A veces la vida te pone frente a personas que parecen inofensivas como una mariposa y otras marcadas por su propio instinto como un escorpión.
Dos almas completamente distintas… pero que por algún motivo se encuentran.
La mariposa llega con su suavidad, con su luz, con esa manera inocente de ver la vida.
El escorpión, con su dureza, sus heridas, sus defensas, su aguijón que aprendió a levantar para sobrevivir.
Y aunque ambos quieran paz, aunque ambos quieran cuidarse,
hay naturalezas que no saben amar sin lastimar.
La mariposa se acerca sin miedo porque ve más allá del veneno.
El escorpión, por primera vez, siente algo diferente:
admiración, ternura, deseo de proteger.
Pero la verdad es dura:
el instinto a veces traiciona incluso al que no quiere dañar.
Y en una noche cualquiera, sin intención, sin maldad,
la cola del escorpión se mueve…
y perfora las alas que él juró cuidar.
Al día siguiente, la mariposa despierta adolorida.
Y con el corazón sincero le recuerda:
—Tú prometiste no lastimarme…
El escorpión baja su mirada, avergonzado:
—Sí… yo prometí… pero hay algo en mí que no siempre controlo.
Y ahí la mariposa comprende la lección más dolorosa:
No toda herida viene del odio.
A veces viene de quien no sabe amar sin dañar.
Por eso, con dignidad, la mariposa se aleja.
No por falta de amor…
sino por amor propio.
Porque entendió que quedarse le cuesta sus alas,
y sin alas no puede volar…
y sin volar no puede ser quien es.
Moraleja:
Puedes amar a alguien con todo tu corazón,
pero si amarle significa dejar de ser tú,
entonces no es amor… es sacrificio.
Y las mariposas no nacieron para sacrificar sus alas,
sino para volar alto. 




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