lunes, 29 de diciembre de 2025

Chiapas

 


Un presidente colombiano fue fusilado en Chiapas 


Por José Luis Castillejos 


Aquel primero de junio de 1860 fue un día denso y mudo. En una hacienda perdida del sur de México, un general y expresidente colombiano —enjuto, de mirada terca y uniforme fatigado por la guerra y el exilio— cayó sin juicio ni ceremonia. Se llamaba José María Melo y Ortiz. Había nacido en Chaparral, Tolima, en 1800. Murió en Juncaná, en el municipio chiapaneco de La Trinitaria, sin más testigos que los árboles y los hombres armados que obedecieron una orden breve, ¡Disparen!


Lo que quedaba de él —un cuerpo herido y la dignidad intacta— fue recogido por indígenas tojolabales, que lo envolvieron en telas sencillas y lo enterraron frente a la capilla de la hacienda. Quizá sabían que ese cadáver no era uno más. O quizá no hacía falta saberlo, bastaba con ver en él la silueta inconfundible de los derrotados con causa.


Melo fue muchas cosas antes de ser polvo. Fue un artesano con ideas, un militar valeroso, un reformista incómodo. Fue el único Presidente indígena de Colombia, el único de sangre pijao que llegó al Palacio de San Carlos. Subió al poder con un proyecto liberal que proponía igualdad y derechos para los excluidos, y lo bajaron de un empujón, como se barre el polvo que estorba en los salones de la aristocracia.


Derrocado, se exilió. Primero Costa Rica, luego El Salvador, finalmente México. Aquí no buscó sombra. Se alistó en las filas del ejército liberal de Benito Juárez, y como coronel mexicano combatió en Veracruz, en el sur. La batalla de Comitán fue su último despliegue. Herido, se replegó a Juncaná, con los hombres que le quedaban y el aliento que aún no se le acababa. Ahí lo encontraron. Ahí lo mataron. Sin juicio. Sin preguntas.


En los libros escolares, su nombre apenas figura. A veces lo mencionan como una nota marginal, un pie de página. No dicen que luchó en Junín y Ayacucho (Perú), que fue compañero de Simón Bolívar, que quiso una república morena cuando todo era blanco de levita y bastón. No dicen que peleó en tierra ajena por ideas propias.


Su cuerpo quedó en Chiapas, bajo la tierra roja que se abre fácil y cubre sin estruendo. Colombia lo olvidó. México lo sepultó. Pero la historia, que no siempre calla, comenzó a remover la tierra en 2024. Andrés Manuel López Obrador mencionó su nombre. El presidente colombiano Gustavo Petro habló de repatriación. Arqueólogos llegaron con drones, picos y georradares. Buscaban huesos, buscaban historia, buscaban justicia.


Y uno se pregunta: ¿querrá Melo volver? ¿Querrá salir de la tumba que le ofrecieron los tojolabales, donde no le pidieron credenciales ni le exigieron otra lealtad que el silencio? ¿Qué significa devolver un cuerpo cuando no se ha devuelto la memoria?


Tal vez el homenaje no es levantar una estatua, sino decir su nombre completo. Contar su vida sin censura. Reconocer que no todos los héroes llevan uniforme reluciente ni mueren envueltos en banderas. Algunos, como Melo, mueren en tierra ajena por la idea —terca y noble— de que el pueblo merece dignidad.


En tiempos de bronces huecos, su silencio adquiere otro volumen. No pidió homenajes. No pidió aplausos. Solo luchó y cayó. Y eso, a veces, basta.


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