le llegaron órdenes a Serafín de suspender el ataque, y enseguida el general Gómez en persona le dice:
“Deje eso, General Sánchez, ya se ha hecho bastante”.
Cerca de allí, a la diestra de la casa del ingenio también han combatido muy duro Gómez y Maceo contra otro cuadro hispano de los generales Pereda y García Navarro,
sin lograr deshacerlo.
El objetivo de los jefes cubanos no era empeñar acciones decisivas y, por lo tanto,
no se trató de impedir la retirada enemiga.
Era la estrategia de Gómez:
Arrollar al enemigo que encontrase de frente y sobrepasarlo pero solamente hostigar y contener a los que quedaran detrás y a los flancos.
"Hemos conseguido ya nuestro principal objeto,-había dicho a Maceo al cruzar la trocha de Júcaro a Morón- que ese enemigo se nos ponga detrás, pues en vez de detenernos nos empuja".
El combate de Calimete cierra el llamado Lazo de la Invasión. Duró poco más de una hora en la que ambos contendientes se batieron con valor y firmeza.
No se puede afirmar que haya sido una derrota de las armas españolas;
pero sí un descalabro ya que no logró detener la marcha invasora.
Aunque resulta la más costosa de la Invasión,(16 muertos y más de 80 heridos en las filas patrióticas) la acción abre las puertas del avance a Occidente a los mambises, (a partir de ese momento menos complejo y más libre de obstáculos )
que continúan incontenibles por el territorio de Matanzas hasta la posterior entrada triunfal del Ejército Libertador,
a los acordes del Himno Invasor, al sur de la provincia habanera el 1 enero de 1896.
Serafín, el adalid espirituano escapó como por milagro de los miles de proyectiles y bayonetazos lanzados aquel día por el batallón español, cuyos contornos carcomió,
pues el destino había decidido que ofrendaría su vida en otro épico enfrentamiento donde supuestamente había mucho menor peligro para él,
el 18 de noviembre de 1896 en el Paso de Las Damas, cerca de #SanctiSpíritus, ciudad que lo vio nacer el 2 de julio de 1846.
#CubaVive en su historia

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